A pocas semanas de la primera vuelta, la política exterior dejó de ser un asunto secundario de la campaña presidencial brasileña para convertirse en uno de sus principales ejes. Lo que se decide el 4 de octubre no es solo quién gobernará la mayor economía de América Latina, sino en qué términos negociará Brasil con Estados Unidos, con China y con el resto del Sur Global.
Una elección que se juega en varios tableros a la vez
El 4 de octubre de 2026, cerca de 158 millones de brasileños acudirán a las urnas para elegir presidente, la totalidad de la Cámara de Diputados, dos tercios del Senado, los 27 gobernadores y las asambleas estaduales. Si ningún candidato presidencial supera el 50% de los votos válidos, habrá una segunda vuelta el 25 de octubre. El plazo de registro de candidaturas cerró el 15 de agosto y la campaña oficial arrancó al día siguiente.
En la boleta hay trece nombres, pero la contienda real la protagonizan dos. Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, busca un cuarto mandato no consecutivo por el Partido de los Trabajadores. Frente a él está Flávio Bolsonaro, senador por Río de Janeiro y candidato del Partido Liberal, hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, inhabilitado y preso desde septiembre de 2025 tras ser condenado por planear un golpe de Estado después de perder las elecciones de 2022. Detrás de ambos aparecen, con intenciones de voto de un solo dígito, el exgobernador de Goiás Ronaldo Caiado, el gobernador de Minas Gerais Romeu Zema y el activista Renan Santos, del Partido Missão.
Las encuestas de las últimas semanas describen una ventaja del oficialismo que se ha ido estrechando. El sondeo de Datafolha del 21 de agosto ubica a Lula en 39% y a Flávio Bolsonaro en 33% en primera vuelta, con 47% frente a 43% en una simulación de balotaje. La medición de BTG Pactual/Nexus de mediados de agosto arroja 41% contra 36% en primera vuelta y 47% contra 44% en segunda, una diferencia que, dado el margen de error, configura un empate técnico. La distancia entre ambos se redujo de forma sostenida desde junio.
Los dos principales candidatos faltaron al primer debate presidencial y anunciaron que participarán en los encuentros posteriores a la primera vuelta. La lectura más extendida en la prensa brasileña es que ninguno de los dos quiso exponer sus flancos: Lula carga con niveles de desaprobación que en algunas encuestas superan a los de aprobación, y Flávio arrastra tanto la condena de su padre como episodios judiciales que lo salpican directamente. En ausencia de los favoritos, fue Renan Santos — con alrededor del 3% de intención de voto — quien capitalizó la exposición televisiva.
Pero el rasgo distintivo de este ciclo electoral no está en los números. Está en que, por primera vez en décadas, la relación con Estados Unidos se convirtió en un eje central de la campaña.

Figura 1: Tendencias de resultado de la primera vuelta, de acuerdo con encuestas. (Fuente: UOL)

Figura 2: Tendencias de resultado de la segunda vuelta, de acuerdo con encuestas. (Fuente: UOL)
Una campaña con dos capitales
En julio de 2025, Donald Trump anunció un arancel del 50% sobre productos brasileños y, en la carta donde lo comunicó, calificó el juicio contra Jair Bolsonaro como una “caza de brujas”. En febrero de 2026, la Corte Suprema de Estados Unidos anuló buena parte de aquellos gravámenes, aunque un arancel global del 10% se mantuvo vigente.
La administración estadounidense reconstruyó entonces la presión por otra vía. A mediados de julio de 2026 confirmó un arancel del 25% bajo la Sección 301 de la Ley de Comercio, alegando prácticas comerciales desleales, y a finales del mismo mes añadió un 12.5% adicional dentro de una acción sobre trabajo forzoso. El resultado combinado es un gravamen del 37.5%. Brasilia respondió activando el procedimiento formal previsto en la Ley de Reciprocidad Económica (Ley no. 15.122/2025) y notificando a Washington su solicitud de consultas diplomáticas.
Entre medias, la disputa comercial se fue mezclando con la contienda electoral. El 20 de julio, Estados Unidos otorgó la residencia permanente a Eduardo Bolsonaro, condenado en Brasil por intentar persuadir a funcionarios estadounidenses de sancionar al juez Alexandre de Moraes. Al día siguiente, Flávio Bolsonaro planteó ante embajadores extranjeros dudas sobre el sistema de voto electrónico, un gesto que varios observadores compararon con la reunión que su padre mantuvo con diplomáticos en 2022 y que contribuyó a su inhabilitación. A finales de julio, el Itamaraty (Ministerio de Relaciones Exteriores) negó las visas a dos funcionarios del Departamento de Estado que pretendían viajar a Brasilia para reunirse con autoridades, líderes religiosos y el propio Flávio Bolsonaro para discutir la integridad electoral; Washington calificó la visita de rutinaria, pero Brasilia la interpretó como injerencia. El 29 de julio, la administración de Trump renovó la emergencia nacional respecto a Brasil mediante la Orden Ejecutiva 14323.
La escalada alcanzó su punto más alto el 4 de agosto, cuando el Departamento de Estado revocó la visa de la embajadora brasileña María Luiza Ribeiro Viotti — la primera medida de ese tipo en más de dos siglos de relación bilateral —, presentándola como respuesta recíproca a la demora brasileña en aprobar al embajador estadounidense designado. Días antes, Javier Milei había asistido a la convención del Partido Liberal en São Paulo, donde criticó a Lula y a Moraes, lo que llevó a Brasil a retirar a su embajador en Buenos Aires. Casi en paralelo, Xi Jinping habló con Lula y respaldó públicamente la soberanía brasileña frente a la injerencia externa.
El 21 de agosto, una llamada telefónica de una hora y veinte minutos entre Lula y Trump abrió una vía de descompresión. Ambos acordaron que sus equipos técnicos volverían a reunirse “lo antes posible” para tratar comercio, crimen organizado y la guerra en Ucrania. Lula sostuvo que los argumentos estadounidenses para justificar los aranceles son infundados. Por otro lado, Trump coincidió en la importancia de preservar vínculos comerciales sólidos. La llamada no eliminó ningún arancel, pero trasladó parte de la discusión desde la declaración política hacia la mesa de negociación.
Todo esto ocurre dentro de un marco doctrinal explícito. La Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense publicada a finales de 2025, junto con la Estrategia de Defensa Nacional de enero de 2026, sitúan al hemisferio occidental como perímetro estratégico prioritario y formulan lo que la propia administración denomina un “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe, orientado a impedir que potencias extrahemisféricas — China, sobre todo — controlen activos considerados vitales. La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses a comienzos de 2026 y la cumbre “Escudo de las Américas” (‘Shield of the Americas’) con una docena de mandatarios de derecha de la región dieron a esa doctrina una expresión operativa. Brasil no forma parte de ese círculo.
La opinión pública brasileña, entretanto, se movió en dirección contraria a la esperada por Washington. Una encuesta de PoderData de finales de julio encontró que la mayoría de los brasileños prefiere estrechar vínculos comerciales con China — hoy su principal socio comercial — y que el 42% considera que el respaldo de Trump perjudicaría a un candidato presidencial. Lula convirtió esa percepción en consigna de campaña: ‘O Brasil é dos brasileiros’ (“Brasil es de los brasileños”).
El punto de partida: el no alineamiento activo
Para entender qué está realmente en juego conviene recordar desde dónde parte Brasil. Como se analizó aquí, la política exterior de Lula durante este mandato se organizó en torno a lo que los pensadores latinoamericanos Carlos Fortin, Jorge Heine y Carlos Ominami denominaron un no alineamiento activo: no una neutralidad pasiva entre bloques, sino una estrategia de movimiento que consiste en relacionarse con distintas potencias para distintos objetivos y negarse a que un actor externo defina los límites de la estrategia nacional.
Esa doctrina descansa sobre una base material concreta: el dominio brasileño en niobio, unas reservas de tierras raras entre las mayores del mundo, un peso decisivo en soja, café, carne y azúcar, capacidad petrolera y de etanol, una industria aeroespacial propia en Embraer, una arquitectura comercial repartida entre China, la Unión Europea, Estados Unidos, América Latina, África y Medio Oriente, y el liderazgo dentro de los BRICS. Son estos activos — no la retórica — los que explican por qué la presión arancelaria de 2025 no produjo el resultado que Washington esperaba.
La pregunta que plantea el 4 de octubre es si ese enfoque es una política de Estado o una política de gobierno. Es decir: si sobrevivirá a la alternancia.
Escenario I: la reelección de Lula
Desde Brasilia, una victoria de Lula significaría una continuidad declarada. Su programa propone profundizar los vínculos con los BRICS y el G20, ampliar la presencia brasileña en África, Asia y Medio Oriente, consolidar el Mercosur como plataforma de integración sudamericana y avanzar en infraestructura que conecte Brasil con el Pacífico y el Caribe. En materia arancelaria, la lógica sería la ya practicada: negociar sin cambiar el rumbo de los demás – relación con China y papel en los BRICS –, mantener activa la Ley de Reciprocidad como instrumento de presión y buscar en la Organización Mundial del Comercio y en los foros multilaterales un contrapeso al unilateralismo.
La restricción, sin embargo, es fiscal más que diplomática. La deuda bruta del gobierno general alcanzó en junio el 81.9% del PIB — equivalente a 10.8 billones de reales —, el déficit nominal acumulado llegó al 9.99% del PIB y la Selic se mantiene en 14% anual, con la inflación proyectada por el informe Focus en torno al 5% para 2026, por encima de la meta del 3%. El mercado distingue con claridad entre una reelección acompañada de una señal fiscal creíble — límites al gasto obligatorio, revisión de beneficios tributarios, una senda verificable hacia superávits primarios — y una reelección sin consolidación, que prolongaría la trayectoria ascendente de la deuda. Además, un Congreso fragmentado, en el que las fuerzas conservadoras conservan capacidad de veto, condiciona ambos caminos.
Por otro lado, desde Washington, una segunda administración de Lula prolongaría la fricción, aunque no necesariamente al nivel actual. Los aranceles del 37.5% son, para la Casa Blanca, un instrumento de negociación cuyo mantenimiento tiene costos internos: Brasil es proveedor relevante de café y carne para el mercado estadounidense, y la presión sobre las exportaciones brasileñas se traslada a los precios al consumidor en Estados Unidos. La llamada del 21 de agosto sugiere que ese cálculo ya está operando. Al mismo tiempo, un Brasil que sigue liderando los BRICS y profundizando su relación con Pekín entra en contradicción directa con el objetivo declarado de la Estrategia de Seguridad Nacional de reducir la presencia china en el hemisferio.
Finalmente, desde el Sur Global, para los países que observan desde fuera del eje transatlántico, una reelección de Lula significa que la principal economía latinoamericana mantiene su papel de bisagra: dentro de los BRICS, dentro del G20, dentro de las discusiones sobre financiamiento en monedas locales, el Nuevo Banco de Desarrollo y la reducción gradual de la dependencia del dólar. Nada de eso equivale a una ruptura con el sistema financiero internacional — la posición brasileña ha sido consistentemente cautelosa —, pero sí sostiene un espacio de negociación que otros Estados medianos utilizan.
Escenario II: la victoria de Flávio Bolsonaro
Desde Brasilia. El programa del candidato del Partido Liberal enfatiza la apertura comercial, la integración de Brasil a las cadenas globales de valor y la recuperación de relaciones que, según su diagnóstico, se deterioraron durante la actual administración. El documento afirma que los vínculos con Argentina, Estados Unidos e Israel fueron llevados al límite de la ruptura y que hay que revertir esa situación. Propone además retomar el proceso de adhesión de Brasil a la OCDE y atraer inversión extranjera para sectores como la transición energética.
Es conveniente leer ese programa con precisión, porque no plantea lo que a menudo se le atribuye. No propone abandonar los BRICS ni romper con China; propone “negociar con todos aquellos que sean de interés para Brasil”, mencionando explícitamente a China, la Unión Europea, Estados Unidos y los mercados asiáticos, con el matiz de evitar dependencia excesiva en áreas estratégicas como la tecnología. La diferencia real entre ambos proyectos no está en si Brasil mantiene relaciones económicas con las grandes potencias, sino en el marco estratégico desde el cual las conduce.
En el plano interno, la campaña de Flávio Bolsonaro se ha organizado en torno a la seguridad. Su primer acto, en Copacabana, propuso declarar organizaciones terroristas al Primer Comando de la Capital y al Comando Vermelho. En materia fiscal, ha planteado vincular el crecimiento real del gasto al nivel de endeudamiento y revisar exenciones tributarias.
Desde Washington, este es el escenario que más rápidamente descomprimiría la relación bilateral. Es razonable esperar una revisión o suspensión de los aranceles de la Sección 301, el cierre del expediente abierto por la Orden Ejecutiva 14323 y la normalización del intercambio de embajadores. La convergencia sería especialmente visible en seguridad: la designación de facciones criminales brasileñas como organizaciones terroristas es una demanda que Flávio Bolsonaro llevó personalmente a la Casa Blanca en mayo de 2026 y que encaja con el marco de antinarcóticos del “Corolario Trump”.
Ese alineamiento, sin embargo, tiene límites materiales. China es el principal socio comercial de Brasil desde 2009 y el volumen de ese comercio supera con holgura el estadounidense; el agronegocio que constituye buena parte de la base electoral bolsonarista es precisamente el sector más expuesto a la demanda china. Un gobierno que intentara reorientar bruscamente esa arquitectura pagaría un costo económico difícil de sostener. Además, una promesa de campaña no equivale a una reforma aprobada: la capacidad de ejecución dependerá del Congreso electo, del equipo económico y de la transición.
Por otro lado, desde el Sur Global, una victoria de Flávio Bolsonaro completaría un mapa regional que ya giró: José Antonio Kast ganó el balotaje chileno en diciembre de 2025, Abelardo de la Espriella se impuso en Colombia en junio de 2026 por un margen estrechísimo, y Milei, Noboa y Bukele ya formaban parte del cuadro. El efecto sobre los BRICS no sería necesariamente una salida formal, pero sí una participación menos ambiciosa: sin el impulso brasileño, las iniciativas de financiamiento en monedas locales y de reforma de la gobernanza global perderían a uno de sus principales promotores. Para los países que interpretan el no alineamiento activo como un modelo replicable, el resultado brasileño funcionará como una prueba de su durabilidad.
Escenario III: un estrecho resultado y el riesgo institucional
Hay un tercer escenario que no depende de quién gane, sino de cómo se gane. Los mercados ya lo tienen identificado: una segunda vuelta muy ajustada, impugnaciones o falta de claridad sobre la coalición de gobierno constituye el entorno de máxima incertidumbre, con efectos que aparecerían no solo en el tipo de cambio sino en la volatilidad implícita, los futuros de dólar y los tipos largos.
Los antecedentes están sobre la mesa. Flávio Bolsonaro planteó ante embajadores extranjeros objeciones al sistema de voto electrónico, y varios partidos evaluaron acciones judiciales por ello. El 13 de agosto, dos días antes del cierre del plazo de registro, la candidatura del senador quedó momentáneamente bloqueada porque el sistema del Tribunal Superior Electoral (TSE) lo mostraba afiliado al Partido Missão y no al Partido Liberal. El TSE aclaró que no hubo un ataque informático sino un uso indebido de credenciales por parte de alguien autorizado a registrar afiliaciones en esa legenda, y ordenó la apertura de una investigación, además de suspender temporalmente el procesamiento de nuevas afiliaciones tras detectar también un intento — no consumado — de alterar la de Lula. La candidatura se registró sin más obstáculos, pero el episodio dejó instalado un lenguaje de fraude antes de que se emitiera un solo voto.
A esto se suma la situación de Río de Janeiro, cuna política de la familia Bolsonaro, donde el gobernador aliado del clan fue declarado inelegible, su sucesor institucional está preso desde diciembre de 2025 y el estado quedó en manos interinas del presidente del Tribunal de Justicia estadual. Y en São Paulo — el mayor colegio electoral del país, con 34 millones de votantes — Tarcísio de Freitas parte con una amplia ventaja sobre Fernando Haddad, lo que le otorgaría a la centroderecha el control del estado más importante con independencia de quién gane la presidencia.
En este escenario, la variable externa deja de ser un factor de contexto y pasa a ser un actor. Un resultado disputado en el que Washington tomara partido — o simplemente en el que se percibiera que lo hace — convertiría una crisis electoral brasileña en una crisis bilateral. Los antecedentes de julio y agosto sugieren que esa posibilidad no es remota, y también que provoca reacciones dentro de Estados Unidos: el 28 de julio, senadores demócratas del Comité de Relaciones Exteriores acusaron a la administración de promover teorías conspirativas sobre el proceso electoral brasileño.
Lo que sobrevivirá después del 25 de octubre
- Aranceles: cualquiera que gane heredará una negociación abierta, no una hoja en blanco. La diferencia estará en el precio político del acuerdo: un gobierno de Lula negociaría desde la reciprocidad y la disputa multilateral; uno de Flávio Bolsonaro, desde la convergencia. En ambos casos, la estructura del comercio brasileño — un superávit comercial proyectado en torno a los 78,000 millones de dólares para 2026 y una entrada de inversión directa de magnitud similar — limita cuánto puede realmente extraer la presión arancelaria.
- BRICS. Aquí la diferencia entre escenarios es más nítida. El liderazgo brasileño dentro del bloque es una decisión política, no una necesidad estructural, y puede revertirse. Lo que no se revierte con la misma facilidad es la centralidad de China en el comercio brasileño.
- Amazonía. Es la parte en donde el resultado electoral tiene consecuencias más directas y menos reversibles. La conservación depende de regulación interna, capacidad de fiscalización y demarcación de territorios indígenas, no de acuerdos comerciales. Cabe señalar que la tensión existe también dentro del actual gobierno: Brasil defendió el abandono gradual de los combustibles fósiles durante la COP30 celebrada en Pará y al mismo tiempo impulsa nuevas inversiones petroleras. En el Congreso avanzan iniciativas para restringir herramientas satelitales de monitoreo de la deforestación.
- Cooperación en seguridad. Es el terreno de convergencia más probable y también el más sensible. Durante la llamada del 21 de agosto, Lula reafirmó el interés brasileño en cooperar con Estados Unidos contra el crimen organizado, aunque precisó que Brasil dispone de instrumentos propios. La distancia entre “cooperar” y “aceptar designaciones y operaciones definidas en Washington” es exactamente la distancia que separa los dos proyectos en disputa.
Lo que realmente se vota
Brasil llega al 4 de octubre con una capacidad de negociación que no depende de quién ocupe el Planalto. El niobio, las tierras raras, la agricultura, la energía, Embraer y una arquitectura comercial genuinamente multipolar seguirán ahí el 26 de octubre. Lo que se decide en las urnas no es si Brasil tiene margen de maniobra, sino cómo lo usa: si lo emplea para ampliar opciones simultáneas o para convertirlo en la moneda de un alineamiento preferente.
Esa es también la razón por la que la región entera observa. En un momento en que Washington ha declarado explícitamente su intención de restaurar la preeminencia hemisférica, y en que buena parte de América Latina ya eligió, la elección brasileña funciona como el último test de escala continental sobre si una potencia media puede sostener autonomía frente a una gran potencia que ha decidido no tolerarla.
Lo más probable es que la respuesta llegue en dos vueltas. Sin embargo, los efectos, previsiblemente, durarán bastante más.
