Resumen
Esta evaluación estratégica examina el enfoque de China frente a la guerra en curso entre Estados Unidos e Israel contra Irán, partiendo de la premisa central de que Pekín está gestionando la crisis mediante una combinación de consideraciones económicas, estratégicas y de seguridad.
Más específicamente, la conducta de China refleja una compleja estrategia de equilibrio. Por un lado, busca salvaguardar su seguridad energética mediante el acceso continuo a suministros iraníes con descuento; por otro, pretende preservar el papel de Irán como un nodo geopolítico clave y un corredor euroasiático crítico para sostener la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR). De manera simultánea, Pekín procura no poner en riesgo sus relaciones estratégicas con sus socios árabes del Golfo.
A nivel diplomático y operativo, esta evaluación estratégica subraya el marco de la ONU como un escudo normativo destinado a prevenir la consolidación de precedentes que podrían legitimar doctrinas como los “ataques preventivos” o el “cambio de régimen”. En este sentido, la actividad de China dentro del Consejo de Seguridad de la ONU (CSNU) y el sistema de la ONU en general resulta particularmente significativa. Paralelamente, busca internacionalizar la crisis a través de plataformas del Sur Global, en particular los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), al tiempo que extiende apoyo asimétrico técnico y financiero destinado a contrarrestar las sanciones occidentales y reducir su impacto coercitivo.
A medida que los acontecimientos se intensifican, el margen de maniobra de China se va reduciendo gradualmente. Aunque Pekín intenta aprovechar la crisis para desgastar los recursos de Estados Unidos y desviar la atención de Asia Oriental, la perspectiva de un colapso del régimen en Irán constituye una línea roja crítica que afecta intereses fundamentales de seguridad nacional de China. En consecuencia, esta trayectoria podría obligar a Pekín a avanzar, aunque de forma renuente, hacia un mayor grado de implicación estratégica directa con el fin de evitar dicho desenlace.
Introducción
La interpretación de China sobre el panorama contemporáneo de Medio Oriente se basa en una larga tradición de pragmatismo que comenzó a cristalizar en 1979. En un momento en que la comunidad internacional observaba de cerca la trayectoria de la Revolución Islámica en Irán, Pekín emergió como una de las primeras grandes potencias en reconocer al nuevo régimen. Este movimiento estuvo guiado por un cálculo estratégico que consideraba la reducción de la influencia de Estados Unidos en la región como un objetivo necesario; en consecuencia, la caída del régimen del Sha fue interpretada como una contracción de dicha influencia.
Es importante destacar que esta postura no reflejaba una alineación ideológica. Más bien, señalaba un esfuerzo temprano de China por cultivar un socio regional que compartiera sus preocupaciones respecto a la dominancia unipolar.
Durante las cuatro décadas siguientes, las relaciones bilaterales se profundizaron de manera progresiva, evolucionando finalmente hacia una “asociación estratégica integral”, un proceso que alcanzó su punto máximo en 2021 con la firma de un acuerdo de cooperación estratégica a 25 años. En la actualidad, China percibe la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán como una amenaza directa a sus proyectos estratégicos e intereses fundamentales, no menos importante porque Irán constituye un socio clave en la seguridad energética de China. Bajo el régimen de sanciones vigente, se estima que Pekín absorbe cerca del 90% de las exportaciones petroleras de Irán, al mismo tiempo que impulsa amplias inversiones estratégicas en los sectores de infraestructura y energía del país.
De manera más fundamental, la postura regional de China ha evolucionado más allá de la de un simple “comprador mayor de petróleo”. Más bien, a través de la Iniciativa de Seguridad Global (GSI), se posiciona cada vez más como una potencia relevante que se opone al cambio de régimen por la fuerza y que enmarca las sanciones unilaterales como “terrorismo económico” que socava la estabilidad global.
En este contexto, la postura de China frente a esta guerra emerge como un factor determinante clave. Por un lado, Pekín busca asegurar los flujos energéticos provenientes de Irán bajo términos preferenciales y fuera de los mecanismos basados en el dólar. Por otro lado, podría interpretar la guerra como un posible desgaste de la capacidad militar estadounidense, abriendo así una ventana estratégica para avanzar en la reconfiguración de un orden internacional multipolar, con Medio Oriente como un escenario central.
Primero: La trayectoria histórica de las relaciones China–Irán
La posición de la República Popular China (RPC) frente a la Revolución Islámica en Irán se caracterizó por una orientación pragmática. A pesar de la marcada divergencia ideológica entre el comunismo chino y el sistema islámico revolucionario de Irán, Pekín mantuvo relaciones diplomáticas con Teherán. Durante la guerra entre Irán e Irak (1980–1988), adoptó un enfoque cuidadosamente equilibrado, interactuando con ambas partes. Aunque China desarrolló vínculos militares con cada lado en distintos grados, sostuvo de manera consistente un discurso basado en los principios de soberanía estatal, no injerencia en los asuntos internos y preservación de la estabilidad. Asimismo, Pekín mantuvo canales activos de comunicación con Irán, se opuso a los esfuerzos occidentales por aislar o desestabilizar al régimen iraní, y continuó subrayando su compromiso duradero con el principio de la “soberanía estatal”.
Segundo: Factores estructurales y determinantes del comportamiento chino
El enfoque de China frente a la actual confrontación militar está determinado por una compleja interacción de restricciones geopolíticas y económicas que, a su vez, obligan a Pekín a adoptar una postura cuidadosamente calibrada y equilibrada. Estos determinantes pueden resumirse de la siguiente manera:
1. Seguridad energética e intereses económicos
La energía constituye un pilar central en la perspectiva estratégica de China hacia Irán. En este sentido, el acuerdo de “Cooperación Integral entre la República Islámica de Irán y la República Popular China”, firmado en marzo de 2021, representa la piedra angular de las relaciones económicas y estratégicas bilaterales, con la energía como eje principal. Según declaraciones oficiales, se espera que China invierta aproximadamente 400 mil millones de dólares en los sectores petrolero, gasífero y petroquímico de Irán. A cambio, asegura suministros estables y de largo plazo de petróleo iraní a precios con descuento y bajo arreglos de pago flexibles, reforzando así su seguridad energética.
Además, el acuerdo está orientado a garantizar flujos sostenidos de energía a largo plazo, más que a funcionar como una serie de compromisos inmediatos de inversión. Actualmente, China representa alrededor del 90% de las exportaciones totales de petróleo de Irán, importando entre 1.2 y 1.5 millones de barriles diarios a precios reducidos.
El acuerdo también incorpora a Irán en la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR), particularmente mediante el desarrollo de puertos estratégicos como Jask y Chabahar, junto con la expansión de redes ferroviarias y carreteras que conectan Irán con los países de Asia Central y, en última instancia, con China. De este modo, posiciona a Irán como un centro logístico clave dentro de las rutas comerciales chinas hacia Europa y Medio Oriente. Asimismo, el acuerdo contempla la transferencia de tecnología china y la modernización de la infraestructura de telecomunicaciones iraní. Además, incluye ciertos componentes militares y de seguridad, especialmente en materia de intercambio de inteligencia y cooperación en la lucha contra el terrorismo.
Al mismo tiempo, Pekín ha desarrollado mecanismos financieros paralelos basados en el uso del yuan chino para liquidaciones, diseñados para eludir las sanciones estadounidenses. En conjunto, estas medidas no solo refuerzan la seguridad energética de China, sino que también contribuyen a mitigar el riesgo de un deterioro severo de la economía iraní.
2. El determinante geopolítico y el “puente terrestre euroasiático”
Para comprender plenamente la centralidad de Irán dentro del cálculo estratégico de Pekín, la geografía debe entenderse como una fuerza estructurante primaria de la política exterior china. En consecuencia, China ha buscado de manera constante asegurar rutas de tránsito continentales estables que reduzcan su dependencia estructural de corredores marítimos en gran medida moldeados por el control occidental. En este contexto, el “puente terrestre euroasiático” denota un componente ferroviario estratégico de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR), que conecta el este de China con Europa a través de Asia Central. Este corredor terrestre no solo acorta los tiempos de transporte en comparación con las rutas marítimas, sino que también fortalece los flujos comerciales y profundiza la interdependencia logística entre ambos continentes.
En este marco, Irán emerge como un “nodo geopolítico” clave que conecta Asia Central, Medio Oriente, Asia del Sur y Europa, al tiempo que permite a China evitar rutas marítimas sujetas al predominio estadounidense. Esta consideración se ve reforzada por la vulnerabilidad de China frente a puntos críticos marítimos clave, especialmente el Estrecho de Malaca, que constituye una amenaza estratégica para su seguridad nacional en caso de conflicto o de un bloqueo liderado por Estados Unidos. En contraste, Irán ofrece un corredor transregional alternativo que integra rutas terrestres y marítimas, facilitando así el flujo de energía y bienes fuera del espacio marítimo controlado por Occidente.
En consecuencia, la posición de China está determinada por el imperativo de salvaguardar este corredor dentro de la IFR, asegurando la continuidad de los flujos comerciales hacia Europa y reduciendo la exposición a puntos críticos marítimos estratégicamente sensibles.
3. El determinante del equilibrio regional (el triángulo chino-paquistaní-iraní)
China reconoce que cualquier colapso de Irán implicaría costos estratégicos significativos, incluidos trastornos en el suministro energético, riesgos para los proyectos de la IFR y una mayor inestabilidad en las fronteras de Pakistán, que constituyen un eje clave de su influencia regional en Asia. En consecuencia, su enfoque está determinado por la necesidad de mantener un delicado equilibrio entre su socio de seguridad de larga data, Pakistán, y su socio energético crítico, Irán.
En este contexto, Pekín se ha posicionado cada vez más como un actor estabilizador en la región, profundizando la cooperación con Teherán dentro de un marco no confrontacional, al tiempo que amplía su participación en plataformas multilaterales como la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) y los BRICS. Al mismo tiempo, es consciente de que cualquier alineación militar abierta con Irán podría tensar sus vínculos con Islamabad y generar preocupaciones entre los Estados del Golfo. Por lo tanto, ha optado por una estrategia flexible basada en la conectividad, centrada en la vinculación de puertos estratégicos como Gwadar y Chabahar y en el refuerzo de la estabilidad fronteriza, en lugar de establecer alianzas militares formales que podrían desencadenar alineamientos regionales opuestos y, en última instancia, socavar sus intereses estratégicos más amplios.
4. Determinantes de las relaciones con Washington e Israel
El enfoque de China hacia la guerra actual se enmarca principalmente dentro del contexto más amplio de su competencia estratégica con Estados Unidos. En consecuencia, considera la guerra como un posible escenario para el desgaste de los recursos estadounidenses y, al mismo tiempo, como un medio para desviar la atención de Washington de su estrategia de “Pivote hacia Asia”, diseñada para contener la influencia de China en el Mar de China Meridional y en torno a Taiwán.
Dentro de este marco, Pekín calibra su relación con Irán sobre la base de preservar la estabilidad del régimen y evitar el colapso del Estado, mientras evita cuidadosamente una confrontación directa con Estados Unidos o cualquier forma de participación militar abierta. Este equilibrio permite a China mantener su papel como actor externo influyente sin convertirse en parte directa de la escalada.
En paralelo, Pekín mantiene una relación cuidadosamente gestionada con Israel para proteger sus sensibles intereses tecnológicos y económicos. Para ello, recurre principalmente a instrumentos indirectos y “blandos”, incluidos mecanismos para eludir sanciones y el uso de monedas alternativas en el comercio, sosteniendo así la resiliencia económica de Irán mientras evita un involucramiento militar directo.
5. Determinante relacionado con el Golfo
China prioriza la preservación de su extensa red de intereses con los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) como un determinante central de su enfoque hacia la guerra actual. En consecuencia, continúa evitando cualquier configuración en la que su asociación con Teherán pueda alienar a sus principales socios económicos en el Golfo.
En este contexto, Pekín reconoce que una alineación inequívoca con Irán implicaría costos económicos significativos, particularmente en términos de comercio e inversión con los Estados del CCG, cuyo intercambio conjunto supera los 300 mil millones de dólares. En particular, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos constituyen socios comerciales y tecnológicos mucho más relevantes que el mercado iraní, limitado por las sanciones. Asimismo, el Golfo árabe, especialmente Arabia Saudita, sigue siendo el proveedor externo de energía más estable y de mayor escala para China. En consecuencia, cualquier interrupción de las rutas marítimas del Golfo como resultado de la guerra representaría una amenaza directa para la seguridad energética y la estabilidad industrial de China. En este contexto, China ha buscado posicionarse como mediador, como se reflejó en el “Acuerdo de Pekín” de marzo de 2023, que facilitó la reanudación de las relaciones entre Arabia Saudita e Irán y tuvo como objetivo reducir los riesgos geopolíticos en torno a las rutas energéticas chinas.
En consecuencia, la postura de China frente a la guerra actual está determinada por un doble imperativo: evitar el colapso de Irán sin poner en riesgo sus relaciones con los Estados del Golfo, equilibrando así el acceso a los suministros energéticos iraníes con la protección de sus intereses comerciales y de inversión más amplios en la región del Golfo.
6. Perspectivas de un nuevo orden internacional
El enfoque de China frente a la crisis se inserta en una visión estratégica más amplia orientada a reestructurar el sistema internacional existente, al que ha criticado durante mucho tiempo por estar basado en la hegemonía occidental. Desde su perspectiva, el orden actual se caracteriza por dobles estándares, relaciones jerárquicas, la marginación de los intereses del Sur Global y una capacidad limitada para gestionar o resolver crisis internacionales.
En este contexto, China busca aprovechar su gestión de la guerra entre Israel y Estados Unidos contra Irán como un catalizador para acelerar la multipolaridad. Interpreta las dificultades de Estados Unidos en la conducción de la guerra como evidencia del declive del orden unipolar, reforzando así su posicionamiento como un polo alternativo de equilibrio. Esto se refleja en un creciente discurso oficial que aboga por la reconfiguración de las estructuras de gobernanza global en consonancia con sus propios valores e intereses, con el objetivo de promover enfoques más equitativos y eficaces para la gestión de crisis globales. Asimismo, se evidencia en la expansión acelerada de los mecanismos de comercio denominados en yuanes y en el fortalecimiento de infraestructuras financieras alternativas, en particular el Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos (CIPS). En conjunto, estos mecanismos buscan facilitar el acceso de los socios a los mercados globales, al tiempo que reducen la dependencia de los regímenes de sanciones occidentales.
Al mismo tiempo, China aspira a posicionarse como un actor líder en la reconstrucción posterior a la guerra en Irán, especialmente en los sectores de energía, transporte y comunicaciones. Esta ambición se basa en la premisa de que importantes proyectos de infraestructura ya han sido incorporados dentro del marco del “Documento de Cooperación Integral”, incluidos la modernización portuaria, la electrificación ferroviaria y el desarrollo de redes 5G. En consecuencia, se espera que cualquier proceso futuro de reconstrucción se alinee estrechamente con estos acuerdos preexistentes.
Tercero: Posición oficial y desempeño diplomático
La diplomacia china aborda la guerra contra Irán mediante una estrategia cautelosa que evita la confrontación directa, al tiempo que equilibra cuidadosamente el discurso jurídico con un compromiso diplomático moderado. Este enfoque puede observarse a través de varias dimensiones interrelacionadas:
1. Impugnación de la legitimidad en el Consejo de Seguridad de la ONU (CSNU)
Pekín ha utilizado de manera constante a la ONU como un escenario principal para cuestionar las narrativas occidentales, fundamentando su posición en los principios de no injerencia y soberanía estatal, así como en la Iniciativa de Seguridad Global (GSI) lanzada por Xi Jinping en 2023, la cual rechaza el cambio de régimen y se opone al uso abusivo de sanciones unilaterales y a la jurisdicción extraterritorial.
Un elemento central de esta postura es la preocupación de China de que cualquier respaldo de la ONU a ataques preventivos de Estados Unidos e Israel contra instalaciones iraníes pueda establecer un “precedente legal” que posteriormente Washington podría invocar para justificar acciones similares contra intereses chinos en el Mar de China Meridional o en torno a Taiwán bajo la lógica de una “amenaza potencial”. En consecuencia, durante las deliberaciones del CSNU sobre el derecho a la legítima defensa, el representante permanente de China ha argumentado reiteradamente que el Artículo 51 de la Carta de la ONU no debe interpretarse como una autorización general para ataques preventivos o violaciones de la soberanía estatal. En paralelo, el Ministerio de Relaciones Exteriores de China declaró el 2/4/2026 que las acciones de Estados Unidos e Israel eran responsables de la escalada de la inseguridad marítima en el Estrecho de Ormuz, mientras que el 19/3/2026 condenó el ataque contra el liderazgo iraní como “inaceptable”.
2. Enmarcar las sanciones como “terrorismo económico”
Pekín rechaza categóricamente las sanciones unilaterales. En su discurso oficial, ha caracterizado repetidamente la presión económica de Estados Unidos sobre Teherán como “terrorismo económico”, argumentando que socava directamente los medios de vida de la población civil. Al mismo tiempo, China ha acelerado la expansión del Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos (CIPS) como complemento funcional al sistema occidental SWIFT.
Aunque aún se encuentra en proceso de consolidación más amplio, el CIPS proporciona a Irán un canal alternativo para liquidar el comercio petrolero en yuanes, lo que le permite eludir parcialmente las sanciones estadounidenses y mantener transacciones económicas fuera del orden financiero dominado por el dólar.
3. Aprovechamiento de marcos globales y regionales (BRICS y OCS)
China ha intentado reformular la guerra desde una confrontación “bilateral” hacia una cuestión “global” relevante para el Sur Global. A través de plataformas como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), ambas con Irán como miembro pleno con apoyo chino, Pekín ha buscado fomentar una postura colectiva contra las sanciones unilaterales y la militarización de las rutas marítimas por parte de Estados Unidos.
De manera más amplia, China promueve el principio de que la seguridad en Medio Oriente debe ser gestionada regionalmente y de forma cooperativa, tal como ha sido enfatizado de manera constante por su liderazgo en política exterior. En este contexto, rechaza las alianzas militares occidentales, que considera como factores que refuerzan la inestabilidad. Este enfoque se ha materializado parcialmente en la mediación china del acercamiento entre Arabia Saudita e Irán.
4. Apoyo técnico e informativo indirecto
Aunque China se abstiene de una participación militar abierta, su postura oficial proporciona a Irán un margen significativo para la “cooperación en seguridad y técnica”. Esto se refleja en el intercambio de inteligencia y la colaboración en defensa cibernética y, de manera especialmente relevante, en el acceso al Sistema de Navegación por Satélite BeiDou (BDS) de China como alternativa al Sistema de Posicionamiento Global (GPS) operado por Estados Unidos. Dicho acceso mejora la autonomía de las capacidades de misiles y drones de Irán, al tiempo que reduce su vulnerabilidad frente a la guerra electrónica y las interferencias occidentales.
Desde la perspectiva de Pekín, el fortalecimiento de la capacidad defensiva de Irán, particularmente en el marco del acuerdo de cooperación a 25 años, se presenta como un acto legítimo de autodefensa. En la práctica, este enfoque constituye una respuesta indirecta al apoyo incondicional de Estados Unidos a Israel en la confrontación en curso.
Cuarto: Escenarios futuros
No es posible delinear escenarios fijos sobre el comportamiento de Pekín sin situarlos en función de la magnitud de las amenazas a sus intereses fundamentales, iniciativas estratégicas y su trayectoria más amplia como potencia global emergente. En consecuencia, y dependiendo de la evolución de una guerra contra Irán, pueden identificarse tres escenarios principales, cada uno reflejando distintos niveles y modalidades de implicación china.
Escenario Uno: No implicación
En este escenario, China se limita a no involucrarse en la crisis, evitando el enredo militar mientras mantiene su respaldo diplomático a Irán en el Consejo de Seguridad de la ONU. Al mismo tiempo, sostiene su compromiso económico con Teherán, particularmente mediante la continuidad de las compras de petróleo iraní en condiciones preferenciales. Este escenario es más probable si la guerra se mantiene limitada a ataques recíprocos y no escala hacia la destrucción a gran escala de la infraestructura iraní ni hacia una invasión terrestre, evitando así una disrupción existencial de las cadenas de suministro chinas.
Desde la perspectiva de Pekín, este es el resultado más favorable, en la medida en que permite el desgaste gradual de los recursos y la posición internacional de Estados Unidos, mientras preserva las relaciones de China con los Estados árabes del Golfo e Israel, y evita el colapso del régimen iraní.
Escenario Dos: Implicación moderada
En este escenario, China incrementaría su nivel de apoyo a Irán sin avanzar hacia una participación militar directa. Esto probablemente implicaría una ampliación de la asistencia tecnológica, incluyendo el acceso completo al sistema BDS para mejorar el guiado de misiles y drones iraníes, junto con el suministro de imágenes satelitales y el fortalecimiento de capacidades cibernéticas. Paralelamente, Pekín podría utilizar plataformas como los BRICS y la OCS para ejercer presión económica coordinada.
Un cambio de este tipo sería más probable si Estados Unidos e Israel avanzaran hacia un cambio de régimen o lograran neutralizar de manera efectiva el sector petrolero iraní, lo que Pekín interpretaría como una amenaza directa a su agenda de conectividad euroasiática y una alteración significativa de su seguridad energética y de sus intereses económicos más amplios.
Escenario Tres: Implicación máxima
En este escenario, China se apartaría de su postura tradicionalmente cautelosa y calibrada y pasaría a involucrarse de manera sustancial en la guerra. Esto no implicaría necesariamente una intervención militar directa; más bien, podría incluir el despliegue de fuerzas navales en el Mar Arábigo, el Océano Índico y el Estrecho de Ormuz bajo el pretexto de “proteger el transporte comercial chino”. De manera paralela, Pekín podría activar mecanismos de cooperación en seguridad directa y emplear su influencia económica para acelerar un cese de hostilidades.
Un cambio de este tipo probablemente ocurriría solo si los intereses económicos fundamentales de China se vieran gravemente amenazados, particularmente en el caso de una guerra a gran escala que resultara en un cierre prolongado del Estrecho de Ormuz, el Mar Arábigo y el Estrecho de Bab el-Mandeb. En este contexto, la interrupción de más del 50% de las importaciones energéticas de China, junto con la inestabilidad de los mercados financieros, generaría vulnerabilidades internas agudas y representaría una amenaza directa para la seguridad nacional interna de China, incluyendo escasez de electricidad y un posible colapso industrial.
Conclusión
Se espera que China evite una participación directa en la guerra; sin embargo, la escalada en curso y la naturaleza cambiante del campo de batalla podrían generar una clara tendencia al alza en la postura estratégica de Pekín frente a la crisis.
En este contexto, resulta cada vez más plausible que China pueda avanzar gradualmente hacia niveles más altos — aunque aún indirectos — de implicación, particularmente si la guerra se prolonga y evoluciona hacia un conflicto de desgaste que ponga en riesgo el colapso estructural del régimen iraní. En tales condiciones, la caída de Teherán no representaría simplemente la pérdida de un socio regional, sino el desmantelamiento del “puente euroasiático” y la interrupción de un corredor energético crítico, ambos considerados líneas rojas con implicaciones directas para la seguridad nacional china. No obstante, cualquier ajuste en esta dirección seguiría estando fuertemente condicionado por la cautela y complejos cálculos estratégicos, ya que Pekín buscaría preservar su doctrina de “ascenso pacífico” evitando una confrontación directa con otras grandes potencias.
