Waving flags of the European Union and Canada together on blue sky background. Official diplomatic relations, partnership and business concept. Source: Shutterstock

El primer ministro Carney pronuncia un discurso ante el Parlamento Europeo

Presidenta Metsola, Presidenta von der Leyen, honorables miembros del Parlamento Europeo, distinguidos colegas.
Gracias por concederme el honor de dirigirme a todos ustedes al comienzo de esta sesión decisiva.
Hoy, hablaré con ustedes sobre cómo nuestra respuesta a la actual ruptura geopolítica debería incorporar una nueva dimensión.
Pero antes de eso, quisiera hablar de algo más antiguo.
Algo que se remonta a mucho antes de la relación entre la Unión Europea y Canadá.
Porque la profundidad de nuestros vínculos no puede medirse por el comercio, ni están consagrados en nuestros tratados.
Nuestros vínculos están profundamente arraigados en nuestras tierras.
En el corazón de Alemania, sobre Weimar, hay una cresta boscosa llamada Ettersberg. Durante décadas, Goethe caminó, pensó y escribió allí.
Un roble de esa cresta llegó a llevar su nombre, un monumento viviente a los más altos ideales de la cultura europea.
Cuando el siglo XX se volvió oscuro, ese mismo roble quedó atrapado detrás del alambre de púas de Buchenwald, un testigo silencioso del más profundo fracaso moral de la humanidad.
Goethe entendió que los ideales deben defenderse, que los valores no se defienden por sí solos. De hecho, al final de Fausto, la última visión del anciano es la de un pueblo libre en una tierra libre.
‘Nur der verdient sich Freiheit wie das Leben, der täglich sie erobern muß.’
“La libertad y la vida deben ganarse todos los días.”
Todos los días. No solo en 1945, 1956 o 1989. Todos los días, incluido este.
La libertad se ganó gracias al heroísmo de la resistencia europea durante la guerra.
Fue cultivada por los fundadores de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero después de la guerra.
Fue impulsada por la creación de la Comunidad Europea.
Fue preservada mediante el establecimiento de la Unión Europea.
Y creció con su expansión tras la caída del Muro de Berlín.
Los valores encarnados por el roble de Goethe también han perdurado, en parte, porque los ideales que florecieron bajo sus ramas cruzaron el Atlántico.
En 1917, en medio de la devastación de la Batalla de Vimy Ridge, un joven teniente canadiense llamado Leslie Miller recogió un puñado de bellotas del destrozado paisaje europeo. Las llevó a casa y las plantó en suelo canadiense, en Milliken, Ontario, donde crecieron hasta convertirse en un majestuoso bosque.
Un siglo después, se completó un profundo ciclo de renovación. Esquejes de los robles canadienses de Leslie Miller fueron repatriados a Francia y replantados en la misma cresta de Vimy donde habían nacido.
Esta es la esencia de la asociación entre Canadá y la Unión Europea. Semillas, valores, ideas, comercio, personas y progreso que han cruzado el Atlántico de un lado a otro durante siglos.
No somos aliados de conveniencia. No buscamos acuerdos de suma cero. Nuestro compromiso con el Estado de derecho y nuestra defensa inquebrantable de la dignidad humana, la libertad individual y la democracia comparten las mismas raíces profundas, la misma dedicación inquebrantable.
Compartimos valores por los que siempre hemos luchado y en cuya defensa debemos mantenernos siempre vigilantes.
Creemos que una economía sólida no es un fin en sí misma, sino el medio para alcanzar una sociedad justa. Somos guardianes comprometidos de nuestro patrimonio natural. Creemos que nuestra prosperidad crece cuando se comparte.
Esto es una elección compartida, no una coincidencia.
En sus escritos, Goethe tomó prestada una palabra de los químicos de su época: ‘Wahlverwandtschaften’. La afinidad electiva de diferentes elementos que se combinan debido a su atracción inherente.
Canadá y Europa no están unidos por la geografía, aunque nuestros amigos daneses saben que sí compartimos una frontera de 3,000 km en el Ártico. Estamos unidos por una afinidad: electiva, elegida y renovada, y más fuerte precisamente por serlo.
Hoy, nuestras sociedades están siendo sacudidas por nuevas tormentas: la agitación provocada por el cambio climático, la erosión de las normas democráticas, la instrumentalización del comercio.
Las instituciones multilaterales en las que confiábamos se han debilitado.
La soberanía y la apertura son ahora difíciles de conciliar. La integración económica está siendo instrumentalizada y los aranceles se están utilizando como un medio de presión. Los mecanismos financieros están siendo utilizados con fines coercitivos. Las cadenas de suministro se han convertido en vulnerabilidades que pueden ser explotadas.
La tecnología está transformando la naturaleza de la guerra, la estructura de las economías y la capacidad de los Estados para gobernar.
Las plataformas tecnológicas buscan cada vez más actuar como poderes soberanos. Quieren dictar las reglas de regulación e incluso eludirlas. Quieren controlar nuestros datos, difundir desinformación y robarles la infancia a nuestros hijos.
Esta combinación es una tormenta feroz. Un solo árbol caerá en ella. Un bosque no.
Eso se debe a que, bajo el suelo del bosque, las raíces de un roble se entrelazan con las de sus vecinos, intercambiando nutrientes, sumando fuerza a la fuerza, creando un ecosistema resiliente y autosuficiente.
Juntos, Canadá y la Unión Europea pueden afianzar nuestro terreno para mantener nuestros valores mientras formamos un dosel protector bajo el cual nuestros ciudadanos puedan prosperar.
Esto tiene que ver con la soberanía. Nuestra capacidad de vivir como deseamos. Tiene que ver con las libertades por las que debemos luchar, todos los días.
La soberanía requiere resiliencia: la capacidad de resistir las perturbaciones.
La soberanía va más allá de poder alimentarnos, abastecernos de energía y defendernos. Ahora requiere un acceso seguro a la IA, los semiconductores, los minerales críticos, los sistemas de pago, las tecnologías de energía limpia, las vacunas y las comunicaciones basadas en el espacio.
Todos tenemos importantes brechas en estas capacidades estratégicas y cada uno debe depender de determinados países o empresas para cubrirlas. Esto crea vulnerabilidades, particularmente cuando empresas supuestamente “globales” demuestran ser nacionales cuando llega el momento decisivo.
Cerrar estas brechas no es posible por separado, pero es perfectamente alcanzable de manera colectiva.
Canadá y Europa son fuertes por separado. Pero Europa y Canadá son más fuertes juntos.
Las instituciones que hemos heredado están organizadas por geografía. Las capacidades estratégicas que necesitamos están organizadas por función. Podemos aliarnos por función, si somos audaces y actuamos con determinación.
No debemos dejarnos intimidar por la magnitud aparente de la tarea.
Así como la dominación es la arrogancia del hegemón, la perfección es enemiga de lo bueno. La economía es clara: la capacidad de influencia de los poderosos en una relación de explotación se desmorona mucho antes de alcanzar una independencia completa. Porque la diversidad ofrece ventajas.
El objetivo no es la autosuficiencia. Es la resiliencia colectiva.
Esta mutua ventaja está en el centro de los argumentos a favor de una asociación más profunda entre Canadá y Europa.
Europa aporta poder de mercado. Profundidad en investigación. Manufactura avanzada. La capacidad de establecer estándares que el mundo adopta con frecuencia. Una base industrial de defensa que está siendo reconstruida a gran velocidad.
Canadá aporta energía a gran escala y en todas las formas que requiere la transición. Una de las mayores dotaciones de minerales críticos del mundo. Capacidades avanzadas en el espacio, la IA y la computación cuántica. Uno de los sistemas bancarios más sólidos del mundo y el capital de pensiones con mayor experiencia. Una geografía ártica única y un acceso privilegiado tanto a las redes del Atlántico como del Pacífico.
Donde nuestras fortalezas difieren, se complementan. Donde se superponen, generan escala. Debemos aprovechar las fortalezas de cada uno, de manera deliberada, sistemática y rápida.
Ya hemos comenzado con el Acuerdo Económico y Comercial Global entre Canadá y la Unión Europea (CETA), uno de los acuerdos comerciales más exitosos del mundo. Y agradezco a la Presidenta von der Leyen y al Presidente Costa por nuestro Acuerdo de Asociación Estratégica alcanzado en junio pasado. Lo estamos desarrollando y profundizando. También estamos aprovechando el papel de Canadá como primer miembro no europeo del SAFE.
Pero debemos reconocer que el ecosistema que hemos construido aún no está a la altura de la ferocidad del cambiante clima. Tampoco avanza lo suficientemente rápido como para igualar la velocidad de la agitación.
Ayer, la Presidenta von der Leyen habló de ir más allá del CETA hacia una alianza para el futuro, abriendo la puerta a que Canadá se convierta en el primer miembro asociado de la Unión Europea. Canadá recibe con agrado esta ambición; las encuestas muestran que una abrumadora mayoría de los canadienses apoya vínculos mucho más estrechos con Europa.
Una alianza para el futuro es un enfoque único y positivo que definiremos juntos, aprovechando nuestras fortalezas comunes y basándonos en valores compartidos.
Así que permítanme decir claramente lo que propone Canadá.
Canadá y Europa deberían asegurar nuestra autonomía estratégica mediante una cooperación profunda en toda la gama de capacidades estratégicas, incluidos los minerales críticos, la capacidad industrial de defensa, la IA y la capacidad de cómputo, la seguridad energética, el espacio y los sistemas de pago.
Debemos avanzar hacia un comercio digital fluido de bienes no agrícolas y una amplia gama de servicios.
Debemos profundizar nuestros vínculos entre personas, permitiendo que nuestros jóvenes vivan, trabajen y estudien donde quieran a ambos lados del Atlántico.
La adhesión de Canadá a Erasmus+ puede brindarles a sus estudiantes y a los nuestros más oportunidades de estudiar en algunas de las mejores universidades del mundo, ampliar sus horizontes y construir vínculos duraderos que sostendrán nuestra alianza en el futuro.
La adhesión de Canadá a la próxima generación de Horizon nos permitiría poner en común recursos, cooperar en tecnologías de vanguardia y aprovechar nuestros institutos de investigación y universidades de clase mundial.
Ayer, la Presidenta von der Leyen anunció una “nueva Corporación Europea de Materias Primas Críticas” para obtener y almacenar los materiales necesarios para los autos eléctricos, los chips y las baterías, las tecnologías limpias y la defensa. Canadá cuenta con yacimientos de más de 34 minerales críticos y está entre los principales productores de los 10 más esenciales para la transición energética mundial. Nuestra alianza puede ayudar a cubrir la necesidad de Europa de un suministro confiable, la necesidad de Canadá de capacidades avanzadas de procesamiento y nuestro objetivo común de construir cadenas de valor completas.
Canadá puede aportar GNL e hidrógeno a gran escala para respaldar la seguridad energética de Europa, incluso mediante el desarrollo y aprovechamiento de nueva infraestructura portuaria en el Extremo Norte y en nuestra costa este. Nosotros, a su vez, podemos beneficiarnos de su liderazgo en muchas tecnologías de energía limpia.
Podemos poner en común nuevas capacidades soberanas de cómputo y construir conexiones de banda ancha más seguras entre Europa y Asia aprovechando nuestra geografía común.
Canadá y Europa pueden unir fuerzas para desarrollar protocolos de seguridad de la IA, coordinar estándares comunes y fortalecer la transparencia, al mismo tiempo que desarrollamos aplicaciones para que nuestros gobiernos y empresas puedan prestar un mejor servicio a nuestros ciudadanos.
Canadá y Europa también deberían considerar explorar un mercado integrado de servicios financieros para ampliar las opciones y reducir los costos para nuestros ciudadanos, mejorar el acceso al capital para nuestras empresas y, al mismo tiempo, mantener nuestra resiliencia financiera de clase mundial.
Las oportunidades que puede crear una alianza para el futuro son, fundamentalmente, producto de nuestros valores comunes, nuestros sistemas compatibles y nuestras fortalezas complementarias.
Profundizar y ampliar nuestra relación fortalecerá nuestra soberanía, mejorará la asequibilidad, las oportunidades y la seguridad para nuestros ciudadanos, al tiempo que protegerá nuestra capacidad de vivir nuestras vidas como elijamos.
Quiero ser preciso sobre lo que no estoy proponiendo. No estoy proponiendo un tercer bloque para convertirnos en un rival de las grandes potencias, solo que con mejores modales.
No buscamos poder para dominar a otros. Por el contrario, buscamos resiliencia para que nadie pueda controlar nuestros mercados abiertos, menoscabar nuestra soberanía, amenazar nuestra integridad territorial o socavar nuestras libertades, nuestras democracias y nuestro Estado de derecho.
Esas motivaciones, combinadas con nuestro poder duro latente, significan que podemos ayudar a crear el próximo orden mundial justo, estable y próspero.
Una alianza entre Canadá y la UE crearía un faro para otras democracias.
Una alianza no definida por aquello a lo que nos oponemos, sino por aquello que defendemos: libertad, solidaridad, prosperidad, sostenibilidad. Una alianza que construya resiliencia por lo que nos permite hacer por nuestros ciudadanos y por lo que permite a nuestros ciudadanos hacer por sí mismos.
Una alianza lo suficientemente fuerte como para que nadie pueda dictar nuestras decisiones. Una alianza lo suficientemente abierta como para que otros puedan unirse. Una alianza lo suficientemente basada en principios como para que nuestra fortaleza refuerce el derecho internacional en lugar de reemplazarlo.
Para concluir, en mi país se suele decir que Canadá se convirtió en una nación durante la batalla de Vimy Ridge. Sin duda, los miles de canadienses que no regresaron de aquella batalla sacrificaron sus vidas por algo mucho más grande que ellos mismos.
Uno de los que sí regresó a casa se detuvo primero para recoger unas bellotas.
Hoy, los mismos robles de Vimy crecen en Canadá y en Francia, una prueba viviente de que aquello que cultivamos juntos puede sobrevivir al invierno más oscuro para volver a florecer.
Así que profundicemos ahora estas raíces, ampliemos este dosel y hagamos crecer un bosque transatlántico bajo el cual nuestros ciudadanos puedan florecer como personas libres en una tierra libre.
Todos y cada uno de los días.
Gracias.

First published in: Prime Minister of Canada Original Source
Mark Carney

Mark Carney

Primer Ministro de Canadá

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