A medida que la región gira hacia la derecha en el ámbito político, el desarrollo sostenido dependerá no solo de restablecer la estabilidad macroeconómica y mejorar la seguridad nacional, sino también de fortalecer las instituciones, aumentar la productividad, fomentar la innovación y crear economías más diversificadas y resilientes.
América Latina está en el centro de la atención mundial. En el ámbito político, la región está girando hacia la derecha a un ritmo sin precedentes. Varios nuevos presidentes ya han asumido el cargo en 2026, y varios de estos gobiernos entrantes han adoptado enfoques que recuerdan a algunos elementos de la era de Trump en Estados Unidos, incluyendo posturas más estrictas frente al crimen y la migración, así como políticas económicas agresivas.
Pero la historia no es únicamente política. La región también ha captado la atención mundial a través del deporte, la cultura y el entretenimiento.
El fútbol ha vuelto a poner a los países latinoamericanos en el centro de la atención internacional, con Argentina llegando nuevamente a una final de la Copa del Mundo y sus intensos enfrentamientos con Inglaterra y España reavivando rivalidades históricas y atrayendo audiencias de todo el mundo. La inesperada victoria de Ecuador sobre Alemania puso aún más de relieve la creciente presencia de la región en el escenario mundial, provocando celebraciones en todo el país, incluido un feriado nacional declarado por el presidente Daniel Noboa. Posteriormente, Paraguay derrotó a Alemania en las fases eliminatorias del torneo.
En el ámbito cultural, la influencia de América Latina se está expandiendo aún más rápidamente. Artistas como Bad Bunny y Karol G se han convertido en figuras culturales internacionales, llevando la música en español a audiencias mucho más allá de la región y contribuyendo a un renovado interés por el español, particularmente entre las generaciones más jóvenes de Europa continental, el Reino Unido y Estados Unidos (véase la Figura 1).

Esta combinación de transformación política e influencia cultural ha creado un nuevo momento de atención mundial sobre América Latina. En un momento en que la migración, la identidad y el idioma se han convertido en temas altamente controvertidos, particularmente en Estados Unidos, la visibilidad de las comunidades hispanohablantes y de la cultura latinoamericana nunca ha sido mayor.
El resultado es un panorama complejo: una región que a menudo es presentada a través de sus tensiones políticas y desafíos económicos, pero cuya influencia cultural también está transformando las conversaciones globales sobre identidad, idioma y pertenencia.
La semana pasada y esta semana, el Economics Observatory ha estado explorando algunas de estas tensiones en toda la región. Nuestra serie analiza cómo los países latinoamericanos están respondiendo a un panorama político cambiante, incluida la aparición de nuevos gobiernos de derecha y estilos de liderazgo que comparten similitudes con la era de Trump en Estados Unidos, al tiempo que examina los desafíos económicos estructurales más profundos que continúan determinando sus trayectorias de desarrollo.
A lo largo de seis artículos, hemos analizado las experiencias de Argentina, Chile, Colombia, El Salvador, México y Perú, destacando los diferentes enfoques que están adoptando para enfrentar obstáculos históricos y nuevas presiones.
El péndulo político gira hacia la derecha
El panorama político de América Latina se ve marcadamente diferente al de hace apenas cuatro años. En 2022, la mayoría de los países de la región estaban gobernados por administraciones de tendencia izquierdista, con Brasil como una de las pocas grandes excepciones, antes de que Luiz Inácio Lula da Silva regresara al poder a principios de 2023 (véase la Figura 2).
Algunos observadores han descrito este cambio como la «trumpificación de América Latina». La comparación refleja no solo el giro de la región hacia gobiernos de derecha, sino también la aparición de líderes que han adoptado estilos políticos y enfoques de gobierno que recuerdan al actual presidente de Estados Unidos.
Estas similitudes son particularmente evidentes en la adopción de enfoques más estrictos y centrados en la seguridad frente al crimen y la migración, así como en un estilo político que refleja el de la administración de Trump. De hecho, muchos de los nuevos líderes de derecha de la región han adoptado una imagen de outsider, una estrategia de comunicación más confrontativa y una postura cada vez más agresiva hacia sus adversarios políticos y los medios de comunicación.

La pregunta clave es qué explica el reciente giro de América Latina hacia la derecha. Se trata de un tema complejo y multifacético que no puede responderse por completo aquí, pero varios artículos de nuestra serie ofrecen algunas ideas útiles.
Chile y Colombia
En su artículo sobre Chile, Felipe González (King’s College London) describe cómo el país pasó de las protestas sociales de 2019, con demandas de mayor equidad, dignidad y un nuevo contrato social, a un gobierno más conservador que promete orden, disciplina fiscal y recuperación económica. Felipe sugiere que los chilenos no pasaron de querer un Estado más grande a querer uno más pequeño; más bien, exigieron un Estado capaz de cumplir con sus responsabilidades. Según él, el giro político del país «refleja una frustración más profunda con instituciones que han tenido dificultades para ofrecer tanto oportunidades económicas como seguridad en la vida cotidiana».
Otros países están siguiendo un patrón similar. Como señala Andrea Correa (OMFIF) en su artículo sobre Colombia, las recientes elecciones del país reflejan una tendencia más amplia en América Latina: los gobiernos de izquierda tienen dificultades para conciliar ambiciosas agendas sociales con credibilidad fiscal, mientras que los votantes recurren cada vez más a alternativas de derecha que prometen orden, seguridad y estabilidad económica.
La victoria electoral del presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella, por alrededor de un punto porcentual en una segunda vuelta muy reñida, refleja la estrecha dinámica electoral observada en Perú, donde el resultado también se decidió por un margen muy pequeño. Estas contiendas tan cerradas ilustran los altos niveles de polarización que se han convertido cada vez más en una característica definitoria de la política en toda la región.
La nueva generación de líderes de derecha también ha adoptado una narrativa económica común: la necesidad de aplicar una rápida «terapia de choque», en lugar de reformas graduales, para restablecer la estabilidad fiscal. Argumentos similares han sido fundamentales en las estrategias políticas de líderes de Argentina, Chile y ahora Colombia, donde los votantes han respaldado promesas de acciones decisivas y de ruptura con los enfoques anteriores de gestión económica.
El crimen en el centro de la agenda
Otra característica definitoria del nuevo panorama político de América Latina es la creciente importancia de la seguridad, particularmente la lucha contra el crimen organizado. La preocupación por la inseguridad se ha convertido en un factor clave detrás del ascenso de varios líderes de derecha, quienes se han presentado como capaces de restablecer el orden y fortalecer la capacidad del Estado para proteger a los ciudadanos.
El Salvador ofrece el ejemplo más destacado. Como señala Frank Muci (LSE) en su artículo, el presidente Nayib Bukele ha colocado la seguridad en el centro de su agenda política, atrayendo la atención internacional hacia la ofensiva agresiva de su gobierno contra las pandillas. Esta política ha transformado la vida cotidiana en un país que, hasta hace poco, se encontraba entre los más violentos del mundo. Poco después de asumir el cargo, Bukele implementó una estrategia de seguridad que incluyó la detención masiva de personas sospechosas de pertenecer a pandillas, debilitando significativamente a organizaciones criminales que durante décadas habían controlado barrios, extorsionado negocios y moldeado comunidades.
Pero, como señala Frank, este enfoque también ha generado importantes preocupaciones en materia de derechos humanos y garantías democráticas. El régimen de excepción utilizado para llevar a cabo las detenciones ha debilitado las protecciones legales, mientras que las detenciones masivas han generado inquietudes sobre el debido proceso y la presunción de inocencia.
A pesar de estas controversias, el modelo de Bukele ha atraído considerable atención en toda la región, y varios líderes políticos han adoptado una retórica similar y han prometido respuestas más contundentes frente al crimen organizado y la inseguridad.
El artículo sobre Chile muestra un patrón similar. El crimen se ha convertido en un tema político central, y el 88% de los chilenos reportó que la delincuencia había aumentado a nivel nacional. Aunque el país sigue siendo más seguro que muchos otros de la región, las percepciones de inseguridad, particularmente en torno a la violencia, el narcotráfico y el crimen organizado, han aumentado considerablemente. Estas preocupaciones, junto con las presiones migratorias, contribuyeron al éxito de candidatos que prometían medidas más firmes en materia de seguridad y orden público.
Una narrativa similar ha surgido en Colombia, donde el presidente electo hizo campaña con una agenda de seguridad de línea dura. Abelardo de la Espriella, un empresario y candidato conservador ajeno a la política tradicional que se autodenomina «El Tigre», prometió una postura firme frente al crimen, incluida la creación de diez megacárceles, una respuesta militar más contundente y el fin de las negociaciones con grupos armados.
Desarrollo económico e inversión
Uno de los principales temas en común de nuestra serie es la importancia central del crecimiento económico. Los países de América Latina representan modelos económicos y niveles de prosperidad muy diferentes, pero comparten muchos de los mismos desafíos estructurales.
La región continúa enfrentando profundos desafíos de productividad que limitan su capacidad para alcanzar un desarrollo más sólido, inclusivo y sostenible. La baja productividad sigue estando en el centro de las dificultades económicas de América Latina, limitando el crecimiento y ralentizando la convergencia con las economías avanzadas.
Un desafío clave es la limitada complejidad de la producción y las exportaciones: muchos países continúan dependiendo en gran medida de materias primas y bienes de baja tecnología, lo que reduce las oportunidades para modernizar la estructura económica, impulsar la innovación y mejorar la productividad. En toda la región, los gobiernos están intentando construir nuevos modelos de crecimiento, aunque sus enfoques y puntos de partida difieren considerablemente.
Argentina
La experiencia de Argentina ilustra tanto las oportunidades como los desafíos de la transformación económica. En su artículo, en el que analizan si el programa de estabilización del presidente Javier Milei puede generar un crecimiento duradero, Fernando García y Lucila Venturi (ambos de la Universidad de Harvard) muestran que la administración ha logrado una mayor estabilidad macroeconómica: la inflación ha disminuido, el crecimiento se ha recuperado y las exportaciones se han convertido en un motor más importante de la recuperación.
En un artículo anterior, publicado poco después de que Milei asumiera la presidencia, analizaron sus agresivas reformas fiscales y monetarias, así como los importantes desafíos económicos que enfrentaba el país.
En su nuevo análisis, Fernando y Lucila sostienen que la estabilización y la recuperación también están transformando la estructura de la economía. Los sectores con mayor potencial, particularmente energía, minería y agricultura, requieren más capital, están orientados a las exportaciones y con frecuencia se encuentran fuera de los mercados laborales urbanos, donde las presiones sobre el empleo y los salarios son más visibles.
El desafío para Argentina es determinar si los nuevos sectores orientados a las exportaciones pueden generar suficientes efectos indirectos en el conjunto de la economía, y si pueden hacerlo con la suficiente rapidez como para compensar los costos sociales y políticos del proceso de ajuste.
México
Para México, el desafío del crecimiento se centra en determinar si su integración con América del Norte puede traducirse en una transformación económica más amplia. En su artículo, Vanessa Rubio-Márquez (LSE) analiza si el ‘nearshoring’ — la transferencia de operaciones empresariales subcontratadas a países vecinos en lugar de ubicaciones más lejanas — puede convertirse en un motor de crecimiento a largo plazo, pero destaca que las restricciones estructurales continúan limitando la inversión.
A pesar de la posición estratégica de México en las cadenas de suministro globales, el país enfrenta desafíos relacionados con la calidad institucional, la seguridad jurídica, la eficiencia regulatoria, la inseguridad, las brechas de infraestructura, la confiabilidad energética y la persistencia de un amplio sector informal. Según Vanessa, el ‘nearshoring’ representa una oportunidad significativa, pero sus beneficios dependerán de que México pueda fortalecer las condiciones necesarias para que las empresas inviertan, innoven y avancen hacia actividades de mayor productividad.
Perú
Perú pone de manifiesto tanto los beneficios como las limitaciones del crecimiento impulsado por las materias primas. En su artículo, Luis Miguel Castilla y Teodoro Crisólogo Grández (ambos de LSE) muestran cómo el país se benefició significativamente del anterior auge de las materias primas, cuando una fuerte demanda externa ayudó a impulsar un crecimiento de alrededor del 6% anual entre 2004 y 2013, acompañado de una reducción de la pobreza, un aumento de las reservas internacionales y mejoras en la productividad.
Hoy, sin embargo, pese a las condiciones globales favorables para los exportadores de cobre, la economía peruana crece alrededor de un 3% anual, aproximadamente a la mitad del ritmo alcanzado durante aquel auge, lo que pone de relieve las limitaciones de un modelo de crecimiento altamente dependiente de las materias primas.
Los principales obstáculos de Perú son cada vez más institucionales y políticos. La experiencia de haber tenido ocho presidentes en menos de una década ha generado incertidumbre y debilitado la confianza de los inversionistas, siendo la minería uno de los ejemplos más claros de los costos de la disfunción institucional. Los conflictos sociales en torno a proyectos mineros también se han intensificado, en parte debido a la percepción de que las comunidades locales no se han beneficiado lo suficiente de la extracción de recursos.
Como destacan Miguel y Teodoro, el desafío de Perú no consiste únicamente en aprovechar su riqueza mineral, sino también en utilizar sectores como la minería como una plataforma para lograr mejoras más amplias en productividad mediante la innovación, la digitalización, el desarrollo de habilidades y el fortalecimiento de las instituciones.
El Salvador
El Salvador demuestra que eliminar una de las principales restricciones al crecimiento no resuelve automáticamente problemas estructurales más profundos. Las políticas de seguridad de Bukele han reducido drásticamente la criminalidad, abordando un obstáculo de larga data para la inversión y la actividad económica.
Sin embargo, la aceleración del crecimiento resultante ha sido menor de lo esperado. Los avances han provenido principalmente de los servicios, especialmente el turismo, en lugar de la manufactura y las exportaciones industriales, que tienden a generar mayores efectos indirectos sobre la productividad. La inversión extranjera directa tampoco ha aumentado significativamente y el país aún no ha logrado diversificarse hacia bienes y servicios más complejos.
El caso de El Salvador deja una lección más amplia para la región: la seguridad es una base necesaria para el desarrollo, pero no es suficiente. Una menor criminalidad puede crear mejores condiciones para la inversión, ayudar a retener trabajadores y mejorar la confianza. Pero el crecimiento sostenido requiere empresas productivas, trabajadores capacitados, instituciones más sólidas, innovación y estabilidad macroeconómica.
Comercio: Trump vs. China
Estrechamente vinculado con el crecimiento y el desarrollo económico está el comercio. Un tema clave que surge de varios artículos de nuestra serie es la creciente tensión entre China y Estados Unidos, así como la difícil posición que esto genera para los países latinoamericanos, cada vez más atrapados entre ambas potencias. Las consecuencias de esta rivalidad son significativas: las decisiones sobre comercio, inversión y cadenas de suministro se están convirtiendo no solo en decisiones económicas, sino también en decisiones geopolíticas.
El ejemplo de México es el más ilustrativo. Es difícil exagerar la profundidad de la relación entre México y Estados Unidos. La proximidad de México a Estados Unidos y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) de 1994 transformaron su integración económica con su vecino del norte. El artículo muestra que el comercio bilateral alcanzó un nivel récord en 2025, más de diez veces superior al de 1993 (el año anterior al TLCAN).
Pero México está cada vez más atrapado entre China y Estados Unidos. Aunque su relación económica con China es limitada en términos de exportaciones e inversión, el gigante asiático se ha convertido en la segunda mayor fuente de importaciones de México.
Esto se ha vuelto especialmente delicado a medida que México amplía su papel como proveedor de productos tecnológicos avanzados para el mercado estadounidense. Aunque México superó a China como el mayor proveedor de estos bienes a Estados Unidos en 2025, muchas de sus exportaciones todavía dependen de insumos importados de Asia Oriental, lo que genera preocupación en Washington por los vínculos con China dentro de las cadenas de suministro de América del Norte.
Perú muestra la misma tensión desde la perspectiva de los minerales críticos. Como el tercer mayor productor de cobre del mundo, el país está bien posicionado para beneficiarse del aumento de la demanda relacionada con la transición energética y las tecnologías digitales. Junto con Chile, Perú representa alrededor del 35% de la producción mundial de cobre, situando a los Andes en el centro de los esfuerzos por asegurar el suministro de este mineral estratégico, especialmente porque China consume más de la mitad del cobre refinado del mundo.
La rivalidad entre China y Estados Unidos ya está transformando el panorama comercial y de inversión de Perú. China sigue siendo el principal socio comercial de Perú y un importante inversionista en su sector minero, mientras que Estados Unidos busca fortalecer cadenas de suministro alternativas mediante acuerdos sobre minerales críticos y medidas comerciales. Para Perú, esta competencia crea oportunidades para atraer inversiones, pero también aumenta la presión para desenvolverse entre ambas potencias y podría limitar la flexibilidad de sus políticas.
Conclusión
La reciente transformación de América Latina refleja algo más que un giro político hacia la derecha. En toda la región, los gobiernos están respondiendo a presiones comunes: baja productividad, crecientes demandas de seguridad, desafíos institucionales y una economía mundial cada vez más compleja.
Aunque los países han adoptado estrategias diferentes, los artículos de nuestra serie apuntan a una conclusión compartida. El desarrollo económico sostenido dependerá no solo de recuperar la estabilidad macroeconómica o mejorar la seguridad, sino también de fortalecer las instituciones, aumentar la productividad, fomentar la innovación y crear economías más diversificadas y resilientes.
A medida que se intensifican las tensiones geopolíticas globales, América Latina desempeñará un papel cada vez más importante en la configuración del comercio internacional, las inversiones y las cadenas de suministro, lo que convierte a la región en una de las que habrá que observar durante los próximos años.
