México es fundamental para la productividad y la prosperidad de América del Norte, particularmente por su papel como el principal socio comercial de Estados Unidos. Que pueda convertir esta relación en un crecimiento interno duradero dependerá de decisiones clave de política pública que privilegien el pragmatismo por encima de la ideología.
Externalizar parte de sus operaciones a países vecinos podría ayudar a México a reactivar el dinamismo económico que ha perdido en los últimos años. Pero, tal como están las cosas, esta idea — conocida como nearshoring — parece estar fuera de alcance. Hasta ahora, el relato en torno al nearshoring ha sido más un ideal y una oportunidad que una realidad contundente.
En 2025, México intercambió bienes por un valor de 873,000 millones de dólares con su principal socio comercial, Estados Unidos, y se ubicó entre los tres principales socios comerciales de 36 de los 50 estados estadounidenses. También recibió una cifra récord de 41,000 millones de dólares en inversión extranjera directa (IED), aunque aproximadamente dos tercios provinieron de empresas que ya operaban en México y reinvirtieron sus ganancias, en lugar de la materialización de nuevos proyectos.
Desde 1994, México realizó una apuesta formidable a través del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), vinculando su futuro económico al de Estados Unidos. Actualmente, el comercio de bienes y servicios equivale al 89% del PIB, y el 83% de ese comercio es con los estadounidenses.
El tamaño de la economía mexicana ha crecido de 307,000 millones de dólares en 1990 a 1.83 billones de dólares en la actualidad, mientras que el PIB per cápita se disparó de 3,640 a 13,741 dólares durante el mismo período. El acceso a la electricidad aumentó de alrededor del 93% a principios de la década de 1990 a casi la totalidad de la población, y la cobertura de salud pasó de aproximadamente el 45% en 2000 a cerca del 78% en la actualidad.
Aun así, los problemas estructurales, la ideología imperante y las incertidumbres en torno a la renegociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) ahora se interponen en el camino de un mayor progreso para México.
¿Reshoring, nearshoring o no-shoring: qué sigue para los responsables de las políticas públicas en México?
Es importante analizar en detalle qué implica la reconfiguración de las cadenas de suministro, ya que a menudo se entrelazan tres respuestas distintas:
- Reshoring: devuelve la inversión y la producción a México o a Estados Unidos.
- Nearshoring: traslada la producción a un país vecino, principalmente México, para abastecer las cadenas de valor de América del Norte.
- No-shoring: reconoce que algunos bienes no pueden producirse fácilmente, o en absoluto, en América del Norte, por lo que seguirán llegando de otros lugares, incluida China.
La tarea de las políticas públicas no consiste en elegir una de estas opciones y perseguirla excluyendo las demás. Consiste en determinar qué productos corresponden a cada categoría y diseñar en consecuencia las políticas comerciales e industriales.
Por ejemplo, un insumo de grado semiconductor o una determinada clase de componente de tierras raras quizá simplemente tenga que seguir importándose durante el futuro previsible; un arnés de cables o un componente automotriz podría ser un candidato natural para el nearshoring; mientras que un proceso de alto valor e intensivo en capital, como la fabricación avanzada de chips o de celdas de baterías, podría trasladarse de nuevo a Estados Unidos mediante reshoring.
Considerar cada importación como una amenaza o cada relocalización como una victoria garantizada oculta una distinción fundamental de la que depende una política pública sólida.
¿Qué tan integrados están México y Estados Unidos?
Es difícil exagerar la profundidad de la relación entre Estados Unidos y México. Su comercio bilateral récord en 2025 representó más de diez veces el nivel de 1993 (80,000 millones de dólares), el año anterior a la entrada en vigor del TLCAN (véase la Figura 1).
México ya desplazó a China como principal fuente de importaciones de Estados Unidos, con una participación que alcanzó un récord del 17% a principios de 2026, más del doble del 7.2% de China (Oficina del Censo de Estados Unidos, 2026). La inversión estadounidense en México aumentó de 37,000 millones de dólares en 1999 a 159,000 millones en 2024 (Servicio de Investigación del Congreso).

A pesar de su enorme magnitud, estas cifras agregadas tienden a subestimar hasta qué punto están estrechamente vinculadas ambas economías. Esto se debe a que contabilizan los bienes en cada cruce fronterizo como si fueran productos terminados. Pero no lo son.
Consideremos el automóvil, uno de los productos emblemáticos de América del Norte. Un solo vehículo contiene aproximadamente 30,000 piezas, y un motor o componente puede cruzar las fronteras entre Estados Unidos y México y entre Estados Unidos y Canadá siete u ocho veces antes de que el automóvil quede terminado (Cato Institute, 2025). Un bloque de motor puede ser mecanizado en Michigan a partir de acero procesado en Estados Unidos, equipado con componentes estampados en el norte de México y enviado de regreso al norte para su instalación, generando valor agregado en cada etapa (De Gortari, 2019).
En la práctica, el automóvil mexicano y el automóvil estadounidense son ambos productos de América del Norte.
La construcción de esta sofisticada arquitectura comercial se hizo especialmente visible en 2025. El año pasado, la proporción de las exportaciones mexicanas que ingresaron a Estados Unidos bajo el T-MEC aumentó de alrededor del 45% a casi el 88%, a medida que las empresas reestructuraron sus cadenas de suministro para cumplir con las reglas de origen del acuerdo y evitar los nuevos aranceles del «Día de la Liberación» impuestos por el presidente Donald Trump (Oficina del Censo de Estados Unidos, 2026).
Los mismos cruces fronterizos que hacen productivo este sistema son precisamente los que hacen que los aranceles sean tan disruptivos, ya que un arancel aplicado en cada cruce se acumula y grava repetidamente los mismos bienes.
¿Dónde encaja China?
La relación de México con China funciona casi completamente en una sola dirección. México vende poco a China y atrae relativamente poca inversión china (véase la Figura 2). En 2025, las exportaciones a China apenas alcanzaron los 10,000 millones de dólares y la inversión china rondó los 577 millones de dólares (Data México, 2026).

Pero como proveedor, China tiene un peso enorme. Es la segunda mayor fuente de importaciones de México después de Estados Unidos: suministra aproximadamente una quinta parte de todo lo que el país compra en el extranjero, por un valor cercano a los 133,000 millones de dólares en 2025 (véase la Figura 3).
La composición de estas importaciones favorece cada vez más los insumos que abastecen a las fábricas mexicanas orientadas a la exportación. Entre ellos se encuentran los productos electrónicos, la categoría más grande, además de maquinaria, componentes electrónicos y autopartes (UN Comtrade, 2026). También han comenzado a llegar automóviles fabricados en China, aunque principalmente destinados al mercado interno.

Aquí aparece una cuestión más delicada. Las exportaciones mexicanas hacia Estados Unidos que más rápidamente están creciendo son ahora productos de tecnología avanzada, como computadoras, teléfonos y artículos electrónicos, y en 2025 México superó a China como principal proveedor de estos productos al mercado estadounidense (Brookings, 2026). Sin embargo, muchas de estas exportaciones dependen en gran medida de componentes importados, buena parte de ellos procedentes de Asia Oriental (Federal Reserve Bank of Dallas, 2025).
Cuánto de ese contenido es finalmente de origen chino, ya sea directamente o a través de empresas y proveedores vinculados con China, es actualmente una de las preguntas más importantes que enfrenta Estados Unidos mientras negocia el futuro de su acuerdo trilateral con México y Canadá.
La reacción inicial de los estadounidenses ante este desafío ha sido presionar a México para que reduzca las importaciones y la inversión provenientes de China. Han sido especialmente firmes en sectores estratégicos o relacionados con la seguridad, como los microchips e incluso los puertos. Washington también estableció un sistema para examinar las inversiones extranjeras.
Esto ayuda a explicar la mayor medida comercial de México en años. El gobierno publicó un decreto el 29 de diciembre de 2025 que elevó los aranceles a 1,463 subcategorías de bienes a partir de enero de 2026, con tasas de entre el 5% y el 50% para los países con los que México no tiene un acuerdo comercial. La medida afecta principalmente a China, pero también alcanza a Brasil, India, Rusia y Corea del Sur. Aproximadamente el 40% de los bienes afectados son productos terminados y el 60% son insumos para las fábricas locales.
¿Qué está en juego en la revisión de políticas de 2026?
La lección más clara de tres décadas de acuerdos comerciales es que México y Estados Unidos son competitivos cuando trabajan juntos. La producción transfronteriza que hace que los aranceles sean tan costosos es precisamente la que permite a las empresas de América del Norte combinar el capital y la tecnología estadounidenses, la mano de obra competitiva y las capacidades manufactureras mexicanas, y los insumos canadienses para producir bienes que se venden en todo el mundo.
En principio, la Revisión Conjunta del T-MEC está programada para julio de 2026. Conforme al Artículo 34.7, los tres gobiernos decidirían si lo renuevan por otros 16 años o si comienzan una serie de revisiones anuales que podrían hacer que el T-MEC expire en 2036 (Center for Strategic and International Studies, CSIS, 2026).
En la práctica, las conversaciones bilaterales entre México y Estados Unidos comenzaron mucho antes, impulsadas por los aranceles que Trump impuso a los productos mexicanos a principios de 2025 y condicionadas a medidas contra el fentanilo y la migración irregular (Casa Blanca, 2025). Cuando el secretario de Estado Marco Rubio visitó Ciudad de México en septiembre de 2025, presentó una lista de 54 «irritantes comerciales», que ambos países han estado abordando incluso antes de que comenzaran formalmente las negociaciones del T-MEC.
La pronta alineación de México con las exigencias estadounidenses ha dado resultados en términos de acceso a mercados frente al resto del mundo. Para finales de 2025, México enfrentaba una de las tasas arancelarias efectivas más bajas entre los principales socios comerciales de Estados Unidos, inferior al 5%, frente al 33% de China y un promedio general del 10% (Penn Wharton Budget Model, 2026).
La expectativa es que México obtenga condiciones mucho más competitivas que las que enfrentan el resto de los países del mundo y que la gran mayoría de sus exportaciones quede libre de aranceles. Aproximadamente el 88% de sus bienes ya ingresan a Estados Unidos libres de aranceles bajo el marco vigente del T-MEC.
¿Puede México utilizar el nearshoring como fuente de crecimiento a largo plazo?
No hay garantía de que el nearshoring se traduzca en un crecimiento amplio y sostenido a largo plazo, y la evidencia más preocupante proviene de los datos de inversión. A pesar de que México registró una cifra récord de 41,000 millones de dólares en inversión extranjera directa (IED) en 2025, un aumento de casi 11% interanual, aproximadamente el 68% correspondió a utilidades reinvertidas y solo el 18% a nuevas inversiones, muy por debajo del 33% que representaban en 2018 (véase la Figura 4). Además, la inversión fija bruta de México había caído interanualmente durante 19 meses consecutivos hasta marzo de 2026 (INEGI, 2026).

La reciente debilidad de la inversión apunta directamente a las limitaciones estructurales de México. Estas incluyen políticas laborales como el aumento del salario mínimo del 260% (ajustado por inflación) durante los últimos siete años. Si la mano de obra históricamente barata es uno de los principales atractivos, un fuerte crecimiento de los salarios puede hacer que los posibles inversionistas se lo piensen dos veces.
De hecho, los datos de encuestas sugieren que la calidad institucional, la seguridad jurídica y la eficiencia regulatoria ahora pesan más en las decisiones de localización que los costos laborales o los incentivos fiscales (Kearney FDI Confidence Index, 2026).
Las recientes reformas han profundizado esta preocupación. Desde 2025, México se ha convertido en la primera gran economía en elegir a sus jueces mediante voto popular y ha integrado sus organismos reguladores independientes, incluida la autoridad antimonopolios, al Poder Ejecutivo. Los inversionistas perciben estas medidas como un deterioro de la seguridad jurídica, precisamente cuando más se necesitan garantías para la inversión (CSIS, 2025).
Otras limitaciones importantes incluyen la inseguridad; problemas con la confiabilidad y eficiencia del suministro eléctrico; desafíos de infraestructura; un sector informal que emplea a más de la mitad de todos los trabajadores; y una situación fiscal con un margen cada vez más reducido para el nivel de inversión pública que requiere el nearshoring.
El gobierno mexicano ha presentado una serie de programas para promover la inversión. Entre ellos se encuentran Plan México, los Polos de Bienestar y el reciente Decreto de Simplificación de Inversiones, entre otros. Aunque apuntan en la dirección correcta, el éxito de estas políticas depende de un panorama más amplio que incluye tres elementos: recuperar la confianza, mejorar la productividad y asegurar la renovación del T-MEC.
