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¿Qué podemos esperar de seis años más de Vladimir Putin? Una Rusia cada vez más débil y disfuncional

Hay muy poco drama en las próximas elecciones presidenciales rusas de este fin de semana. Todos sabemos que Vladimir Putin ganará. La única pregunta real es si obtendrá más del 75% de los votos.

Podría ser tentador ver estos resultados como una señal de fortaleza del sistema ruso. Los recientes avances del ejército ruso en Ucrania parecen corroborarlo.

Pero mi propia investigación – pronto a publicarse en un libro – muestra que los resultados electorales y los avances militares de Rusia en Ucrania ocultan una realidad mucho más problemática para el país.

El sistema de gobierno de Rusia no sólo es antidemocrático, violador de los derechos e impredecible. También es cada vez más disfuncional, atrapado en un ciclo de mala calidad y débil gobernanza que no puede resolver en un solo hombre, por mucho poder que éste tenga.

Las artes oscuras constitucionales

La debilidad proviene de la hipercentralización del poder en Rusia en torno al presidente.

Esta centralización es el producto de una lógica cada vez más común que yo llamo “las artes oscuras constitucionales”. En general, esta lógica sostiene que la democracia y la protección de los derechos están mejor garantizados en un sistema constitucional que centraliza la autoridad en un líder elegido. Esta línea de pensamiento está presente en muchos países populistas y autoritarios, como Hungría y Turquía.

La base de este tipo de sistema en Rusia es la Constitución de 1993. Esta fue redactada por el entonces presidente Boris Yeltsin y sus partidarios (muchos en occidente) como medio para desmantelar el comunismo y aplicar reformas económicas radicales. Como tal, contiene una serie de disposiciones sobre derechos y garantías democráticas, junto a otras cosas que centralizan un amplio poder en un presidente ruso elegido.

Yeltsin (y sus aliados occidentales) calificaron este sistema como democrático ya que hacía al presidente responsable ante el pueblo. También argumentaron que las disposiciones sobre derechos permitirían a los tribunales limitar cualquier abuso del Estado centralizado.

Estos reformistas esperaban que Yeltsin pudiera utilizar este poder concentrado para construir la democracia en Rusia. Treinta años después, sin embargo, podemos ver cómo este uso de las “artes oscuras constitucionales” fracasó estrepitosamente.

Desde el 2000, Putin ha desplegado sin piedad esta autoridad centralizada para eliminar cualquier control sobre el poder. Él también ha transformado las elecciones, los medios de comunicación y a los tribunales, de fuentes de rendición de cuentas en mecanismos para proyectar la imagen de un poder presidencial fuerte.

Las próximas elecciones presidenciales son sólo el ejemplo más reciente de esto.

Gobernanza de mala calidad en Rusia

Aunque este sistema centralizado ha permitido a Putin dominar la política, fomenta una gobernanza débil y deficiente, sobre todo fuera de Moscú. Al menos hay dos factores en juego.

En primer lugar, la toma de decisiones centralizada en Rusia se realiza a menudo utilizando información incompleta o falsa. La invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en 2022 es un ejemplo. Se basaba en información de inteligencia según la cual la operación terminaría rápidamente y los ucranianos probablemente recibirían con agrado a las fuerzas rusas.

En segundo lugar, los mandatos centralizados se delegan a instituciones con escasos recursos, incompetentes y débiles. La respuesta de Rusia a la pandemia de COVID-19 fue desastrosa, en gran parte debido a la escasez de recursos de las autoridades regionales, que se vieron desbordadas por una crisis de esta envergadura.

Esta disfunción ha sido un mensaje central del movimiento político liderado por el líder opositor Alexei Navalny. Antes de su muerte el mes pasado, Navalny y su equipo criticaron duramente la corrupción y la debilidad del régimen ruso y su incapacidad para arreglar carreteras, prestar asistencia sanitaria y pagar adecuadamente a profesores o médicos.

Este mensaje fue potente, convirtiendo a Navalny en el primer político de la oposición en construir una amplia coalición que abarcaba los 11 husos horarios de Rusia.

Esta amplia coalición asustó al Kremlin hasta tal punto que provocó el envenenamiento de Navalny en agosto de 2020. Aunque está por verse cómo responde su movimiento político a su muerte, esta crítica central al gobierno sigue siendo uno de sus mensajes más fuertes.

Aunque es imposible obtener encuestas independientes sobre cuestiones internas durante la guerra de Ucrania, parece que Putin y su administración están preocupados por esta debilidad. En su discurso del 29 de febrero ante el parlamento, Putin reconoció tácitamente estos problemas, prometiendo nuevos proyectos nacionales para mejorar la infraestructura, apoyar a las familias y mejorar la calidad de vida.

Sin embargo, es poco probable que este tipo de promesas se lleven a la práctica. Tradicionalmente, Putin ha prometido este tipo de cambios en torno a las elecciones presidenciales. Pero, a la hora de ponerlos en práctica, las subunidades regionales de Rusia no suelen disponer de recursos para hacerlo.

Con tanto dinero destinado ahora a la guerra, es poco probable que el último conjunto de promesas sea diferente.

Una Rusia cada vez más disfuncional

Con Putin a punto de iniciar su quinto mandato presidencial, esta centralización y personalización del poder no hará sino aumentar.

En el exterior, es probable que esta centralización produzca una Rusia cada vez más impredecible, dirigida por un hombre que toma decisiones basándose en una visión del mundo cada vez más paranoica y con información incorrecta o manipulada. Como la excanciller alemana Angela Merkel describió una vez a Putin, en realidad él “vive en otro mundo”.

Es probable que esto conduzca a un mayor aventurerismo y agresividad en política exterior. También es probable que fomente una represión más severa de cualquier voz disidente dentro de Rusia.

Es probable que veamos una Rusia cada vez más disfuncional, en la que las carreteras, la vivienda, las escuelas, la atención sanitaria y otras infraestructuras seguirán deteriorándose, particularmente fuera de Moscú.

Esto se extiende al ejército, que sigue siendo débil a pesar de sus recientes avances en el campo de batalla. Por ejemplo, la estructura de mando excesivamente centralizada de Rusia ha diezmado la clase de oficiales y ha provocado impresionantes pérdidas de equipo. A pesar de que Rusia ha conseguido salir adelante apoyándose en sus vastos recursos humanos e industriales, estos problemas sistémicos están pasando una grave factura a su capacidad de combate.

A pesar de la creciente represión, estos problemas suponen una oportunidad para un aspirante democrático, sobre todo cuando Putin sea sustituido inevitablemente por otro líder.

El mal funcionamiento del gobierno ruso es también un importante recordatorio para los medios de comunicación de occidente, los responsables de hacer política y los comentaristas. Aunque no debe servir como motivo de complacencia, resaltar la mala gobernanza de Rusia es una herramienta importante para combatir la cuidadosamente elaborada imagen de poder y control del Kremlin.

First published in: The Conversation Original Source

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