Resumen
La relación transatlántica atraviesa un período de reajuste crítico, marcado por el regreso de una administración estadounidense más transaccional y por un orden mundial que avanza hacia la multipolaridad. El regreso de Donald Trump al liderazgo de la Casa Blanca, con una doctrina de “Estados Unidos primero”, plantea serias dudas sobre la participación de EE. UU. en la alianza transatlántica. Las repetidas afirmaciones del presidente Trump de que la UE fue creada para “perjudicar” a Estados Unidos reflejan tanto la falta de disposición de su administración para relacionarse de manera productiva con la UE como su desconfianza hacia los foros multilaterales, prefiriendo los contactos bilaterales, de nación a nación. Este artículo busca aportar claridad sobre el futuro de la relación entre EE. UU. y la UE, identificando algunos puntos de conflicto y ofreciendo una perspectiva sobre cómo puede avanzar constructivamente la asociación transatlántica.
Introducción
Tres años después de la invasión a gran escala de Rusia a Ucrania, se está formando un nuevo eje de poder, liderado por Rusia y China, con el respaldo de Corea del Norte, Irán y Bielorrusia. Este cambio representa una profunda transformación en el equilibrio global de poder y constituye una amenaza directa al orden mundial liberal e internacional.
En medio de este reajuste geopolítico, el regreso de Donald Trump al liderazgo de la Casa Blanca, con una doctrina de “Estados Unidos primero”, plantea serias dudas sobre el compromiso de EE. UU. con la alianza transatlántica. Hay crecientes preocupaciones sobre la disposición de EE. UU. para seguir honrando sus compromisos del Artículo 5 dentro de la OTAN y mantener un rol activo en la defensa colectiva de Europa, así como sobre su papel como apoyo a Ucrania y al sistema multilateral liberal basado en normas.
Estado actual de la asociación entre la UE y EE. UU.
Durante la primera administración de Trump, en el funeral de Estado del expresidente estadounidense George H. W. Bush, se le pidió al embajador de la UE en EE. UU., David O’Sullivan, que se ubicara al final de la fila para rendir sus respetos, rompiendo el protocolo diplomático (Knigge 2019). Él accedió cortésmente, pero en los días siguientes se supo que el Departamento de Estado de EE. UU. había rebajado el estatus diplomático de la UE en la segunda mitad de 2018 sin informar a la Delegación de la UE en Washington (Smith 2019). Más allá de no haber comunicado este importante cambio de estatus diplomático — algo que no fue bien recibido en Bruselas —, y además del tema de protocolo por degradar públicamente a un embajador con larga trayectoria en un funeral de Estado, el mensaje fue claro: la administración de Trump no respeta a la UE ni la considera un interlocutor válido. En varias ocasiones durante su primer mandato, los funcionarios de Trump entraron en conflicto con la UE. En un importante discurso sobre política exterior en Bruselas, el entonces secretario de Estado Mike Pompeo cuestionó abiertamente el valor continuo de la UE y llamó a los países europeos a reafirmar su soberanía nacional (Pompeo 2018).
Con el inicio del segundo mandato de Trump, que ha comenzado con una energía sin precedentes, la UE apenas ha figurado como una prioridad para el presidente o sus principales funcionarios. Al momento de redactar este informe, el embajador designado de EE. UU. ante la UE, Andrew Puzder, aún no ha testificado (Singh y Jones 2025). En sus primeras declaraciones como secretario de Estado, Marco Rubio prácticamente no ha mencionado a la UE. El 29 de enero se llevó a cabo la primera llamada entre la Alta Representante Kaja Kallas y Rubio, lo que alivió algunas preocupaciones por la notoria falta de diálogo entre EE. UU. y la UE a raíz del cambio de administración (Liboreiro 2025).
Sin embargo, en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2025, la nueva administración de EE. UU. fue más allá del tradicional llamado a que los aliados europeos gasten más en defensa. El vicepresidente JD Vance dejó en claro el cambio sísmico en el compromiso de EE. UU. con la defensa europea, rompiendo con décadas de política (Quinville 2025). Además, del lado europeo, los intentos de algunos miembros de la administración de Trump por apoyar a candidatos de extrema derecha en Europa (como lo hicieron Elon Musk y Vance en Alemania y Rumania) generan un nuevo nivel de incomodidad y desconfianza. Parece que parte de la administración y la versión de conservadurismo de Trump, conocida coloquialmente como ‘Make America Great Again’ (MAGA), busca exportar sus guerras culturales internas hacia Europa, atacando así, uno de los valores compartidos fundamentales de la asociación transatlántica: la democracia liberal.
¿Un divorcio o solo una etapa difícil en las relaciones transatlánticas?
Durante las últimas siete décadas, la cooperación exitosa entre Estados Unidos y las instituciones europeas ha contribuido a construir el orden mundial liberal multilateral y a defender la Carta de las Naciones Unidas, promoviendo la estabilidad y la prosperidad globales. Con una población combinada de casi 800 millones de personas, EE. UU. y la UE mantienen la cooperación económica más integrada del mundo, representando el 43% del PIB global y el 30% del comercio mundial de bienes y servicios (Consejo Europeo 2025).
Las reiteradas afirmaciones del presidente Trump de que la UE fue creada para “perjudicar” a Estados Unidos reflejan la falta de voluntad de su administración para entablar un diálogo productivo con la UE y su desconfianza hacia los foros multilaterales, prefiriendo en su lugar los contactos bilaterales, de nación a nación. Esta creciente desconfianza también refleja el cambio en la percepción pública estadounidense sobre la UE: el 29% de los republicanos consideran que la UE es “hostil” o “desfavorable”, frente al 17% del año anterior; además, las percepciones negativas también están aumentando lentamente entre los demócratas (The Economist 2025). Esto evidencia un giro introspectivo en la sociedad estadounidense, donde la política se vuelve cada vez más polarizada.
Por otro lado, la opinión favorable de los europeos hacia EE. UU. ha caído por debajo del 50%, con solo alrededor de un tercio de los alemanes (32%) y franceses (34%) con una visión positiva de la actual administración estadounidense. Dinamarca muestra la menor aprobación, con solo un 20% (Britton 2025).
A menos de 100 días de iniciado su segundo mandato, Trump ya ha roto normas y prácticas de larga data en las relaciones entre EE. UU. y Europa. El discurso crítico de Vance en la Conferencia de Seguridad de Múnich, en el que atacó duramente los valores europeos, marcó una gran ruptura con el lenguaje diplomático tradicional. El voto de EE. UU. junto a Rusia y Corea del Norte, y en contra de sus aliados tradicionales, en una resolución de la ONU que condenaba la agresión rusa en Ucrania y pedía la devolución de los territorios ocupados a Kiev, profundizó aún más las preocupaciones (Landale y Jackson 2025).
Otras acciones, como la polémica reunión en la Oficina Oval entre la administración de Trump y el presidente ucraniano Volodímir Zelenski, la suspensión temporal de la asistencia militar e inteligencia a Ucrania, la exclusión de los europeos en las negociaciones de paz sobre Ucrania y los aranceles desproporcionados e injustificados contra la UE, han aumentado la ansiedad en Europa. Estas acciones han generado temores sobre un posible fin de la alianza transatlántica y un retiro mayor de EE. UU. del liderazgo global.
Para muchos europeos, la segunda administración de Trump parece estar estratégicamente preparada, impulsada no solo por el deseo de revancha en la política interna, sino también por un sentimiento de desquite en política exterior. Sin embargo, aunque la desconfianza nunca ha sido tan alta, sería un error seguir el camino de romper las relaciones entre EE. UU. y la UE. La asociación euroatlántica ha vivido crisis similares en el pasado, como las profundas diferencias respecto a la invasión estadounidense de Irak, el giro de la administración de Obama hacia el Indo-Pacífico y la desastrosa retirada de Afganistán.
Puntos de tensión y conflicto
Tecnología
En materia de regulación tecnológica, ya se están formando tensiones, ya que Trump ha criticado duramente a la UE por regular a las grandes empresas tecnológicas (Doan y Stolton 2025). Durante el periodo de transición, se ha destacado la activa participación de varios CEOs del sector tecnológico en la nueva administración de Trump. Esto fue especialmente visible durante la inauguración presidencial, donde figuras como Mark Zuckerberg (Meta), Jeff Bezos (Amazon) y Elon Musk (Tesla), junto a otros multimillonarios del mundo (incluyendo al CEO de TikTok), se reunieron para dar la bienvenida a la nueva gestión (Kelly 2025).
Estos líderes tecnológicos, que no suelen figurar tan abiertamente en la política estadounidense, están respaldando a la nueva administración, que ha prometido enormes recortes de impuestos para los multimillonarios, la promoción y desregulación de las criptomonedas, y la eliminación de restricciones a la libertad de expresión y la verificación de datos (Samuel 2025). Frente a este escenario, los esfuerzos de la UE por regular a las grandes tecnológicas serán aún más difíciles, considerando la cercanía y el nivel de influencia que estos empresarios ejercen sobre el segundo mandato de Trump.
Energía
Otro probable foco de divergencia entre EE. UU. y la UE será su enfoque hacia la política energética y climática. Trump ha prometido el ’drill, baby, drill’, es decir, impulsar con fuerza la extracción de combustibles fósiles y recortar los fondos para proyectos verdes y renovables. Además, ha calificado abiertamente el cambio climático como un engaño y retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París sobre el cambio climático.
Mientras tanto, la UE y sus Estados miembros continúan invirtiendo fuertemente en energías renovables, que ya representaron el 70% de la demanda eléctrica del bloque en 2024 (Vetter 2025). Estados Unidos, que ya va rezagado en energía eólica e inversión en renovables, ahora corre el riesgo de quedarse irremediablemente atrás frente al mundo en desarrollo en cuanto a producción de energía limpia. Como consecuencia de la fuerte apuesta de Europa por las renovables, Trump podría encontrar un mercado reducido para los combustibles fósiles en la UE, viéndose obligado a buscar otros destinos.
Comercio y aranceles
Durante su campaña, Trump prometió que, de llegar nuevamente a la presidencia, impondría aranceles a todos: desde China hasta países vecinos como México y Canadá, e incluso a aliados como la Unión Europea. Aunque los aranceles iniciales impuestos a México y Canadá fueron levantados rápidamente, el 11 de febrero se anunció una nueva oleada de aranceles del 25% al acero y aluminio extranjeros, reflejando una medida similar de su primera administración (Wiseman 2025).
La respuesta de la UE fue inmediata, anunciando una serie de contramedidas dirigidas a productos emblemáticos de EE. UU. como jeans, bourbon, mantequilla de maní, whiskey y motocicletas. Las empresas siderúrgicas europeas podrían perder hasta 3.7 millones de toneladas en exportaciones de acero debido a los aranceles impuestos por Estados Unidos. Como se mencionó anteriormente, EE. UU. y la UE representan juntos alrededor del 30% del comercio mundial, con cadenas de producción y suministro profundamente entrelazadas. Sin embargo, esto no parece influir en la lógica de la administración de Trump, que ha decidido imponer aranceles “recíprocos” del 20% a casi todos los productos europeos, como parte de su “Día de la Liberación” (‘Liberation Day plan’).
Los aranceles propuestos podrían afectar alrededor del 70% de las exportaciones de la UE a EE. UU., valoradas en aproximadamente €532 mil millones (US$585 mil millones) en 2024, y aún están sobre la mesa posibles tarifas a productos como cobre, semiconductores, productos farmacéuticos y madera (Blenkinsop 2025). A medida que se reinicia la guerra comercial, las relaciones comerciales y económicas entre EE. UU. y la UE enfrentarán tiempos difíciles, con el riesgo de socavar o limitar la cooperación en otros ámbitos.
En respuesta al anuncio de Trump, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lo resumió acertadamente:
“La economía global sufrirá enormemente. La incertidumbre se disparará y provocará un aumento del proteccionismo. Las consecuencias serán nefastas para millones de personas en todo el mundo.” (Comisión Europea 2025)
La UE, además de planificar e implementar contramedidas frente a los aranceles de Trump, debe equilibrar cuidadosamente su postura para no poner en riesgo sus vínculos de inversión (Casert 2025).
El Ártico
El enfoque de Trump hacia el Ártico, especialmente en los días previos a la transición y durante sus primeros tres meses de mandato — cuando se negó a prometer que no invadiría Groenlandia por la fuerza si lo consideraba necesario (Kayali 2025) — provocó una condena generalizada por parte de líderes europeos.
Trump ya había planteado la idea de comprar Groenlandia a Dinamarca en 2019, durante su primer mandato, y reafirmó su intención de adquirir la isla — rica en minerales raros — en una acalorada llamada telefónica con la primera ministra danesa Mette Frederiksen. En respuesta, la mandataria danesa recibió apoyo de otros jefes de Estado europeos. Sin embargo, el interés de Trump en Groenlandia podría tener profundas implicaciones para el equilibrio de poder en el Ártico. Aunque esta región se discute cada vez más en términos geopolíticos — en parte por los intereses de Rusia y China en nuevas rutas marítimas —, sigue siendo una zona de paz. Las posibles tensiones dentro de la OTAN respecto a Groenlandia, y la posibilidad de que esto acelere la independencia de la isla, podrían beneficiar a China o Rusia y poner en riesgo el equilibrio regional que ha permitido mantener la paz en el Ártico.
Gasto en defensa
El renovado impulso de la administración de Trump para que los aliados europeos de la OTAN gasten al menos el 5% de su PIB en defensa ha reavivado las tensiones sobre el reparto de cargas transatlánticas. Durante su primera visita a una reunión de ministros de Defensa de la OTAN, el secretario de Defensa de EE. UU., Pete Hegseth, dejó en claro que Estados Unidos ya no considera garantizada una presencia indefinida en Europa (Erling 2025). Si bien estas presiones reflejan la frustración de Washington tras décadas de gasto desigual en defensa, también corren el riesgo de socavar la cohesión de la alianza, al exigir un aumento poco realista en los presupuestos europeos de defensa.
La mayoría de los estados europeos ya han incrementado significativamente su gasto militar, invirtiendo en conjunto €326 mil millones en defensa en 2024, lo que representa un aumento del 30% desde 2021 (Agencia Europea de Defensa 2024). Además, la Comisión Europea lanzó recientemente la iniciativa ‘ReArm Europe / Readiness 2030’, que propone €800 mil millones adicionales para que los estados miembros de la UE cubran sus brechas de defensa y aumenten su capacidad de producción militar (Gómez 2025).
Sin embargo, exigir un salto inmediato al 5% del PIB ignora las limitaciones políticas, económicas y sociales que enfrenta Europa, y podría generar rechazo en lugar de cooperación. Un objetivo más realista del 3% al 3.5% del PIB ofrece un camino más equilibrado y políticamente viable, coherente con el fortalecimiento del pilar europeo de la OTAN, y podría discutirse como nuevo compromiso de defensa de la OTAN en la próxima cumbre de La Haya este verano.
Mercado de defensa de la UE
La UE está desarrollando su Base Tecnológica e Industrial de Defensa Europea como respuesta a la nueva y desafiante realidad geopolítica y de seguridad. Uno de los ejes del plan es fortalecer el mercado interno de defensa, el cual sigue poco desarrollado y altamente dependiente de proveedores externos, especialmente de Estados Unidos, que representa más de la mitad de las adquisiciones de defensa de la UE.
La Estrategia Industrial de Defensa Europea, lanzada en 2024 por la Comisión Europea, propone metas ambiciosas: para 2030, al menos el 50% de las adquisiciones de defensa de los estados miembros deben dirigirse a la industria europea, subiendo al 60% para 2035, y el 40% de estas adquisiciones deberían realizarse a través de proyectos colaborativos (Comisión Europea 2024). Sin embargo, esta estrategia enfrenta desafíos. Algunos países miembros, especialmente en Europa del Este, siguen favoreciendo a proveedores estadounidenses y ven la compra de sistemas de defensa de EE. UU. como una forma de reforzar sus vínculos de seguridad con Washington. El regreso de Trump, junto con signos de un distanciamiento estadounidense de Europa, ha reactivado el debate dentro de la UE sobre reducir la dependencia de las capacidades de defensa estadounidenses e invertir más en equipos “hechos en Europa”.
Al mismo tiempo, la evolución de la postura de EE. UU. ha complicado la cooperación industrial en defensa entre ambos lados del Atlántico. Aunque Marco Rubio ha recalcado recientemente la importancia de que EE. UU. continúe participando en las adquisiciones de defensa europeas, las nuevas propuestas de la UE para priorizar su propia industria de defensa han generado preocupación en Washington (Cook y Croucher 2025).
Cualquier medida que limite el acceso de empresas estadounidenses al mercado europeo podría provocar una reacción política negativa, incluso cuando los líderes europeos están cada vez más preocupados por la credibilidad de los compromisos de defensa de EE. UU. Eventos recientes, como la politización de la ayuda militar estadounidense a Ucrania y la imprevisibilidad en las entregas de armamento, han debilitado aún más la confianza europea. Pero a pesar de la creciente incertidumbre, los países de la UE deben seguir interesados en cooperar con Estados Unidos, no en excluirlo. El desafío ahora es encontrar el equilibrio: construir un mercado de defensa europeo más autónomo y resiliente, sin romper la relación constructiva y cooperativa con EE. UU.
Negociaciones de paz en Ucrania
Las negociaciones de paz para Ucrania se están convirtiendo en un punto de divergencia importante entre la administración estadounidense de Trump y sus aliados europeos. El principal objetivo de Trump es poner fin rápidamente al conflicto en Ucrania y presentarse como un exitoso negociador a nivel global. Hasta ahora, su administración ha mostrado disposición a hacer concesiones significativas a Rusia, muchas veces de forma unilateral y sin asegurar compromisos recíprocos por parte de Moscú.
Este enfoque podría formar parte de una estrategia más amplia, que incluye debilitar la alianza de Rusia con China, garantizar el acceso estadounidense a los recursos de tierras raras en Ucrania, y continuar con un giro estratégico de EE. UU. hacia el Indo-Pacífico (Mills 2025). Sin embargo, este estilo conciliador de “negociación” ha generado inquietud entre los líderes europeos, que temen que un acuerdo de paz apresurado o desequilibrado pueda llevar a una capitulación forzada de Ucrania y socave la seguridad y estabilidad europeas a largo plazo. Por ello, los países europeos insisten en formar parte de las discusiones sobre cómo debe ser una paz justa, duradera y sostenible; una paz que garantice la soberanía de Ucrania y disuada futuras agresiones rusas contra el país o el continente.
En paralelo, los países europeos están formulando su propia visión de una paz duradera, independiente del liderazgo estadounidense. Recientes reuniones lideradas por Reino Unido y Francia están proponiendo una “coalición de voluntarios” que enviaría entre 10,000 y 30,000 tropas a Ucrania para hacer cumplir un posible futuro alto al fuego (O’Sullivan y Khatsenkova 2025).
No obstante, estos planes enfrentan obstáculos importantes: desacuerdos entre los estados europeos sobre los compromisos de tropas y los mandatos, temores de una escalada que lleve a un conflicto directo con Rusia, y la falta de capacidades críticas de defensa que solo EE. UU. puede proporcionar.
Mientras países como Reino Unido, Francia y Suecia están considerando desplegar tropas directamente en territorio ucraniano, países de Europa del Este, especialmente Polonia, se muestran más reticentes, prefiriendo asumir roles logísticos en lugar de un compromiso directo.
Además, los aliados europeos están buscando garantías explícitas de respaldo por parte de EE. UU. — en términos logísticos, de inteligencia y apoyo político — para reforzar la credibilidad disuasiva de estas fuerzas de paz frente a posibles futuras agresiones rusas.
La forma en que se desarrollen las negociaciones de paz en Ucrania podría convertirse en una fuente adicional de tensión entre Estados Unidos y sus socios europeos en los próximos meses y años.
Un camino a seguir
La relación transatlántica atraviesa un período de recalibración crítica, marcado por el regreso de una administración estadounidense más transaccional y por un orden mundial que migrando hacia la multipolaridad. Una posible vía para avanzar en las relaciones euroatlánticas consiste en adoptar un enfoque pragmático que preserve la cooperación cuando sea posible, mientras se acepta una asociación más basada en los intereses.
Paradójicamente, el giro de EE. UU. hacia el Indo-Pacífico para contrarrestar el ascenso global de China podría abrir una nueva oportunidad de un acercamiento transatlántico. Tanto EE. UU. como la UE reconocen cada vez más la necesidad de enfrentar el comportamiento económico y geopolítico más asertivo de China, y ambos perciben las crecientes amenazas sociopolíticas y de seguridad provenientes del “eje de ‘convulsión’” (‘axis of upheaval’, término en inglés) conformado por China, Rusia, Irán y Corea del Norte.
Para los europeos, navegar en este escenario geopolítico cada vez más inestable exigirá claridad, madurez política y un mayor sentido de responsabilidad estratégica. La UE debe seguir invirtiendo en su autonomía estratégica — no para alejarse de EE. UU., sino para convertirse en un socio transatlántico más igualitario y confiable. Los próximos meses serán clave para trazar un nuevo rumbo para la cooperación transatlántica, uno que enfatice: un mayor gasto europeo en defensa, un enfoque coordinado ante las amenazas rusa y china, una cooperación más profunda entre la UE y la OTAN, una resolución responsable para la guerra en Ucrania y una relación más equilibrada entre la UE y EE. UU. En este sentido, los líderes europeos deberán esforzarse por tender puentes con la administración de Trump, enfocándose en áreas de convergencia e interés estratégico mutuo.
Lo que se avecina es un período de reposicionamiento, una reconfiguración de la relación transatlántica, que pasará de estar basada principalmente en normas, valores y principios compartidos, a una asociación más pragmática y transaccional, centrada en intereses comunes y en la gestión cuidadosa de las diferencias. Aunque desafiante, esta transformación podría dar lugar a una alianza transatlántica más resiliente y madura, formada por socios en igualdad de condiciones y capaz de adaptarse a las exigencias de un mundo multipolar inestable e impredecible.
Referencias
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