Riyadh - March 01: Planes preparing for take off at Riyadh King Khalid Airport on March 01, 2016 in Riyadh, Saudi Arabia. Riyadh airport is home port for Saudi Arabian Airlines. Source: Shutterstock

Los hutíes de Yemen están llevando su guerra a Arabia Saudita y reformulando la narrativa de su papel como aliados indirectos de Irán

Un ataque mortal de los hutíes contra el Aeropuerto Internacional de Riad ha puesto de relieve cómo el grupo yemení está reformulando la percepción de su papel como «proxy de Irán» y reorientando su enfoque regional hacia su lucha en curso contra Arabia Saudita. El ataque del 10 de octubre, en el que murieron 13 personas y cientos resultaron heridas, fue el episodio más violento en suelo saudí desde el inicio de la guerra en Irán, en febrero.

Le siguieron nuevos ataques con misiles en los días posteriores, aunque menos mortíferos. Además, la violencia se produjo justo cuando el reino acogía una importante conferencia de países productores de petróleo.

Como analista de larga trayectoria de la política yemení, considero que los últimos ataques ilustran una vez más tanto el estancamiento regional cada vez más amplio en Medio Oriente como la necesidad de comprender cómo la guerra de Yemen, que lleva una década, está teniendo repercusiones mucho más allá de su territorio.

Narrativas hutíes

El movimiento hutí surgió por primera vez como actor político militarizado en Yemen en 2004 y ha estado inmerso en una guerra civil de varios años contra el gobierno central reconocido internacionalmente y respaldado por Arabia Saudita. Actualmente, los hutíes controlan alrededor de un tercio del territorio y dos tercios de la población. Sin duda, son la fuerza armada más poderosa de Yemen, pese a no tener acceso a aviones de combate, y han desarrollado un arsenal de misiles de largo alcance y drones.

Desde hace tiempo, sus adversarios y muchos observadores externos han presentado con frecuencia a los hutíes como un grupo proxy de Irán, el principal rival regional de Arabia Saudita.

Es cierto que el movimiento ha mantenido durante mucho tiempo una alineación general con Teherán y ha compartido con frecuencia sus objeciones regionales, aunque la relación es compleja y variable. Al mismo tiempo, la evolución del movimiento hutí sigue estando estrechamente vinculada al contexto político interno de Yemen y a una disputa histórica propia del país, un tema que otros académicos y yo hemos investigado.

Sin embargo, lo particularmente significativo en el contexto actual de una escalada del conflicto con Arabia Saudita es la manera en que los dirigentes hutíes han intentado reformular su participación militar a lo largo de 2026 para evitar que parezca que Irán dirige sus acciones.

Este cambio es importante desde el punto de vista analítico porque revela cómo los dirigentes hutíes entienden la eficacia política de determinadas narrativas y cómo buscan legitimar sus acciones.

Un regreso tardío a la guerra

Cuando Estados Unidos e Israel lanzaron su ataque contra Irán el 28 de febrero, muchos observadores esperaban que los hutíes se involucraran rápidamente en el conflicto. Su intervención anterior en el Mar Rojo, entre noviembre de 2023 y mayo de 2025, en apoyo a los palestinos tras la guerra de Israel en Gaza, había proporcionado, hasta cierto punto, un modelo para interrumpir el tráfico marítimo a través del Estrecho de Ormuz.

Los beneficios simbólicos de su campaña anterior habían sido considerables. Por un lado, demostró la disposición de los hutíes a actuar en apoyo de Gaza en un momento en que se percibía ampliamente que muchos gobiernos árabes les daban la espalda a los palestinos y a su difícil situación. También puso de manifiesto la capacidad del movimiento para alterar las cadenas de suministro mundiales y afectar el comercio internacional mucho más allá de Yemen.

Sin embargo, los hutíes permanecieron al margen durante varios meses después de los primeros ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán. Sus dirigentes parecieron ignorar los informes según los cuales los responsables de la toma de decisiones en Irán les habían pedido, en julio de 2026, que cerraran el Estrecho de Bab el-Mandeb al tráfico marítimo.

Suponer que los hutíes actuarían automáticamente por orden de Teherán reflejaba una interpretación errónea de la historia yemení y de los elementos identitarios que sustentan la legitimidad política del movimiento. Actuar en apoyo de los palestinos podía presentarse ante el público nacional y regional como una expresión de solidaridad árabe. Pero actuar en nombre de Irán, un país persa no árabe compuesto casi en su totalidad por musulmanes chiitas duodecimanos, era considerablemente más difícil de justificar en el Yemen árabe, donde no hay musulmanes chiitas duodecimanos y la mayoría de la población es sunita.

El regreso de los hutíes al conflicto regional en agosto coincidió con un cambio en su narrativa política, que comenzó a centrarse cada vez más en su adversario histórico, Arabia Saudita.

Aunque las consecuencias estratégicas de sus acciones podrían beneficiar en última instancia a Irán en sus propios conflictos regionales e internacionales, los hutíes consideran su campaña militar contra Arabia Saudita principalmente como un acto de defensa nacional.

Un bombardeo anterior contra el aeropuerto

Durante el verano de 2026, un episodio importante pasó prácticamente inadvertido en los medios de comunicación occidentales: el intento de los hutíes de conseguir la reapertura del Aeropuerto Internacional de Saná mediante la salida inesperada de un vuelo con destino a Teherán y su posterior regreso.

El aeropuerto, situado en la capital controlada por los hutíes, había permanecido cerrado desde finales de 2024 tras los ataques israelíes. Su continuo cierre significaba que el acceso al territorio controlado por los hutíes y la salida de éste seguían sujetos a las restricciones impuestas por sus adversarios. Entre ellos se encontraban las autoridades que controlan Adén, la capital provisional del gobierno reconocido internacionalmente.

Desde la perspectiva de los hutíes, su soberanía seguía siendo, por consiguiente, incompleta. El cierre del aeropuerto no solo restringía los desplazamientos de la población civil, sino que también limitaba su capacidad para enviar simpatizantes al extranjero para recibir entrenamiento y, potencialmente, para recibir equipo militar. El 13 de julio, el posterior bombardeo de la pista del aeropuerto de Saná por parte del ejército saudí, cuando se aproximaba el avión procedente de Teherán, brindó al movimiento la oportunidad de reavivar su enfrentamiento con Riad.

Tras más de tres años de un alto al fuego de facto y difíciles negociaciones, Riad parecía cada vez más dispuesto, al igual que en sus relaciones con Irán, a desvincularse de los prolongados conflictos de la región. Al percibir una oportunidad, los dirigentes hutíes respondieron invocando una lógica de represalias recíprocas.

Las tácticas que emplean hoy los hutíes son una especie de reflejo de la campaña de bombardeos y el bloqueo iniciados en 2015 por Arabia Saudita y sus aliados contra las zonas de Yemen controladas por los hutíes, que dieron lugar a años de una prolongada guerra civil. Ahora, los hutíes reivindican el derecho a imponer restricciones recíprocas a Arabia Saudita, especialmente mediante ataques contra sus puertos e infraestructura de exportación de petróleo.

Las consecuencias de las acciones de los hutíes para Arabia Saudita

La nueva táctica de los hutíes cumple dos objetivos. En primer lugar, les permite desviar la responsabilidad por la crisis económica y humanitaria en Saná y sus alrededores hacia el bloqueo impuesto por Arabia Saudita, en lugar de asumirla por sus propios fallos de gobierno, mala gestión y corrupción. En segundo lugar, proporciona una justificación para intensificar el conflicto en toda la región.

Anteriormente, el liderazgo militar hutí había suspendido los ataques contra buques vinculados a Israel en el Mar Rojo tras al alto el fuego formal en Gaza de octubre de 2025, pese a haber sido objeto reiterado de bombardeos. Del mismo modo, había suspendido los ataques contra embarcaciones estadounidenses tras alcanzar un acuerdo con la administración de Trump en mayo de 2025.

Estas decisiones demostraron cierto pragmatismo detrás de la retórica incendiaria del movimiento. Ese pragmatismo pareció mantenerse incluso cuando los hutíes reanudaron su participación militar regional, mientras, según se informó, diplomáticos estadounidenses se reunieron con representantes hutíes en Omán en septiembre de 2026.

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Sin embargo, en el caso de Arabia Saudita, los hutíes mostraron menos reparos. Riad ya estaba enfrentando repetidas andanadas de misiles iraníes como consecuencia de su alianza con Estados Unidos, además de sufrir restricciones a sus exportaciones de energía. Por eso, tras el incidente en el aeropuerto saudí, los dirigentes hutíes consideran que han acorralado a Arabia Saudita, con consecuencias que se extienden a la economía mundial.

Esta estrategia de represalias se vio reforzada por las exitosas maniobras de los hutíes a principios de septiembre para establecer cierto grado de control sobre el Estrecho de Bab el-Mandeb, uno de los puntos de estrangulamiento marítimo más importantes del mundo. Esto les otorgó influencia sobre el tráfico marítimo crucial para Arabia Saudita en el Mar Rojo.

Los drones y los misiles balísticos, como demuestran los ataques contra el aeropuerto de Riad, también proporcionan al movimiento la capacidad de atacar objetivos en gran parte del territorio saudí.

Los ataques contra infraestructuras civiles en Arabia Saudita, en particular los aeropuertos, ilustran la lógica de represalia que los hutíes han invocado para justificar sus acciones.

No está nada claro cuáles serán las consecuencias de esta campaña hutí cada vez más agresiva. La región parece encaminada a un período prolongado de enfrentamientos, y sigue siendo una incógnita si esto volverá a involucrar a países como Estados Unidos, que se ha mostrado reacio a regresar a un conflicto regional a gran escala.

Sin embargo, nada de esto debería ocultar la difícil situación de la población civil de Yemen. Por el contrario, debería servir como recordatorio del sufrimiento de una población agotada por una guerra que lleva más de una década y que ha devastado la ya de por sí escasa infraestructura de lo que era el país más pobre de Medio Oriente incluso antes de que comenzara el conflicto.

First published in: The Conversation Original Source
Laurent Bonnefoy

Laurent Bonnefoy

Investigador asociado del CNRS, Centro de Estudios Internacionales, Sciences Po

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