Durante décadas, el sistema financiero internacional se ha sustentado en una paradoja extraordinaria: el mundo se ha vuelto profundamente dependiente de una arquitectura financiera centrada en Estados Unidos, mientras al mismo tiempo busca una mayor resiliencia frente a esa dependencia. La paradoja resulta cada vez más difícil de ignorar a medida que los gobiernos reconocen que la participación en las finanzas globales puede generar tanto oportunidades económicas como vulnerabilidad estratégica.
El dólar estadounidense sigue teniendo una importancia abrumadora en las finanzas globales. Representó el 57.13% de las reservas oficiales mundiales de divisas en el primer trimestre de 2026, según el Fondo Monetario Internacional. En el mercado de divisas, su posición es aún más marcada: el Banco de Pagos Internacionales determinó que el dólar estuvo presente en el 89% de todas las operaciones cambiarias en abril de 2025, cuando el volumen global de operaciones de divisas alcanzó los 9.6 billones de dólares diarios. [1][2]
Sin embargo, junto con este persistente dominio, los gobiernos y las instituciones financieras están invirtiendo en canales de pago alternativos, liquidaciones en monedas locales, monedas digitales de bancos centrales, infraestructura financiera tokenizada y diversificación de reservas. El resultado no es una transición sencilla de un mundo dominado por el dólar a un mundo postdólar. Es algo más sutil y potencialmente más trascendental: la propia infraestructura de las finanzas globales se está convirtiendo en un terreno de disputa estratégica.
Por lo tanto, la pregunta central ya no es simplemente si el dólar seguirá siendo la principal moneda del mundo. La cuestión es si la arquitectura financiera a través de la cual las monedas circulan, se liquidan y adquieren aceptación internacional seguirá estando tan concentrada como lo ha estado durante décadas. La respuesta es cada vez más incierta, no porque hayan desaparecido las ventajas estructurales del dólar, sino porque los Estados están construyendo gradualmente canales adicionales a través de los cuales puede desarrollarse la actividad financiera.
Las finanzas son más que dinero
A menudo, las finanzas se reducen a las monedas, los tipos de cambio y los flujos de capital. Sin embargo, el poder financiero internacional es considerablemente más amplio y está compuesto por varias capas interconectadas: monedas; instituciones financieras; infraestructura de pagos y liquidación; mercados de capitales; y las normas e instituciones que los regulan.
Las monedas proporcionan unidades de cuenta y medios de intercambio, mientras que los bancos intermedian capital a través de las fronteras, y los sistemas de pago y las redes de mensajería permiten que las instrucciones financieras y los fondos circulen entre instituciones. Los mercados financieros proporcionan liquidez, garantías y oportunidades de inversión, mientras que las instituciones reguladoras establecen las reglas bajo las cuales se desarrollan estas actividades. Sobre todas estas capas se encuentran tres fuentes adicionales de poder: la confianza, la jurisdicción y los efectos de red.
Esto es importante porque la competencia geopolítica opera cada vez más en toda la arquitectura financiera. Un Estado puede poseer una moneda importante sin controlar la principal infraestructura de pagos a través de la cual circula esa moneda. Otro puede carecer de una moneda dominante a nivel mundial, pero contar con un importante centro financiero. Un tercero puede no buscar ni el dominio monetario ni la creación de un bloque rival, sino construir canales alternativos que reduzcan su exposición a posibles interrupciones.
Por lo tanto, la arquitectura se está volviendo más compleja que la pregunta tradicional de cuál es la moneda más fuerte. Está surgiendo una distinción más útil: las monedas constituyen poder monetario; la infraestructura determina cómo circula ese poder.
El poder estructural del dólar
El dominio del dólar no es simplemente una herencia del sistema de Bretton Woods. Después de 1945, Estados Unidos surgió como la principal potencia económica y financiera del mundo, y el sistema de Bretton Woods colocó al dólar en el centro del orden monetario internacional. Aunque la convertibilidad formal del dólar en oro terminó en 1971, el papel internacional del dólar perduró porque su ecosistema financiero subyacente ya se había integrado profundamente en el comercio y las finanzas globales.
Esa permanencia revela algo fundamental sobre el poder monetario. Una moneda no se vuelve dominante a nivel mundial simplemente porque esté respaldada por una materia prima o porque el país que la emite tenga una economía grande. Su posición internacional se ve reforzada por la profundidad y liquidez de los mercados financieros, la credibilidad institucional, la disponibilidad de activos seguros, los efectos de red comerciales y financieros, la infraestructura bancaria y los hábitos acumulados de los actores económicos globales.
La escala de esta red sigue siendo enorme. El FMI informó que el dólar representó el 57.13% de las reservas oficiales mundiales de divisas en el primer trimestre de 2026, frente al 20.03 % del euro y el 1.99 % del renminbi. [1] El mercado de divisas ofrece una ilustración aún más contundente: el volumen global de operaciones de divisas alcanzó los 9.6 billones de dólares diarios en abril de 2025, y el dólar estadounidense estuvo presente en el 89% de las operaciones. [2]
El mercado de bonos del Tesoro de Estados Unidos refuerza esta posición. El Departamento del Tesoro de Estados Unidos lo describe como el mercado de valores gubernamentales más profundo y líquido del mundo, cuyos títulos funcionan como reserva de valor segura y líquida, fuente de garantías y referencia para la fijación de precios en los mercados financieros. [3] Esta combinación de internacionalización de la moneda, profundidad de los mercados financieros, liquidez y credibilidad institucional crea una ventaja estructural extremadamente difícil de reproducir en su totalidad para otro país.
Por lo tanto, los países pueden reducir parcialmente su exposición al dólar sin ser capaces de reproducir todo el ecosistema financiero que hace útil al dólar. Esta distinción es fundamental para comprender los límites de la desdolarización: reducir la dependencia del dólar es considerablemente más fácil que recrear la infraestructura que sostiene su posición global.
Cuando la conectividad financiera se convirtió en una vulnerabilidad estratégica
La globalización transformó la conectividad financiera en un motor de eficiencia. La banca transfronteriza, las relaciones de corresponsalía y los sistemas estandarizados de mensajería financiera permitieron que enormes volúmenes de comercio e inversión circularan entre distintas jurisdicciones, reduciendo los costos de transacción y permitiendo que las instituciones financieras operaran en mercados cada vez más integrados. Sin embargo, la misma conectividad que genera eficiencia también puede crear vulnerabilidad cuando el acceso a las redes financieras se convierte en objeto de disputa política.
El impacto geopolítico de 2022 lo demostró de manera contundente. Tras la invasión rusa de Ucrania, los gobiernos occidentales impusieron amplias sanciones financieras, incluidas medidas que restringieron el acceso de determinadas entidades rusas al SWIFT. El propio SWIFT no transfiere fondos; proporciona servicios estandarizados de mensajería financiera mediante los cuales las instituciones comunican instrucciones de pago, mientras que la liquidación efectiva se realiza a través de acuerdos bancarios y sistemas de pago. En marzo y junio de 2022, el SWIFT desconectó a determinadas entidades rusas en cumplimiento de las sanciones de la Unión Europea. [4]
La distinción es técnicamente importante, pero la lección estratégica fue aún mayor. La conectividad financiera podía utilizarse como instrumento de coerción, lo que significaba que el acceso a la infraestructura financiera global ya no era simplemente una conveniencia económica. También podía convertirse en un componente de la seguridad nacional.
Esto transformó la cuestión de política pública. Los gobiernos tuvieron que considerar cada vez más no solo con qué eficiencia podían participar en las redes financieras internacionales, sino también qué ocurriría si esas redes dejaran de estar disponibles durante una crisis geopolítica. En consecuencia, el objetivo comenzó a pasar de la eficiencia pura hacia la resiliencia, la redundancia y la autonomía estratégica. Este cambio constituye la base para comprender la creciente disputa por la infraestructura financiera.
CIPS y la búsqueda de autonomía monetaria
El Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos de China, o CIPS (por sus siglas en inglés), ilustra esta transformación. El CIPS fue desarrollado para proporcionar infraestructura de pagos y liquidación transfronterizos en renminbi (RMB) y apoyar el uso internacional de la moneda china. Su descripción oficial destaca su función como sistema de pagos mayoristas especializado en la compensación y liquidación transfronterizas en RMB. [5]
Sin embargo, el CIPS no debe entenderse simplemente como un sustituto chino del SWIFT, porque ambos sistemas cumplen funciones diferentes. El SWIFT es principalmente una red global de mensajería financiera integrada en la arquitectura bancaria internacional existente, mientras que el CIPS proporciona infraestructura de pagos y liquidación para transacciones transfronterizas en RMB y, al mismo tiempo, admite estándares de mensajería reconocidos internacionalmente.
La distinción es importante porque la competencia geopolítica no consiste en una simple disputa entre dos sistemas idénticos. Más bien, implica la construcción gradual de infraestructura adicional capaz de reducir la dependencia de determinados canales financieros.
No obstante, el CIPS se ha expandido considerablemente. Según el anuncio oficial de participantes, a finales de junio de 2026 contaba con 210 participantes directos y 1,619 participantes indirectos. Sus participantes estaban distribuidos en 130 países y regiones, mientras que sus servicios podían llegar a más de 5,200 instituciones bancarias en 191 países y regiones. [5]
Estas cifras no deben interpretarse como evidencia de que el CIPS esté reemplazando al SWIFT. Demuestran algo más importante: China está construyendo una capa sustancial de infraestructura internacional de pagos capaz de respaldar un mayor uso del renminbi y proporcionar un canal adicional para la actividad financiera transfronteriza.
Por lo tanto, el panorama emergente se entiende mejor como un conjunto de ecosistemas financieros parcialmente superpuestos. Uno sigue centrado en el dólar, los mercados financieros estadounidenses, las redes bancarias globales y las instituciones asociadas con el orden financiero occidental. Otro recibe cada vez más apoyo de la infraestructura bancaria china, el renminbi y el CIPS. Junto a ellos, está surgiendo una tercera capa mediante la liquidación en monedas locales, los sistemas de pagos regionales, las monedas digitales de bancos centrales (CBDC, por sus siglas en inglés) y otras formas de conectividad financiera.
Estos sistemas no necesariamente tienen que convertirse en bloques aislados. Pueden coexistir, interactuar y proporcionar redundancia. Por ello, la fragmentación gradual es un concepto más útil que el reemplazo total.
La digitalización de la infraestructura financiera
La siguiente etapa de esta transformación es tecnológica. Los pagos transfronterizos tradicionales suelen involucrar múltiples intermediarios, procesamiento secuencial, conversión de divisas y procedimientos de cumplimiento normativo en distintas jurisdicciones. Estas estructuras pueden generar demoras, costos, poca visibilidad y una liquidez fragmentada.
La arquitectura tecnológica emergente busca cambiar esta situación. Los sistemas de pagos instantáneos, la tokenización, la liquidación programable y las monedas digitales de bancos centrales están comenzando a cuestionar los supuestos sobre cómo debería circular el dinero entre países.
El Proyecto Agorá del Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés) ofrece un ejemplo especialmente importante. En mayo de 2026, el BIS informó que el proyecto había demostrado la viabilidad de una liquidación atómica y multidivisa utilizando reservas de bancos centrales tokenizadas y depósitos de bancos comerciales tokenizados en una plataforma programable compartida. El proyecto reunió a ocho bancos centrales y más de 40 instituciones financieras en su grupo ampliado de participantes. [6]
La importancia de Agorá va más allá de la velocidad. Su prototipo demuestra cómo los activos financieros y las instrucciones de pago podrían volverse cada vez más programables e interoperables, lo que potencialmente permitiría incorporar lógica condicional a las transacciones, procesos automatizados de cumplimiento normativo y una liquidación más continua.
Esto podría desplazar la cuestión estratégica de «¿Qué moneda domina?» hacia «¿Qué infraestructura permite que las monedas circulen de manera más eficiente, segura y predecible entre jurisdicciones?»
Se trata de una competencia fundamentalmente distinta, porque desplaza la atención de quién posee el poder monetario hacia la arquitectura mediante la cual se ejerce ese poder monetario.
Las CBDC y la nueva política de soberanía de los pagos
Las monedas digitales de los bancos centrales añaden otra dimensión a esta transformación. Una CBDC no es simplemente una versión digital de una criptomoneda; es dinero del banco central en formato digital, diseñado dentro del marco institucional de una autoridad monetaria.
La importancia geopolítica de las CBDC radica, en parte, en su potencial para modificar la arquitectura de pagos. El yuan digital de China y sus experimentos con aplicaciones transfronterizas representan una de las trayectorias. El Proyecto mBridge ofrece otro ejemplo importante. La iniciativa inicialmente involucró a los bancos centrales de China, Hong Kong, Tailandia y los Emiratos Árabes Unidos, y posteriormente Arabia Saudita se incorporó como participante pleno en 2024. [7]
Europa está siguiendo un modelo diferente. El Banco Central Europeo (BCE) considera cada vez más la infraestructura de pagos como parte de la soberanía monetaria y la resiliencia estratégica de Europa. El proyecto del euro digital busca proporcionar un instrumento de pago digital europeo, en lugar de simplemente reproducir los sistemas privados de pago existentes.
La hoja de ruta actual del BCE contempla un programa piloto de 12 meses a partir del segundo semestre de 2027, con una posible primera emisión en 2029 si se aprueba la legislación necesaria. En julio de 2026, el BCE anunció que 36 proveedores de servicios de pago habían sido seleccionados para el programa piloto. [8]
Las motivaciones varían según la jurisdicción. Los esfuerzos de China están estrechamente relacionados con la infraestructura financiera, la capacidad tecnológica y la internacionalización del renminbi, mientras que el enfoque europeo está más vinculado con la soberanía monetaria, la resiliencia y la reducción de la dependencia de proveedores de servicios de pago externos.
Sin embargo, la tendencia común es inconfundible: la infraestructura de pagos está pasando de los márgenes técnicos de la política monetaria al centro del pensamiento estratégico.
El auge de la redundancia estratégica
La transformación no se limita a los sistemas de pagos. Los bancos centrales también están diversificando sus activos de reserva, y el auge del oro resulta particularmente revelador.
El Banco Central Europeo informó que la participación del oro en el total de las reservas oficiales, incluidas las tenencias de divisas y oro, alcanzó el 27% a finales de 2025, superando la participación de los bonos del Tesoro de Estados Unidos, que se situó en 22%. Sin embargo, el BCE enfatizó que este desarrollo reflejó en gran medida efectos de valoración, debido a que los precios del oro aumentaron considerablemente durante 2025. [9]
Esta precisión es importante. El aumento de la participación del oro no debería interpretarse automáticamente como un abandono masivo de los activos denominados en dólares. Más bien, demuestra un principio más amplio de gestión de reservas: los gobiernos pueden buscar activos que dependan menos directamente del sistema financiero de otro Estado soberano.
El oro no representa un derecho sobre el balance de otro gobierno de la misma manera que lo hace un bono soberano. Por lo tanto, puede funcionar como instrumento de diversificación y, en condiciones de incertidumbre geopolítica, como una forma de seguro financiero.
La misma lógica estratégica aparece en la infraestructura de pagos. Un gobierno no necesariamente necesita abandonar el sistema dominante; puede simplemente querer disponer de otra vía si la principal se vuelve políticamente o técnicamente inaccesible. Esta es la lógica de la redundancia estratégica.
La importancia financiera de los centros intermediarios
No todos los países quieren construir un bloque financiero alternativo. Algunos buscan influencia conectando distintas partes del sistema, y esto genera un papel importante para los centros financieros.
Singapur es un ejemplo. Su importancia no radica únicamente en su papel como centro financiero, sino también en su posición dentro de las redes comerciales y de pagos digitales de Asia. El Proyecto Nexus, desarrollado por el Centro de Innovación del Banco de Pagos Internacionales (BIS Innovation Hub), busca conectar sistemas nacionales de pagos instantáneos entre distintas jurisdicciones. India, Malasia, Filipinas, Singapur y Tailandia están trabajando para lograr su implementación operativa, mientras que Indonesia ha participado como observador especial. [10]
Esto representa una forma diferente de poder financiero. Singapur no necesita dominar el sistema monetario internacional; puede adquirir importancia estratégica al convertirse en un nodo eficiente dentro de él.
Los Emiratos Árabes Unidos representan un modelo comparable, aunque geográficamente distinto. Los EAU se encuentran en la intersección de Asia, Medio Oriente, África y Europa, y han invertido considerablemente en infraestructura financiera y de pagos. El Banco Central de los EAU identifica la infraestructura de pagos como un pilar importante de la infraestructura de su mercado financiero y vincula su Estrategia Nacional de Sistemas de Pago con el fortalecimiento del papel de los EAU como centro financiero global. También identifica mecanismos regionales de pagos transfronterizos, como AFAQ y Buna, como componentes del ecosistema de pagos más amplio. [11]
En un entorno financiero global más fragmentado, estos centros intermediarios podrían adquirir un valor cada vez mayor. Por lo tanto, el sistema del futuro podría contener no solo bloques financieros en competencia, sino también puentes entre ellos.
Los BRICS y los límites de la ambición alternativa
La expansión de los BRICS ha intensificado el debate sobre el futuro del dominio del dólar, pero buena parte del debate público ha avanzado más rápido que la evidencia institucional.
Las afirmaciones de que una moneda común de los BRICS está a punto de reemplazar al dólar siguen siendo especulativas. Los avances más realistas se relacionan con la liquidación en monedas locales, la conectividad de los sistemas de pagos y los esfuerzos por reducir la dependencia innecesaria de una sola moneda para determinadas transacciones.
Esta distinción es importante porque un grupo de países no necesita una moneda común para reducir marginalmente el papel del dólar. En su lugar, puede desarrollar mecanismos de liquidación bilaterales, sistemas de pagos regionales o acuerdos que permitan realizar el comercio en monedas nacionales.
Por lo tanto, la pregunta fundamental no es si los BRICS lanzarán una moneda única. Es si sus miembros pueden desarrollar una infraestructura de pagos y liquidación capaz de respaldar volúmenes significativamente mayores de comercio fuera de los canales centrados en el dólar.
Incluso en este ámbito persisten limitaciones estructurales. Las monedas internacionales se benefician de los efectos de red: la liquidez atrae más liquidez, los mercados financieros atraen capital porque el capital ya está allí y los administradores de reservas valoran los mercados donde pueden realizar grandes operaciones sin provocar alteraciones significativas en los precios.
Por ello, el dólar posee una ventaja que no puede reproducirse simplemente anunciando un sistema de pagos alternativo. El desafío para cualquier arquitectura rival no es únicamente tecnológico; también es institucional, financiero y geopolítico.
De la desdolarización a la fragmentación financiera
Por eso, la desdolarización no debería tratarse como un fenómeno binario. La transformación financiera puede producirse a lo largo de un espectro, en el que cada etapa representa un grado diferente de diversificación y fragmentación.
Etapa Uno: Integración.
El sistema financiero internacional depende en gran medida de un conjunto dominante de infraestructuras financieras globales, monedas, instituciones y mercados de capitales. Se priorizan la eficiencia y la liquidez porque la arquitectura establecida ofrece importantes ventajas de red, mientras que los canales alternativos siguen siendo comparativamente limitados.
Etapa Dos: Diversificación.
Los Estados comienzan a desarrollar canales de pago adicionales, mecanismos de liquidación, estrategias de reservas y sistemas de uso de monedas locales. Estas alternativas no necesariamente desafían al sistema dominante; en cambio, proporcionan opciones adicionales para determinadas transacciones y reducen la dependencia excesiva de una sola vía financiera.
Etapa Tres: Redundancia estratégica.
Los gobiernos mantienen deliberadamente canales financieros alternativos en caso de que los sistemas dominantes se vuelvan inaccesibles por razones políticas o técnicas. El objetivo no es abandonar la arquitectura existente, sino garantizar que una interrupción en una red no paralice el comercio, la inversión o las actividades esenciales de liquidación.
Etapa Cuatro: Regionalización.
Ciertos flujos financieros comienzan a circular cada vez más a través de redes regionales de pagos y liquidación. Los sistemas nacionales de pagos instantáneos se interconectan, las instituciones financieras regionales adquieren mayor importancia y las economías vecinas desarrollan mecanismos que permiten realizar transacciones con menos intermediarios y fuera de los canales globales tradicionales.
Etapa Cinco: Incompatibilidad parcial.
Los distintos sistemas financieros comienzan a desarrollar estándares, normas, tecnologías o marcos regulatorios que dificultan la interoperabilidad. En esta etapa, la fragmentación adquiere mayores consecuencias porque aumentan los costos de pasar de un sistema a otro y las redes financieras comienzan a estar cada vez más determinadas por la alineación geopolítica.
Etapa Seis: Bloques financieros.
El sistema internacional queda dividido en ecosistemas financieros en gran medida separados, con infraestructuras de pagos, estándares, instituciones, mecanismos de liquidación y, potencialmente, monedas de reserva competidoras distintas. Este desarrollo representaría el alejamiento más significativo respecto de la arquitectura financiera integrada que ha caracterizado a la globalización.
La evidencia disponible hasta mediados de 2026 apunta principalmente hacia las Etapas Dos y Tres, con elementos de la Etapa Cuatro. El mundo está diversificando su infraestructura financiera, pero todavía no está reemplazando el sistema basado en el dólar. Esta distinción es fundamental porque la diversificación puede aumentar la resiliencia sin necesariamente generar una fragmentación sistémica.
¿Qué viene después?
Hay tres escenarios generales posibles.
- El primero es la continuidad del predominio del dólar. El dólar sigue siendo la principal moneda de reserva y de transacción del mundo porque ninguna alternativa puede reproducir la escala, la liquidez, la profundidad institucional y los efectos de red del sistema financiero estadounidense. Los sistemas de pagos alternativos continúan desarrollándose, pero principalmente como infraestructura complementaria que opera junto a la arquitectura dominante.
- El segundo es una arquitectura financiera genuinamente más multipolar. El dólar mantiene su predominio, pero comparte un espacio mayor con el euro, el renminbi y las monedas regionales. Los sistemas de pagos transfronterizos se vuelven más interoperables, mientras que las CBDC y la liquidación tokenizada reducen la dependencia de la banca corresponsal tradicional. El resultado sería un sistema financiero más plural, sin que necesariamente se vuelva fragmentado.
- El tercero es una fragmentación más profunda. La rivalidad geopolítica se intensifica hasta el punto de que los sistemas financieros quedan cada vez más separados por jurisdicciones, tecnologías, regímenes de sanciones y estándares. En este escenario, la eficiencia financiera podría disminuir a medida que los Estados prioricen la resiliencia y la autonomía estratégica por encima de la máxima integración.
El resultado más plausible a corto plazo no es ni un dominio absoluto del dólar ni una desdolarización repentina. Es un pluralismo financiero por capas: el dólar sigue siendo el pilar central de las finanzas globales, mientras la infraestructura alternativa se expande a su alrededor.
La nueva geografía del poder financiero
Esta transformación tiene consecuencias que van más allá de los pagos, porque también cambia la propia geografía del poder geopolítico.
Si en el pasado el poder monetario dependía en gran medida de controlar o emitir una moneda dominante, el sistema emergente sugiere una ecuación más amplia:
Moneda + Infraestructura + Liquidez + Estándares + Jurisdicción + Confianza = Poder financiero
Un país puede ejercer una influencia significativa sin emitir la moneda dominante del mundo. China demuestra cómo la infraestructura de pagos puede respaldar la internacionalización de una moneda; Europa demuestra cómo la autonomía de los pagos puede convertirse en parte de la soberanía estratégica; Singapur demuestra cómo la conectividad por sí misma puede generar influencia estructural; y los EAU demuestran cómo un centro financiero ubicado estratégicamente puede servir de puente entre regiones y sistemas.
India ocupa una posición especialmente interesante dentro de esta arquitectura emergente. Su estrategia no encaja perfectamente en ninguno de los dos bloques financieros. India sigue profundamente integrada en los mercados globales centrados en el dólar, mientras desarrolla simultáneamente capacidades nacionales de pagos digitales, promueve un mayor uso de monedas locales en determinadas transacciones y participa en instituciones que impulsan una mayor autonomía monetaria y financiera.
Esto se parece menos a una estrategia de separación financiera que a una estrategia de opcionalidad financiera. India no necesita elegir entre una dependencia total y una separación completa; en cambio, puede buscar múltiples canales a través de los cuales realizar comercio, inversión, pagos y relaciones financieras.
En un mundo cada vez más multipolar, este podría convertirse en un principio estratégico fundamental.
Figura 1. Ilustración generada por IA que representa la «Nueva geografía del poder financiero». La imagen visualiza el argumento central del artículo: el poder financiero se extiende cada vez más allá del dominio monetario para abarcar la infraestructura, la liquidez, los estándares, la jurisdicción, la confianza, la conectividad y la autonomía financiera estratégica en China, Europa, Singapur, los EAU, India y el sistema financiero global en general. Está concebida como una visualización conceptual y no representa acontecimientos, instituciones o transacciones financieras específicas del mundo real.
Conclusión: la batalla es por “las tuberías”
Por lo tanto, la transformación más importante de las finanzas globales quizá no sea la desaparición del dólar. Puede ser la desaparición de la idea de que una sola arquitectura financiera debe seguir siendo universalmente dominante.
El dólar continúa teniendo extraordinarias ventajas estructurales. Su participación en las reservas mundiales sigue por encima de la mitad, su presencia en los mercados de divisas es abrumadora y el mercado de bonos del Tesoro de Estados Unidos continúa siendo fundamental para la liquidez global, las garantías y la formación de precios en los mercados financieros. [1][2][3]
Sin embargo, el sistema que rodea ese dominio está cambiando. El CIPS se está expandiendo, las redes regionales de pagos se están volviendo más sofisticadas, los experimentos con CBDC están pasando del desarrollo conceptual a las pruebas prácticas, la tokenización está siendo explorada para la liquidación transfronteriza, los bancos centrales están diversificando sus reservas y los centros financieros están fortaleciendo su capacidad para conectar distintos mercados. [5][6][8][9][10][11]
Ninguno de estos avances, por sí solo, desplaza al dólar. En conjunto, sin embargo, apuntan hacia un tipo diferente de orden financiero internacional.
El futuro quizá no sea postdólar. Quizá sea postmonolítico.
El mundo no necesariamente está construyendo un nuevo sistema financiero para reemplazar al antiguo. Está construyendo carreteras adicionales a su alrededor: vías alternativas, redes regionales, puentes digitales y reservas de respaldo que reducen las consecuencias de depender de una sola ruta.
Por eso, la competencia del futuro no gira simplemente en torno a las monedas. Gira en torno a la arquitectura a través de la cual circulan las monedas.
El control de esas «tuberías» no eliminará el poder del dólar. Pero sí influirá en cuán resilientes, autónomos y estratégicamente flexibles pueden ser los Estados en una era en la que la interdependencia financiera se ha convertido, en sí misma, en una fuente de poder geopolítico.
