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La religión en el mundo: geopolítica, diplomacia y derechos humanos

En el mundo actual la religión continúa ocupando un lugar importante en la comprensión de la realidad social y política. Lejos de desaparecer con el avance de la modernidad, las creencias religiosas han demostrado una notable capacidad de permanencia, influyendo tanto en la vida cotidiana de las personas como en las dinámicas del sistema internacional. Este fenómeno obliga a considerar a la religión como una variable relevante en los análisis de las relaciones internacionales.

Por consiguiente, este artículo examina el papel de la religión como un factor en la política global, abordando su impacto en la configuración de alianzas, procesos diplomáticos, creación y promoción de los derechos humanos. También, se explicará brevemente las diferencias teológicas de las tres principales religiones monoteístas, es decir, entre el cristianismo, judaísmo e islam. Estas consideraciones fueron de gran importancia para firmar los Acuerdos de Abraham, que, lejos de ser un elemento marginal, puede convertirse en un eje articulador de estrategias geopolíticas, sobre todo en el actual contexto de la guerra de Irán contra Estados Unidos e Israel.

El avance de la religión

La religión abarca varios sistemas de creencias, rituales, códigos morales e instituciones sociales que proporcionan a los individuos marcos para comprender el mundo, encontrar significado y establecer la cohesión social. Por tanto, es imposible separar los motivos religiosos de los económicos y políticos (Modongal, 2023). Desde la Ilustración, intelectuales de todo tipo han creído que la consecuencia inevitable de la modernidad es el declive de la religión. Se creía que el progreso llegaría solo por medios humanos, a saber, por la razón y la ciencia. Como consecuencia, la religión perdería su influencia social y política. Esto se conoció como la “tesis de la secularización”.

Sin embargo, la tesis no se cumplió. Peter Berger (2008) argumenta que la modernidad no es intrínsecamente secularizante; más bien, se caracteriza por una pluralidad creciente dentro de la misma sociedad que plantea un desafío para todas las tradiciones religiosas: se debe afrontar el hecho de que hay “todos estos otros”, no solo en un país lejano sino justo al lado. Por tanto, la modernidad no se caracteriza por la ausencia de Dios, arguye Berger, sino por la presencia de muchos dioses.

A nivel mundial, la mayoría de la gente dice pertenecer a una religión, aunque los patrones varían entre países y regiones. En el siguiente mapa se expone la afiliación religiosa por país.

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Figura 1: Ritchie et al. (2026). Our world in data.

Un informe de Pew Research Center muestra el cambio global en el tamaño de las poblaciones religiosas entre 2010 y 2020. El cristianismo sigue teniendo más adherentes y el islam es la religión de mayor crecimiento. El aumento de la población musulmana mundial se debe en gran parte a que los musulmanes tienen una estructura de edad relativamente joven y una alta tasa de fertilidad (Hackett et al., 2025).

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Figura 2: Hackett et al. (2025). Pew Research Center.

La religión sigue siendo una fuerza potente en la política global, incidiendo en tres niveles: individual, estatal y de sistema (Modongal, 2023). Si bien la mayoría de la población mundial está afiliada a una religión, se ha tendido a estudiar las relaciones internacionales desde una perspectiva secular, un hecho que se remonta a la “presunción westfaliana”, que lleva a la conclusión de que el pluralismo religioso no puede integrarse en la vida pública internacional (Wellman, 2016: 579).

No obstante, Berger (2008) arguye que esto se debe a “una europeización de la élite cultural. Esta élite se volvió cada vez más secular, y su política se volvió cada vez más secularista”. Esto caracteriza a los países occidentales; en contraste, los países de oriente medio, y otros, no han aceptado la versión occidental de separar la religión de la arena pública. Por ejemplo, la Constitución de Arabia Saudita en su artículo 1 proclama que “es un Estado Islámico Árabe soberano”. El artículo 7 afirma que “el régimen deriva su poder del Sagrado Corán y de la Tradición Profética del Profeta, que gobiernan sobre esta y todas las demás leyes estatales”. En esa línea, el artículo 6 señala que “los ciudadanos deben jurar lealtad al Rey sobre la base del Libro de Dios”. Además, en su bandera está escrito el artículo de fe: “No hay más Dios que Alá, Muhammad es el mensajero de Alá” (BCN, s.f.). De manera muy similar, la constitución de Irán, Emiratos Árabes Unidos y otros, no hacen una separación entre su religión y la política, entre lo sagrado y lo secular. Y es necesario tener eso presente para los análisis internacionales.

Además, el rol de la religión se ve reflejada en el mundo a través de una de las principales normas internacionales: la Declaración Universal de Derechos Humanos. Esta constituye un hito fundamental en el establecimiento de un marco ético y normativo que orienta el comportamiento de los Estados y consagra derechos básicos que han servido para la elaboración de tratados internacionales, legislaciones nacionales y en la promoción y defensa de los derechos humanos en las políticas exteriores de numerosos países. Sin embargo, la base para justificar los principios de la Declaración estuvo inspirada en nociones teológicas sobre la persona humana.

Derechos Humanos

La Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) de 1948 fue elaborada como un ideal común para todos los pueblos y naciones. El Preámbulo proclama: “la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana” (Naciones Unidas, s.f.). El ex Alto Comisionado de derechos humanos de la ONU, Zeid Ra’ad Al Hussein, llamó a estas palabras de apertura “tal vez las más bellas y resonantes de cualquier acuerdo internacional”. Según Zeid, estas palabras subrayan que los DD.HH. son para todas las personas en todo momento y en todos los lugares (Naciones Unidas, 2018).

Si bien la DUDH tiene su precedente en la Declaración de Independencia de EE. UU. (1776) y en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789), su contenido tiene su fundamento en la religión cristiana. La Declaración de Independencia proclama que “todos los hombres son creados iguales” y “están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables”. Analizando estas palabras, Yuval Harari (2015: 128) arguye que los americanos obtuvieron la idea de igualdad de la afirmación cristiana de que todas las almas son creadas iguales ante Dios. Asimismo, Francis Fukuyama (2026) indicó: “uno de los valores cristianos más profundos es la creencia en la igualdad universal de todos los seres humanos ante los ojos de Dios”.

Cuando apareció el cristianismo, aportó la idea de que la humanidad es esencialmente igual. Pablo escribió: “ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28). El exministro francés Luc Ferry (2007) sostiene que esa idea fue inaudita en la época y que “nuestro universo democrático heredó en su totalidad”. El mundo griego concebía un “universo jerarquizado en que los mejores por naturaleza debían estar arriba” (p. 95-96). A diferencia de las demás religiones monoteístas, el cristianismo hace énfasis en el concepto de persona en Dios y su relación con la humanidad, llegando a su punto máximo cuando el Hijo de Dios se hizo Hombre, elevando el valor de cada persona. Es decir, el descenso de Dios significó el ascenso de los humanos. En ese sentido, Alexis de Tocqueville (2002) argumentó que “la llegada de Jesucristo a la tierra fue necesaria para enseñar que todos los miembros de la raza humana son por naturaleza iguales y semejantes” (p. 500).

El filósofo y diplomático libanés, Charles Malik, redactó el preámbulo de la DUDH y, debido a su fe ortodoxa, se inspiró en la noción cristiana de dignidad humana para la base de los DD.HH. Aunque el formato seguía siendo secular, la noción de persona humana era rica en ideas religiosas (Petkoff, 2023). Al finalizar la segunda guerra mundial, Malik quería evitar que cualquier filosofía de la personalidad fuera secuestrada por ideologías totalitarias, y buscó inspiración en el lenguaje y los paradigmas de la cristología de Calcedonia (Petkoff, 2023). Malik también aportó en la redacción de los artículos 16 y 18, que trata sobre la libertad religiosa y de creencia. Tiempo después de fallecer, su hijo Habib Malik (2022) afirmó que el cristianismo de su padre “está presente en todo lo que escribió y dijo, y cualquier relato veraz, lo reconocerá”.

En esa línea, Naciones Unidas (2018a) señala: “lo que resulta menos conocido es el papel que jugaron las organizaciones religiosas en el lanzamiento y el mantenimiento del movimiento de derechos humanos”. Por ejemplo, en el sur de Asia, el hinduismo inspiró la larga marcha de Mahatma Gandhi por la liberación de la India. Cristianos protestantes lideraron la lucha para abolir la esclavitud en el Reino Unido y los Estados Unidos en el siglo XIX. Los católicos romanos en Polonia y los luteranos en Alemania oriental estuvieron a la vanguardia de la lucha contra el autoritarismo a finales del siglo XX (Naciones Unidas, 2018a). De este modo, el ex Alto Comisionado Zeid Ra’ad Al Hussein, declaró: “los líderes religiosos, con su considerable influencia en los corazones y las mentes de millones de personas, son, en potencia, actores muy importantes para los derechos humanos” (Naciones Unidas, 2018a).

Por otro lado, siguiendo la línea del artículo 18 de la DUDH, el Comité de Derechos Humanos de la ONU recalcó que las leyes internas no deben castigar las críticas de los líderes religiosos o evitar comentarios sobre doctrinas y principios de fe, puesto que algunos países tenían leyes o políticas que penalizaban la apostasía, y en algunos casos se castigaba con la muerte (Naciones Unidas, 2018a). La protección del derecho a cambiar de religión, conocida como apostasía en algunos países, causó divisiones entre los redactores de la DUDH. Arabia Saudita se abstuvo en la votación final de la DUDH debido a esta cláusula, pero otros países de mayoría musulmana como Siria, Irán, Turquía y Pakistán votaron a favor de la Declaración (Naciones Unidas, 2018a). En consecuencia, se ha necesitado tener en cuenta este tipo de factores de las tradiciones religiosas para llevar a cabo la tarea diplomática por parte de los distintos actores.

Diplomacia

La relación entre religión y diplomacia tiene influencia en la práctica formal entre actores estatales. También, la diplomacia basada en la fe se realiza en actores de segundo nivel, como instituciones religiosas, ONG de afiliación religiosa o practicantes individuales de una tradición religiosa (Wellman, 2016: 577).

En ese sentido, la Santa Sede mantiene relaciones diplomáticas con 184 Estados, además de la Unión Europea y la Soberana Orden Militar de Malta, existen 93 misiones diplomáticas acreditadas ante la Santa Sede en Roma, incluida la Liga de los Estados Árabes, la Organización Internacional para las Migraciones y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Vatican News, 2026).

Por otro lado, la organización World Council Church (WCC), de carácter ecuménico, reúne iglesias, denominaciones y convivencias eclesiásticas en más de 120 países y territorios de todo el mundo, representando a más de 580 millones de cristianos. Aunque la mayoría de las iglesias fundadoras de WCC eran europeas y norteamericanas, hoy la mayoría de las iglesias miembros se encuentran en África, Asia, el Caribe, América Latina, Oriente Medio y el Pacífico. Actualmente hay 356 iglesias miembros (World Council Church, s.f.).

La conexión entre diplomacia y religión se puede observar en Arabia Saudita, que se rige por la ley islámica (Sharía) y los países que quieran entablar relaciones comerciales deben tener en cuenta sus creencias. Por ejemplo, el Corán prohíbe comer ciertos alimentos, como la carne de cerdo (Sura 5:3), y los diplomáticos tienen que considerar lo que está permitido (halal) y lo está prohibido (haram). Los organismos reguladores emiten certificados a las empresas según procedimientos halal. La economía halal global es una de las que más rápido crece en el mundo y tiene el potencial de alcanzar los 4,96 billones de dólares para 2030 (Proctor, 2023). Los consumidores musulmanes son un segmento de rápido crecimiento. Como se mencionó al principio, tienen una alta tasa de natalidad. Así, los países que se rigen por la Sharía no hacen una distinción entre política, economía y religión, al contrario, pretenden llevar una vida unificada.

Por tanto, una comprensión de la religión y su influencia en los actores políticos, económicos, en las culturas y en la promoción de la cooperación transnacional es esencial para los diplomáticos del siglo XXI, sobre todo al momento de realizar negociaciones y tratados, como los Acuerdos de Abraham, donde estuvieron presentes las diferencias teológicas.

Diferencias teológicas

La diplomacia resulta más exitosa cuando se reconoce las realidades de las diferencias y la individualidad de las personas, en lugar de sus similitudes y su unidad (Wellman, 2016: 578). Por consiguiente, es menester conocer las principales diferencias teológicas de las grandes religiones monoteístas para entender las instancias diplomáticas, el diálogo interreligioso y realizar tratados como los Acuerdos de Abraham.

En el judaísmo se cree que hay un solo Dios, que es único y no dividido en personas; el libro sagrado es la Torá (libros de Moisés) y el Tanaj. Los cristianos, por otro lado, ven a Jesucristo como el Mesías prometido en las Escrituras hebreas, y su libro sagrado incluye el Nuevo Testamento, que forma parte de la Biblia. Por su parte, en el islam, Alá es un Dios único y singular. No engendró ni fue engendrado (Sura 112:1-3). Y el libro sagrado es el Corán.

Aunque hay muchas diferencias entre las tres religiones, se pueden resumir en una muy importante: la naturaleza de Jesús. Los judíos no lo consideran como mesías por no cumplir con las antiguas profecías. Los musulmanes lo ven como un profeta, pero no divino. En cambio, el cristianismo cree que Jesús es el Mesías e Hijo de Dios. Es parte de la Trinidad, es decir, “una substancia en tres personas”. De ese modo, se afirma la unidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, sin negar su distinción: los tres participan en una misma e indivisa substancia, pero no por ello dejan de ser tres Personas (González, 2016: 69-70).

La teología cristiana hace más énfasis en el concepto de persona y enseña que los atributos interpersonales como dar y recibir amor, tener unión y comunidad se expresan desde la eternidad entre las tres Personas de la Trinidad. En contraste, el islam, que hace énfasis en la unidad de Dios, la Enciclopedia de Filosofía de Stanford sostiene: “se ha observado que no existe un equivalente conceptual del concepto filosófico occidental de ‘persona’ en árabe y en la filosofía islámica clásica, algo que parecería confirmar la importancia de lo específicamente cristiano, en gran medida orígenes trinitológicos” (Williams y Bengtsson, 2022).

El cristianismo afirma que Jesús es Dios, murió en la cruz y resucitó, y ese hecho sería confirmación de su deidad. Pablo escribió: “si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe” (1 Corintio 15:14). En contraste, el Corán declara que a Jesús “no lo mataron ni lo crucificaron”, sino que “Dios lo ascendió al cielo” (Sura 4:157-158). Al ser un profeta de Alá, no era digno de una muerte tan humillante. Aunque los romanos no inventaron la crucifixión, la perfeccionaron como una forma de tortura y pena capital diseñada para producir una muerte lenta con el máximo sufrimiento (Edwards et al., 1986).

Esa diferencia es sustancial e irreconciliable entre ambas religiones. Sin embargo, también hay diferencias internas que producen tensiones y conflictos geopolíticos. Después de la Reforma de Martín Lutero, el cristianismo se dividió entre protestantes y católicos. Y ese hecho, argumenta Henry Kissinger, “acabó con el concepto de un orden mundial defendido por las ‘dos espadas’: la del papado y la del imperio” (2016, p. 31). Con la Paz de Westfalia de 1648, se estableció el concepto de Estado soberano y el derecho a cada país de elegir su organización interna y la orientación religiosa libre de intervención. El sistema westfaliano continúa siendo el andamiaje del orden internacional que conocemos hoy (Kissinger, 2016: 39).

De manera análoga al cristianismo, el islam se ha dividido en dos ramas: sunitas y chiitas. Estas diferencias han resultado en una rivalidad religiosa y geopolítica entre las dos principales potencias de Medio Oriente: Arabia Saudita (sunita) e Irán (chiita). Las tensiones que hay en el mundo musulmán es una de las razones por las que no han apoyado a Irán en su guerra contra Estados Unidos e Israel. De esta manera, la administración Trump ha tenido presente las diferencias entre las tres religiones tanto en lo teológico como en lo político para impulsar los Acuerdos de Abraham.

Los Acuerdos de Abraham y su implicancia geopolítica

En el 2020, la administración del presidente Donald Trump impulsó una serie de tratados llamados Acuerdos de Abraham, con el fin de normalizar relaciones diplomáticas entre Israel y varios países árabes, como Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Marruecos y Sudán. Como se explicó, las tres religiones monoteístas tienen diferencias irreconciliables, por tanto, el Acuerdo tomó el nombre del patriarca que tienen en común: Abraham.

Mientras que el judaísmo y el cristianismo siguen la descendencia de Abraham por medio de Isaac (Génesis 21:12; 22:18), el islam sigue la descendencia de Abraham por medio de Ismael (Sura 2:125, 127; 19:54). De este modo, el Acuerdo destaca “promover el diálogo interreligioso e intercultural con el fin de fomentar una cultura de paz entre las tres religiones abrahámicas y toda la humanidad” (U.S. Department of State, s.f.).

Las diferencias teológicas fueron muy consideradas en las negociaciones. Un ejemplo concreto es cuando el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, y el ministro de Asuntos Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos (EAU), Abdullah bin Zayed Al Nahyan, firmaron los Acuerdos de Abraham. En la primera página del documento se considera lo siguiente:

“Reconociendo que los pueblos árabe y judío descienden de un ancestro común, Abraham, e inspirados, en ese espíritu, para fomentar en Oriente Medio una realidad en la que musulmanes, judíos, cristianos y personas de todas las religiones, confesiones, creencias y nacionalidades convivan y se comprometan con un espíritu de coexistencia, comprensión y respeto mutuos” (U.S. Department of State, 2020).

En el documento, el Gobierno de los EAU y el Gobierno del Estado de Israel se comprometen al establecimiento de la paz, relaciones diplomáticas y normalización de los lazos bilaterales, basándose en las disposiciones de la Carta de las Naciones Unidas y los principios del derecho internacional; así, las partes intercambiarán embajadores residentes. Poco después de la firma de los Acuerdos, EAU e Israel comenzaron a colaborar estrechamente para ampliar en la investigación y el tratamiento sobre la COVID-19, y con iniciativas bilaterales de cooperación en sectores claves como logística, conexiones aéreas, turismo, educación, medicina, investigación científica y telecomunicaciones (UAE Embassy, s.f.).

En 2023, Netanyahu dijo en la ONU que Israel y los países árabes comparten intereses comunes, y eso podría llevar una paz duradera en la región. Además, destacó que los Acuerdos de Abraham fueron un eje en la historia, ya que unió a árabes y judíos. Señaló que eso se reflejó en las frecuentes bodas judías en Dubái, en la dedicatoria de un rollo de la Torá en una sinagoga de Baréin, en los visitantes que acuden en masa al museo del judaísmo marroquí en Casablanca, entre otros. Por consiguiente, dice, “no hay duda de que los Acuerdos de Abraham anunciaron el amanecer de una nueva era de paz” (Netanyahu, 2023).

Sin embargo, los Acuerdos también tienen una implicancia geopolítica. En el documento se indica:

“En relación con los Acuerdos de Abraham, las partes están dispuestas a colaborar con Estados Unidos para desarrollar e implementar una Agenda Estratégica para Oriente Medio, con el fin de ampliar la cooperación regional en materia diplomática, comercial, de estabilidad y de otro tipo… incluso buscando impulsar la seguridad y la estabilidad regional; aprovechar las oportunidades económicas regionales y considerar programas conjuntos de ayuda y desarrollo” (U.S. Department of State, 2020).

De manera similar, en la administración del presidente Joe Biden se lazó el Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa (IMEC) que cuenta con tres pilares que integran la infraestructura existente y futura: un pilar de transporte, que es la columna vertebral del corredor, e integra las redes ferroviarias y marítimas; un pilar energético con infraestructuras energéticas y eléctricas interconectadas entre continentes; y un pilar digital que proporciona nuevos cables de fibra óptica e infraestructura digital transfronteriza (Hussain y Shafer, 2025).

Entre los firmantes iniciales del memorando de entendimiento de 2023 se encontraban los líderes de India, Estados Unidos, los EAU, Arabia Saudita, Italia, Francia y Alemania. Aunque Israel y Jordania no son signatarios, están implícitamente incluidos en la iniciativa, dada la ruta propuesta.

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Figura 3: Corredor de transporte principal de IMEC (Hussain y Shafer, 2025).

Una iniciativa que abarca toda la región, como IMEC, se basa en el sólido liderazgo regional y las iniciativas de desarrollo dentro del Golfo, incluyendo la Visión Saudí 2030 y la Visión EAU 2031. El apoyo político saudí a IMEC fue particularmente importante para su lanzamiento y es un factor esencial para su continua viabilidad. Lanzada en 2016 por el príncipe heredero Mohamed bin Salman, la Visión 2030 tiene como objetivo diversificar la economía de Arabia Saudita, reduciendo su dependencia del petróleo y modernizando diversos aspectos de la sociedad. Ha establecido ambiciosos objetivos de inversión de 3 billones de dólares para 2030, con más de 800 mil millones de dólares destinados al desarrollo de infraestructura. Casi toda la infraestructura ferroviaria y portuaria necesaria para el IMEC ya está incorporada en la Visión 2030 (Hussein y Shafer, 2025).

El ex secretario de Estado de la administración Biden, Antony J. Blinken (2025), afirmó que durante su gobierno se buscó la ampliación de los Acuerdos de Abraham para incluir a Arabia Saudita y otros socios árabes y musulmanes, con el fin de permitir la plena realización del IMEC. Además, intentaron establecer relaciones diplomáticas formales entre Arabia Saudita e Israel. “Lo que hemos hecho en los últimos cuatro años”, dijo Blinken, “basándonos en los Acuerdos de Abraham”, ha sido intentar alcanzar la normalización entre Arabia Saudí e Israel.

Por otro lado, el IMEC sirve principalmente como herramienta diplomática estadounidense para contrarrestar la influencia de China en Oriente Medio. Desde el lanzamiento de la Iniciativa Franja y Ruta (IFR) en 2013, los estados del Golfo han adoptado la firma de política exterior del presidente Xi Jinping y han buscado obtener inversiones chinas para sus propios proyectos de infraestructura, ya sea el puerto de Abu Dabi, el puerto Hamad en Catar o la Ciudad de la Seda en Kuwait, o en sus redes digitales, como se refleja en contratos adjudicados a Huawei (Samaan, 2023). Así, el IMEC es una alternativa a los corredores existentes, dominados por un solo gobierno, en particular la IFR.

Aquí se puede vislumbrar una continuidad en la política exterior entre Biden y Trump, que buscan hacer el contrapeso a China. El IMEC se basa en las iniciativas diplomáticas estadounidenses de los últimos cinco años, por tanto, puede considerarse la continuación de los Acuerdos de Abraham que buscan normalizar las relaciones entre Israel y los Estados del Golfo, promoviendo la cooperación económica y, de ese modo, consolidar la influencia económica y política estadounidense en la región.

En consecuencia, IMEC y los Acuerdos de Abraham representan para EE. UU. una forma de equilibrar la presencia de Pekín y su IFR, que ha ganado terreno en Medio Oriente. Y si los acuerdos se expanden, se podría intensificar la competencia en base a intereses comunes y respaldados por Washington. Al diversificar las cadenas de suministro, el IMEC podría brindar una oportunidad para la seguridad del suministro energético mediante gas natural o petróleo transbordado, aprovechando el impulso regional hacia la integración de la red (Hussein y Shafer, 2025). Mientras tanto, los Acuerdos de Abraham abrieron canales de cooperación sin precedentes entre Israel y estados árabes clave, especialmente los Emiratos Árabes Unidos y Baréin, con implicaciones para la integración económica regional.

Finalmente, la IMEC es coherente con los objetivos de Estados Unidos para Eurasia. Ofrece una alternativa a la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China, que crea oportunidades para reafirmar el liderazgo económico estadounidense en la región, al tiempo que impulsa los Acuerdos de Abraham. El IMEC proporciona un marco importante para la alineación e integración regional en los sectores de transporte, energía y tecnología, que además apoya las prioridades políticas regionales. Sin embargo, hay otro factor importante que ha servido para impulsar estos proyectos: las diferencias y tensiones de los países en Medio Oriente con Irán.

El factor Irán

Las diferencias entre los países musulmanes también han servido para los intereses de EE. UU. e Israel. En su discurso ante la ONU, Netanyahu (2023) afirmó: “la amenaza común de Irán ha unido a Israel y a muchos estados árabes más que nunca en una amistad que no he visto en mi vida”. Por su parte, Blinken (2025) señaló que el objetivo principal de la administración Biden en Oriente Medio fue transformar las relaciones entre los socios estadounidenses en la región para que esté más integrada, segura y de encontrar soluciones a desafíos compartidos, como necesidades energéticas. “Una región más integrada”, arguye Blinken, “está en una posición más fuerte para evitar que cualquiera de sus vecinos domine a los demás, para disuadir la agresión y la proliferación nuclear”. De ese modo, la administración Biden persiguió esa visión, profundizando en los Acuerdos de Abraham y anunciando un corredor económico innovador que conectaría India, Oriente Medio y Europa.

El 28 de febrero inició la guerra de Irán contra EE. UU. e Israel, desatando una grave escalada con consecuencias regionales y globales. Uno de los bombardeos en Irán terminó con la muerte del líder supremo, Alí Jamenei; luego, Masoud Pezeshkian asumió el liderazgo ejecutivo. A pesar de esto, el mundo islámico no ha intervenido para apoyar a Irán, eso se debe a las diferencias religiosas entre musulmanes, los intereses nacionales, dependencia de Estados Unidos y la reticencia a verse arrastrados a una guerra de consecuencias impredecibles. Además, varios países de Medio Oriente ven a Irán con ambiciones de convertirse en una potencia nuclear y hegemónica en la región (Gogitidze, 2026). Sin embargo, las tensiones escalaron cuando Irán bombardeó bases militares estadounidenses en países árabes, como Baréin y Emiratos Árabes Unidos, ambos suníes. Y esto ocurrió en la fecha sagrada para los musulmanes, el Ramadán, uno de los pilares del islam.

De este modo, Emiratos Árabes Unidos exigió que el régimen iraní asuma los costos por los daños causados por sus ataques en el Golfo, y afirmó que el régimen de Irán debe responder económicamente por las consecuencias de sus acciones militares en la región. Esto se debe tras confirmar que fue uno de los países más afectados por los ataques en sectores estratégicos, como aeropuertos, puertos, instalaciones energéticas, hoteles y zonas residenciales. Por consiguiente, los ataques han provocado un endurecimiento de la postura emiratí frente a Teherán, tras años de distensión diplomática. El país ha retirado a su embajador en la República Islámica, cerrando su embajada y restringido el acceso de ciudadanos iraníes, excepto en casos excepcionales (Infobae, 2026).

Por otro lado, en respuesta a la ofensiva de EE. UU. e Israel, Irán anunció el cierre del Estrecho de Ormuz, bloqueando el paso por este sitio estratégico, donde circula cerca del 20% del petróleo y el gas que se consumen en el mundo. Como consecuencia, la restricción causó un notorio aumento del precio de los combustibles a nivel global. En 2025, alrededor de 20 millones de barriles de petróleo y derivados pasaron a través del estrecho por día, según las estimaciones de la Oficina de Información Energética de EE. UU. Eso representa un volumen de comercio de energía de aproximadamente US$600.000 millones al año. El petróleo no solo sale de Irán, sino también de países del Golfo como Irak, Kuwait, Catar, Arabia Saudita y EAU. Se calcula que 20% del gas licuado que se consume en el mundo también circula por el Estrecho de Ormuz, la mayoría proveniente de Catar (Butler, et al., 2026).

El cierre del Estrecho se hizo sentir de inmediato en el mundo. Así, las interrupciones más amplias en el sector energético que han acompañado a la guerra entre Estados Unidos e Israel en Irán han garantizado un choque en el suministro energético que aumentará la inflación a nivel global. En medio de la crisis, el pueblo estadounidense sufrirá las consecuencias: las subidas de tipos afectarán los costes de endeudamiento en gastos como préstamos para coches e hipotecas; el aumento de los precios de la energía elevará el precio de la gasolina y otros combustibles, y los fabricantes de la multitud de bienes de los que depende la gente terminará en mayores costes de producción en los consumidores (Tugendhat, 2026).

En ese sentido, la inflación y las decisiones tomadas por la Fed para combatirla importan más allá de las fronteras estadounidenses, puesto que la mayoría de las deudas pendientes de los países siguen denominadas en dólares estadounidenses. El aumento de los tipos de interés en EE. UU. determinará la sostenibilidad de la deuda e, independiente del resultado de esta guerra, muchos países tendrán que pagar más por la energía necesaria para alimentar sus industrias, sus redes eléctricas y mantener sus redes de transporte. Esto será cierto tanto si deben esos dólares a instituciones financieras en Pekín, gestores de activos en Londres o bancos multilaterales de desarrollo en Washington (Tugendhat, 2026).

Para evitar que las consecuencias sean peores, Pakistán se ofreció de mediador para negociar la paz entre EE. UU. e Irán. Sin embargo, las partes no llegaron a ningún acuerdo. Trump dijo que las conversaciones fracasaron porque Teherán “no estaba dispuesto a renunciar a sus ambiciones nucleares”. Por su parte, el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán culpó a las “exigencias excesivas y solicitudes ilegales” de EE. UU. (Wright y Clun, 2026). Por consiguiente, el Comando Central de EE. UU. (Centcom) indicó que sus fuerzas comenzarían a implementar un bloqueo al estrecho de Ormuz, y en un comunicado declararon: “el bloqueo se aplicará de manera imparcial contra los buques de todas las naciones que entren o salgan de puertos y zonas costeras iraníes, incluidos todos los puertos iraníes del Golfo Arábigo y del Golfo de Omán” (U.S. Central Command, 2026).

La geografía del estrecho le ha permitido a Irán utilizarlo como arma de presión a lo largo de esta guerra, impidiendo de forma selectiva el paso de buques por esta estrecha vía navegable y provocando así un aumento de los precios del petróleo. Al iniciar el bloqueo del estrecho, Trump podría cortar una fuente significativa de ingresos para el gobierno iraní, aunque esta medida podría aumentar el riesgo de elevar aún más los precios del petróleo y el gas (Wright y Clun, 2026). En esta medida se puede apreciar el uso del poder duro por parte de EE. UU., un mecanismo que ha sido recurrente durante la segunda administración de Trump.

Por otro lado, el presidente estadounidense se ha involucrado en recientes controversias religiosas que incluyen a Jesús y al Papa, y ha sido criticado incluso por sus aliados y adherentes.

La polémica cristiana

En el actual contexto de la guerra, el Papa León XIV (2026) ha llamado a los países involucrados al diálogo y a los fieles a la oración para promover la paz. En un comunicado declaró: “Dios no bendice ningún conflicto. Quien es discípulo de Cristo, príncipe de la paz, nunca se pone del lado de quienes ayer empuñaban la espada y hoy lanzan bombas”. Estas palabras no agradaron a Trump, quién respondió en su cuenta de Truth Social:

“El Papa León es débil en delincuencia y terrible para la política exterior… No quiero un Papa que piense que está bien que Irán tenga un arma nuclear… Leo debería estar agradecido porque, como todos saben, no estaba en ninguna lista para ser Papa, y solo fue puesto allí por la Iglesia porque era estadounidense, y pensaron que esa sería la mejor manera de tratar con el presidente Donald J. Trump. Si yo no estuviera en la Casa Blanca, Leo no estaría en el Vaticano” (Trump, 2026).

El Papa no quiso responder directamente y entrar en controversia, solo enfatizó en el mensaje de paz del Evangelio. Ante la publicación de Trump, diferentes líderes del mundo católico expresaron su descontento con sus palabras. Incluso la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, quien simpatiza con el sector político de Trump, indicó que las críticas al Papa son “inaceptables”. “El Papa es la cabeza de la Iglesia católica”, dijo, “es justo y normal que abogue por la paz”. En respuesta, Trump señaló que Meloni era “muy diferente de lo que pensaba” y la cuestionó por negarse a ayudar a reabrir el Estrecho de Ormuz. “Me sorprende. Pensé que tenía valor. Me equivoqué”, sentenció Trump (Balmer, 2026).

No obstante, la controversia religiosa con Trump no quedó ahí. Recientemente, el presidente estadounidense publicó en Truth Social una imagen hecha con Inteligencia Artificial donde se representaba así mismo como Jesús sanando a un hombre en una cama, y en el fondo estaba la bandera del país, soldados iluminados en el cielo; en síntesis, una escenificación mesiánica. Esta imagen se hizo viral y recibió numerosas críticas, incluso dentro del movimiento MAGA. Si Trump estaba perdiendo apoyo por la guerra en Irán, ahora comenzó a perder el apoyo de los cristianos. La indignación fue demasiada que la imagen de Trump fue eliminada de su cuenta.

El presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, también se unió a las críticas a Trump y escribió en su cuenta de X: “Su Santidad el Papa León XIV, condeno el insulto a Su Excelencia en nombre de la gran nación de Irán y declaro que la profanación de Jesús, profeta de la paz y la fraternidad, es inaceptable para cualquier persona libre. Que Alá le conceda la gloria” (Pezeshkian, 2026).

Por tanto, las reacciones a la controversia de Trump, tanto del Papa como la imagen de Jesús, muestra las afinidades de los individuos, ya que la religión proporciona un marco para comprender el mundo, encontrar propósito en la vida y establece la cohesión social. Es decir, ofrece una cosmovisión completa que explica la naturaleza de la realidad. De este modo, es imposible separar los motivos religiosos de los políticos.

Conclusión

De los antecedentes expuestos se puede concluir que la religión sigue siendo una variable decisiva a la hora de entender ciertos acontecimientos en el sistema internacional. La mayoría de la población mundial está afiliada a una creencia religiosa, esto influye tanto en la vida social como en la política nacional y exterior de los países. En ese sentido, el secularismo occidental no logra explicar la complejidad de estos fenómenos, por ejemplo, en los países musulmanes, donde no hacen una distinción entre religión y política, entre lo secular y lo sagrado; tal es el caso de Arabia Saudita.

Por otro lado, la influencia religiosa ha jugado un rol central en fundamentar el contenido de los derechos humanos que luego se vio reflejado en la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU. Además, hay diferencias teológicas sustanciales entre las tres principales religiones monoteístas, y es necesario considerar cada una de ellas para desarrollar una exitosa labor diplomática a la hora entablar relaciones bilaterales entre Estados con una considerable población afiliada a una determinada creencia.

Esas consideraciones se tuvieron en cuenta cuando se llevaron a cabo los Acuerdos de Abraham, donde se apeló a la creencia del ancestro común entre cristianos, judíos y musulmanes: Abraham. Y eso fue valorado en los principios negociados entre los países. Sin embargo, estos Acuerdos auspiciados por Estados Unidos también tienen una implicancia geopolítica: generar alianzas entre los países del Golfo y contrarrestar la influencia de China y su Iniciativa Franja y Ruta en la región. El Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa representó una continuación de los Acuerdos para marcar la presencia estadounidense en la región. En ese sentido, las diferencias entre los países musulmanes han contribuido a los intereses de Washington, sobre todo en la actual guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán.

En síntesis, los factores religiosos ya no pueden ser relegados o minimizados dentro del sistema internacional, en algunos acontecimientos ocupan un lugar central. Por tanto, en el actual panorama mundial, donde las tensiones escalan y las diferencias se dejan ver en los conflictos geopolíticos, la religión vuelve a ser una de las principales protagonistas.

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Referencias
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First published in: World & New World Journal
Daniel Seguel

Daniel Seguel

Periodista y Máster en Relaciones Internacionales por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile.

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