La gira africana del Papa puso a prueba si el papado puede dirigirse a la gente común sin convertirse en un instrumento del poder autoritario.
Dicen que no tiene sentido predicar a los convencidos, pero en su gira africana, el papa León XIV fue más allá, diciendo verdades incómodas a quienes menos querían escucharlas. Sus visitas a Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial fueron analizadas en todo el mundo, y la elección de estos países generó preguntas entre defensores de los derechos humanos y de las libertades individuales. ¿Por qué viajaría el papa a Argelia cuando varios argelinos siguen detenidos por sus opiniones? ¿Por qué ir a Camerún, donde el presidente Paul Biya ha estado en el poder durante 44 años, o a Guinea Ecuatorial, donde el presidente Teodoro Obiang Nguema Mbasogo ha gobernado durante 47 años?
Estas preguntas mantuvieron la gira bajo un intenso escrutinio. Sin embargo, León XIV caminó por una línea cuidadosa, manteniendo distancia de los estamentos políticos mientras conectaba genuinamente con la gente común. Conocido por ser discreto y reservado, el papa León XIV mostró una faceta diferente de sí mismo en África.
El Papa se describe a sí mismo como “hijo de San Agustín”. Por eso, su visita a Argelia, que decidió emprender poco después del inicio de su pontificado en mayo de 2025, tuvo un significado tan profundo. A nivel personal, fue su tercera visita al país, pero la primera como papa. Los católicos son una pequeña minoría en la nación del norte de África, con aproximadamente 8,500 fieles, la mayoría de los cuales son expatriados y estudiantes.
Antes de la llegada del papa a Argelia, ONGs, incluida Human Rights Watch, le enviaron una carta instándolo a cuestionar a las autoridades por las violaciones a las libertades individuales y la libertad religiosa, citando en particular el cierre de iglesias protestantes en el país. En Argelia, los protestantes — y especialmente los evangélicos — son vigilados de cerca. El proselitismo dirigido a convertir musulmanes está prohibido por la ley argelina, ya que se considera un ataque a los fundamentos del Estado.
Estas cuestiones de libertades individuales y práctica religiosa no fueron abordadas públicamente por el pontífice durante su visita. No obstante, llamó a las autoridades a promover “una sociedad civil viva, dinámica y libre”.
En su primer día en Argelia, de pie frente al presidente Abdelmadjid Tebboune, el papa instó a los líderes a “no dominar, sino servir al pueblo y a su desarrollo”. Una crítica directa, dado que al menos 200 detenidos políticos siguen encarcelados tras haber sido arrestados durante las protestas del Hirak de 2019 y 2020, que fueron manifestaciones pacíficas que llevaron a la renuncia del expresidente Abdelaziz Bouteflika, quien había estado en el poder durante 20 años.
El Papa transmitió un mensaje similar días después en Camerún, frente a Paul Biya, quien fue reelegido en octubre de 2025 para un octavo mandato consecutivo en medio de violencia que dejó al menos 20 manifestantes muertos. Ubicado en el puesto 142 de 182 países en el índice de corrupción de la Transparency International, Camerún le ofreció al papa una oportunidad imposible de ignorar. La aprovechó: comparó la corrupción con la “idolatría” e insistió en que “la verdadera ganancia es el desarrollo integral de los seres humanos”. También pidió transparencia en la gestión de los recursos públicos y respeto por el Estado de derecho, mientras Biya permanecía imperturbable a su lado.
En un episodio curioso, la emisora estatal de Camerún, CRTV, interrumpió la transmisión en vivo del discurso papal a mitad de su intervención. Las autoridades lo atribuyeron a una falla en la fibra óptica, pero esa versión fue desmentida de forma categórica por Camtel, el propio operador de la red, que aseguró que no se detectó ninguna falla técnica. ¿Censura deliberada o coincidencia? La pregunta sigue abierta.
En Angola, el papa se dirigió a una multitud de 100,000 fieles y no suavizó su mensaje. Un tercio de los angoleños vive en la pobreza, a pesar de que el país es el cuarto mayor productor de petróleo de África y el tercer mayor productor de diamantes del mundo. León XIV condenó la “lógica de explotación” de los recursos naturales que genera una “catástrofe social y ambiental”, apuntando claramente a las corporaciones extranjeras y a las élites nacionales que se apropian de la riqueza del país.
“Muchas personas ya no creen en las elecciones”, afirmó el periodista angoleño Omar Prata, describiendo un clima de profunda polarización y malestar social. Aun así, señaló que en los días posteriores a la visita papal, el gobierno anunció medidas de emergencia para asistir a miles de familias desplazadas por las inundaciones en Benguela. Fue un cambio limitado pero tangible en la atención hacia quienes más lo necesitan, especialmente ante el aumento del costo de vida debido a la guerra de Estados Unidos en Irán.
En Guinea Ecuatorial, la última parada, el papa siguió adelante. “La codicia por la riqueza mineral y petrolera alimenta guerras en desprecio del derecho internacional y de la autodeterminación de los pueblos”, declaró. La visita estuvo marcada por un escándalo previo a su llegada: reportes recopilados por AFP alegaban que a funcionarios públicos y soldados se les habían descontado salarios para financiar los preparativos papales, mientras que, según informes, a estudiantes universitarios en Malabo se les exigió comprar sus propios uniformes a juego para la ocasión.
El último Papa en visitar Guinea Ecuatorial fue Juan Pablo II en 1982. En aquel entonces, Teodoro Obiang llevaba apenas tres años en el poder, tras haber derrocado a su propio tío en un golpe militar. Cuarenta y cuatro años después, León XIV llegó para encontrarse con el mismo hombre en el cargo, ahora como el jefe de Estado no monárquico con más tiempo en el poder en el mundo.
En un país de dos millones de habitantes, más de 1.4 millones son católicos. La influencia de la Iglesia es enorme. Y ese peso tiene dos caras. Los críticos sostienen que las visitas papales, por bien intencionadas que sean, terminan sirviendo como una forma de legitimación internacional para líderes autoritarios, ofreciéndoles una mejora en su imagen global y una dosis de credibilidad ante sus propias poblaciones.
En un artículo publicado en nuestro sitio web, el profesor de teología camerunés David Tonghou Ngong argumenta que la Iglesia católica tiene la preocupante costumbre de brindar cobertura moral y política al régimen de Biya precisamente cuando más lo necesita, y que la visita del papa, al producirse en medio del conflicto anglófono en curso en el noroeste del país, beneficia al mismo poder que parecía cuestionar.
Sin embargo, cabe señalar que los grupos separatistas en Camerún declararon un alto al fuego de tres días para coincidir con la llegada del papa. León XIV viajó a Bamenda, el epicentro de la crisis, donde llamó a la paz y la reconciliación.
El periodista camerunés Eugene Ndi lo ve de otra manera. “No se guardó nada frente a nuestro presidente”, dijo, señalando que León XIV le dijo abiertamente a Biya que romper las cadenas de la corrupción es una condición previa para la paz. “Ahora le corresponde al gobierno avanzar, a través de la Iglesia, de la sociedad civil, de la diplomacia. El Papa ha hecho su parte. Lo que queda es que el gobierno de Camerún se asegure de que lo que él inició dé frutos.”
A través de mensajes inequívocos, pronunciados cara a cara con algunos de los gobernantes más arraigados de África, el Papa León XIV emergió como un inesperado portavoz de quienes no tienen voz. Esta gira pareció revelar quién es realmente: un pontífice decidido a no permitir que el papado, ni la religión en sí, sean utilizados como instrumento por quienes ostentan el poder, ya sea en África o en cualquier otro lugar.
