Durante gran parte de las últimas décadas, países como Canadá y los estados europeos han podido disfrutar de cierta comodidad geopolítica. La existencia de un orden internacional relativamente estable, instituciones multilaterales capaces de gestionar conflictos y, sobre todo, la garantía de seguridad proporcionada por Estados Unidos les permitió centrarse en la prosperidad, la cooperación y la defensa de sus intereses sin tener que convertir permanentemente el poder en un tema existencial.
Este mundo está cambiando. La guerra en Ucrania, la rivalidad entre Estados Unidos y China, la instrumentalización de dependencias económicas y tecnológicas y la creciente competencia por los recursos estratégicos están devolviendo al sistema internacional una lógica de poder que durante años parecía parcialmente obsoleta. Las reglas siguen existiendo, pero su capacidad para limitar el comportamiento de los Estados depende cada vez más de los mecanismos disponibles para hacerlas cumplir.
Es en este contexto donde el acercamiento entre Canadá y la Unión Europea adquiere un significado especial. La propuesta de avanzar hacia una relación más estrecha, promovida por el primer ministro canadiense Mark Carney y la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, puede parecer, a primera vista, una nueva expresión de cooperación transatlántica. Pero revela una cuestión mucho más amplia: ¿qué pueden hacer los países medianos cuando el mundo se reorganiza en torno a las grandes potencias?
La respuesta que empieza a tomar forma es fácil de formular, aunque mucho más difícil de ejecutar: organizarse entre ellos.
A primera vista, Canadá y Europa tienen poco en común más allá de sus valores políticos y su vínculo con el espacio transatlántico. Pero es precisamente esta diferencia la que puede convertirse en fuente de complementariedad. Lo que cada uno tiene es, en gran medida, lo que le falta al otro. Canadá proporciona energía, minerales críticos, recursos naturales, capacidades tecnológicas y una posición privilegiada en el Ártico. Europa aporta mercados, industria, capital, investigación y una capacidad reguladora que le permite influir en los estándares globales. Ambos también comparten un compromiso con la democracia liberal, el multilateralismo y las reglas internacionales previsibles.
El objetivo, por tanto, no es simplemente añadir recursos, sino convertirlos en capacidad de toma de decisiones. Una economía puede ser muy abierta y, al mismo tiempo, vulnerable si depende excesivamente de un único proveedor, una única tecnología o un mercado único. La interdependencia no es necesariamente una vulnerabilidad: lo es cuando no hay alternativas. Por lo tanto, hablar de autonomía no significa aspirar a la autosuficiencia, sino tener suficientes opciones para poder elegir.
Esta lógica explica por qué la relación entre Canadá y la Unión Europea está empezando a ir mucho más allá del comercio. La cooperación en seguridad y defensa, la industria militar, los minerales críticos, la energía, el espacio o las tecnologías estratégicas apuntan hacia una relación en la que cada una de las partes puede fortalecer las capacidades de la otra. La participación de Canadá en el programa europeo SAFE es un ejemplo de ello.
Pero el verdadero interés de este acercamiento radica en lo que puede representar más allá de la relación bilateral. Si las grandes potencias vuelven a concentrar una parte creciente de la capacidad para imponer las reglas del sistema, las potencias medianas tienen dos posibilidades. Pueden aceptar que su margen de maniobra depende de las decisiones de los actores más poderosos. O pueden intentar ampliar colectivamente ese margen.
Lo interesante es que la segunda opción no requiere la creación de un nuevo bloque. Si el problema es la concentración del poder, la respuesta difícilmente puede ser reproducirlo a menor escala. Lo que se necesita es una capacidad de cooperación suficiente para actuar juntos cuando los intereses coinciden, sin convertir esta cooperación en una nueva estructura rígida de confrontación.
Esto abre la puerta a un modelo más flexible, basado en redes y geometrías variables. Japón, Australia, Corea del Sur o Nueva Zelanda pueden formar parte de esta red en áreas específicas, ya sea en términos de tecnología, energía, defensa, seguridad de la cadena de suministro o establecimiento de estándares. En un mundo menos bipolar, el poder puede ejercerse cada vez más a través de relaciones superpuestas y coaliciones variables, en vez de bloques permanentes.
Europa tiene, en este sentido, una experiencia importante. La Unión Europea nació precisamente de la idea de que diferentes países podían transformar sus recursos individuales en una mayor capacidad colectiva mediante instituciones, reglas e interdependencias. La paradoja actual es que defender este modelo en un mundo más competitivo requiere disponer de recursos que durante mucho tiempo se consideraron menos necesarios: capacidades industriales, energéticas, tecnológicas y militares.
La cuestión es, por lo tanto, cómo convertir los valores compartidos en capacidad de acción sin renunciar a los principios que los sustentan. Y esto también nos obliga a reconsiderar lo que entendemos por Occidente. Canadá y Europa siguen siendo aliados de Estados Unidos y comparten una parte fundamental de sus valores e intereses con Washington. Pero esto no significa que siempre deban depender de las mismas opciones. Una mayor capacidad europea y canadiense no debería ser necesariamente una alternativa a Estados Unidos, sino una forma de ampliar las opciones disponibles cuando los intereses no coinciden completamente.
Y quizá esta sea la clave de todo el proceso. La autonomía no consiste en poder hacerlo solo, sino en no depender de que alguien más decida por ti. Una potencia mediana nunca tendrá los recursos de una superpotencia, pero varias potencias medianas pueden tener, juntas, suficientes recursos para aumentar mucho su margen de decisión.
La posible alianza entre Canadá y la Unión Europea es, en este sentido, un experimento de gran relevancia. No solo porque puede fortalecer dos economías y dos sociedades democráticas frente a un entorno internacional más incierto, sino también porque puede ofrecer un modelo de cómo las potencias medianas pueden actuar en un sistema dominado por actores mucho mayores.
En un mundo que vuelve a plantearse quién tiene suficiente fuerza para imponer las reglas, Canadá y Europa pueden demostrar que quienes no aspiran a dominar el sistema pueden, mediante la cooperación, adquirir la capacidad suficiente para decidir su propio destino. Quizá este sea el verdadero poder de los países medianos: no convertirse en grandes potencias, sino asegurar que el mundo no tenga que organizarse exclusivamente en torno a ellas.
