Resumen
Las relaciones entre Estados Unidos y Cuba han entrado en su fase más confrontativa en años, marcada por un cambio desde la gestión de sanciones hacia una presión geopolítica coercitiva. Desde mediados de 2025, Washington ha reorientado su política hacia Cuba alrededor de la seguridad nacional, el control hemisférico, la interrupción energética, la aplicación de sanciones y la escalada legal. Un ejemplo claro de este cambio se observó en la reemisión del Memorando Presidencial de Seguridad Nacional (NSPM-5) en junio de 2025, mediante el cual se restauró un marco de línea dura que prioriza restringir los ingresos del Estado cubano, mantener el embargo, limitar los canales de viaje y financieros, y tratar el compromiso con La Habana como condicionado a los intereses estratégicos de Estados Unidos. Además, una orden ejecutiva del 29 de enero de 2026 declaró a Cuba como una “amenaza inusual y extraordinaria”, transformando la política al amenazar con imponer aranceles a países extranjeros que suministren petróleo a Cuba, convirtiendo así la dependencia energética cubana en un mecanismo regional de presión.
En resumen, los acontecimientos más recientes — la acusación contra Raúl Castro en mayo de 2026, una orden ejecutiva con nuevas sanciones el 1 de mayo, las designaciones de líderes e instituciones cubanas por parte de la OFAC en junio de 2026 y un raro contacto militar entre Estados Unidos y Cuba cerca de la Bahía de Guantánamo — sugieren que Cuba ya no es tratada únicamente como un problema bilateral. Ahora está siendo incorporada dentro de una estrategia más amplia de Estados Unidos hacia el Caribe, Venezuela, Rusia, China, Irán y la seguridad hemisférica. Por un lado, la campaña de presión de Washington busca reducir el margen estratégico de maniobra de La Habana, disuadir el apoyo de terceros países y aumentar el costo de la alineación cubana con los adversarios de Estados Unidos. Por otro lado, La Habana presenta esta campaña como una cuestión de soberanía y como un posible pretexto para una intervención en la isla.
Teniendo esto en cuenta, existen tres áreas con un peso geopolítico importante. Primero, Estados Unidos está utilizando las sanciones y las restricciones energéticas no solo para castigar a Cuba, sino también para reconfigurar las alineaciones regionales. Segundo, el Caribe se está convirtiendo en una zona de negación estratégica entre grandes potencias, donde Washington busca impedir que Rusia, China, Irán y redes aliadas utilicen a Cuba (o cualquier otro Estado de la región) como plataforma de inteligencia, militar o diplomática. Finalmente, la escalada podría generar riesgos para ambas partes: podría provocar una contraalineación cubana, profundizar la oposición regional al intervencionismo estadounidense, tensar las relaciones con socios afectados por sanciones extraterritoriales y convertir a Guantánamo, de una disputa de soberanía latente, en un punto crítico operativo.
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