1. Introducción
El poder de las grandes potencias no depende exclusivamente de sus capacidades económicas o militares. A lo largo de la historia, la fortaleza de los Estados también ha descansado sobre factores intangibles, como la cohesión social, las creencias compartidas, la confianza e identidad nacional, que otorga legitimidad y estabilidad tanto en la política nacional como internacional. Desde esta perspectiva, el artículo examina el papel que desempeñan los fundamentos culturales y religiosos en la construcción y preservación del poder nacional, en particular, de Estados Unidos; y se comparará su trayectoria con Rusia. Por otro lado, el sistema internacional es una red de interacciones conectadas en base a la confianza. En ese sentido, se describirá el desempeño de EE. UU. en asuntos mundiales, como la guerra en Ucrania, y la confianza que el mundo ha depositado en el dólar. Por tanto, se explorará las implicancias geopolíticas de estos procesos en un contexto caracterizado por la creciente competencia entre potencias y el avance de un orden internacional cada vez más multipolar.
2. Fundamento nacional
Cada nación se ha fundado sobre cimientos culturales, marcos morales, tradiciones y principios compartidos que dan cohesión a la sociedad, sentido de pertenencia e identidad. Es decir, en la base se encuentra una creencia común. El politólogo Marcello Gullo afirma que en el origen del poder de las naciones se encuentra siempre una “fe fundante” (2019, p. 176). Por lo general, se entiende la fe solo en términos religiosos, pero la palabra es más amplia. Fe viene del latín fides y significa confianza, lealtad. De ahí viene la palabra fidelidad.
En el ámbito económico se ocupa la palabra crédito, que viene del latín ‘credere’ y significa creer (DECEL, s.f.); tener la confianza de que el dinero prestado será regresado. Asimismo, la palabra fiduciario viene de fides y significa “que depende de crédito o confianza” (DECEL, s.f.a). Cuando se suspendió la convertibilidad del dólar en oro, pasó a ser una moneda fiduciaria respaldada solamente por la confianza; por tanto, su valor depende de la fe que las personas tengan en el gobierno emisor y en su estabilidad económica.
Así, el poder intangible es un factor fundamental para las naciones. Gullo argumenta: “El poder de los Estados debería ser representado como un arco romano en cuya base izquierda se encuentra siempre la moral nacional y en la derecha el carácter nacional. El cimiento del arco está siempre constituido por una fe fundante y la piedra angular; por una elite cuya corrupción moral o intelectual provoca siempre e inexorablemente, en el largo plazo histórico, el derrumbe del poder nacional” (2019, p. 175).
Es decir, cuando la fe fundante se va dejando de lado, la cohesión de la nación se fragmenta y eso se ve reflejado tanto en su política interior. Para saber si una potencia está en declive, necesitamos saber qué causó el ascenso.
El historiador y antropólogo Emmanuel Todd, quien predijo la caída de la Unión Soviética en 1976, afirma que actualmente Occidente se está destruyendo a sí mismo más que por un ataque de Rusia. Señala que en el origen y en el desarrollo occidental no encontramos el mercado, la industria y la tecnología, sino una religión en particular, el protestantismo. Y esta religión, “que en gran medida dio a Occidente su fuerza económica, ha muerto” (2025, p. 22). En esa línea, el historiador Tom Holland (2025) sostiene que, en Occidente, y sobre todo en EE. UU., el cristianismo ha sido la fe dominante (p. 26). No obstante, una de las características esenciales de nuestra época, arguye Emmanuel Todd, es la desaparición del sustrato cristiano, fenómeno histórico crucial que explica la pulverización de las clases dirigentes norteamericanas. La extinción religiosa podría conducir a la desaparición de la moralidad social y del sentimiento colectivo (2025, pp. 22-23).
Desde su expansión, el protestantismo alfabetizó a las poblaciones que estaban bajo su control, porque todos los fieles debían tener acceso directo a las Sagradas Escrituras. Como consecuencia no intencionada de la exhortación de Martín Lutero de que todos supieran leer el Evangelio, los protestantes adquirieron habilidades de alfabetización que funcionaron como capital humano en el ámbito económico (Becker y Woessmann, 2009). De ese modo, una población alfabetizada estuvo en condiciones de protagonizar un desarrollo tecnológico y económico. Además, el protestantismo fue un motor para el desarrollo de los Estados-nación, puesto que dio a los pueblos una representación de sí mismos; es decir, una forma particular de conciencia colectiva. En efecto, al exigir que la Biblia se tradujera a la lengua vernácula, contribuyeron en gran medida a la formación de culturas nacionales y de Estados poderosos, belicosos y conscientes de sí mismos (Todd, 2025, pp. 110-111).
Samuel Huntington (1997) explica que, históricamente, la identidad estadounidense ha tenido dos componentes principales: cultura y credo. El primero ha sido el de los valores e instituciones de los colonos originales, que eran del norte de Europa, principalmente británicos y cristianos protestantes. En el segundo, la identidad estadounidense se ha basado en un conjunto de ideas y principios universales articulados en los documentos fundacionales: libertad, igualdad, democracia, constitucionalismo, liberalismo y gobierno limitado. Estos constituyen el “Credo Americano”. En consecuencia, estos componentes, junto al protestantismo, influyeron profundamente en el ascenso de EE. UU.
En mayo de este año, se celebró el Día Nacional de la Oración, donde el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, dedicó un discurso por el aniversario 250 de la Declaración de Independencia. Señaló que los padres fundadores pusieron su destino en manos de Dios, y afirmó: “No es casualidad que América, desde el principio, haya ocupado un lugar único y excepcional en la historia mundial. Nuestra fe… nos dice que vayamos y prediquemos el evangelio al mundo como testigo, y a todas las naciones hasta los confines de la tierra. De ese mando surgió América. Nuestra nación, más que ninguna otra en la historia, fue moldeada por esta idea cristiana. Pero el alma de nuestra nación siempre ha estado arraigada en una fe antigua” (Rubio, 2026).
En este discurso, Rubio se refirió directamente a la Declaración de Independencia como el fundamento del país. Redactada por Thomas Jefferson, la Declaración se publicó el 4 de julio de 1776 y proclamaba: “sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Y finaliza: “con absoluta confianza en la protección de la Divina Providencia, empeñamos nuestra vida, nuestra hacienda y nuestro sagrado honor” (National Archives, s.f.).
En su metodología, Emmanuel Todd (2025) describe que en EE. UU. ha habido un proceso de tres estadios de la religión: activo, zombi y cero. En la fase activa, la asistencia al servicio dominical es elevada. Durante la fase zombi, la práctica dominical comienza a desaparecer, pero los ritos cristianos continúan (bautismo, matrimonio y funeral). La fase cero se caracteriza por su pérdida de fuerza social y la desaparición del bautismo (p. 122).
Actualmente EE. UU. se encuentra en la fase zombi (caminando hacia la fase cero), una sociedad en que la afiliación y la práctica religiosa ha decaído, pero los valores sociales de la religión persisten, al igual que sus ritos. En esa línea, la extinción religiosa podría conducir a la desaparición de la moralidad social, nacional y al sentimiento colectivo.
Para ponerlo en perspectiva, en el siglo XIX, cuando Alexis de Tocqueville llegó a América, observó la cultura religiosa que había en el país y su condición de igualdad que, según él, era el motor de regímenes democráticos. En gran medida, se debe a que los americanos creían y aceptaban afirmación de la Declaración de Independencia: “todos los hombres son creado iguales”.
De este modo, Tocqueville apuntó a la religión no sólo para justificar el sacrificio supremo, sino también para combatir el materialismo y el individualismo. La enseñanza materialista señala que todo es reducible a la materia y la vida perece con el cuerpo. En contraste, nos dice Tocqueville, la religión despierta el uso de las facultades más sublimes del hombre, y esto sirve para recordar sus obligaciones mutuas y suprimir las preocupaciones individualistas. Por consiguiente, arguye, la religión aporta esas creencias compartidas que son las que mantienen unida a la sociedad; creencias como la naturaleza de Dios, el alma y la obligación de los hombres para con los demás, el Estado, del que forman parte (Zetterbaum, 1993, p. 733).
No obstante, ha habido un descenso a largo plazo en los porcentajes de estadounidenses que se identifican con una religión. Un informe de Pew Research Center encontró que, en 2007, el 78% de los adultos estadounidenses se identificaban como cristianos. Esa cifra fue bajando de forma constante y se situó en el 71%, en 2014. Entre 2023 y 2024, el 62% de los adultos estadounidenses se identifican como cristianos. Los estadounidenses jóvenes siguen siendo mucho menos religiosos que los adultos mayores y tienen menos probabilidades de identificarse como cristianos (46% frente a 80%) o de asistir a servicios religiosos al menos una vez al mes (25% frente a 49%) (Smith et al., 2025).
El politólogo Robert Putnam, ha argumentado que el declive de la religión organizada forma parte de un cambio más amplio de los estadounidenses hacia vidas cada vez más aisladas, con menos oportunidades para crear conexiones interpersonales y construir confianza entre diferentes tipos de personas (Silver et al., 2025). Asimismo, Tocqueville arguyó que la cualidad atomística de las democracias está impulsada por la difusión del individualismo, que rompe los nexos políticos y sociales que unían a los hombres (Zetterbaum, 1993, p. 719). Según Todd, para aceptar plenamente la idea de que hoy la sociedad estadounidense está marcada la vía que conduce a la atomización social, es indispensable el concepto de nihilismo, debido a la constatación de que los valores y el comportamiento de la sociedad actual son fundamentalmente negativos (2025, p. 192).
Una encuesta realizada en 24 países halló que los estadounidenses tienen menos probabilidades de sentirse cercanos a otros en su país y comunidad. Aquí, la religión jugó un papel importante. Los estadounidenses sin afiliación religiosa (51%) tienen muchas menos probabilidades que sus homólogos afiliados (73%) de sentirse cercanos a otros en EE. UU. Además, los estadounidenses sin afiliación religiosa (43%) tienen menos probabilidades que aquellos de afiliación religiosa (60%) a sentirse conectados con otros en su comunidad local (Fetterold y Kramer, 2024).
La confianza de los estadounidenses en el gobierno federal ha ido bajando durante décadas. Tras los atentados del 11 de septiembre, la confianza empezó a decaer durante el mandato del expresidente George W. Bush y no se ha recuperado desde entonces (Deane, 2024). Además, los estadounidenses también han perdido la confianza entre sí y en instituciones como el gobierno federal, ambos partidos políticos importantes, los medios de comunicación, las universidades y colegios. Al comenzar el 2026, en una encuesta, el 29% de los adultos estadounidenses dijo estar satisfecho con cómo iban las cosas en el país, mientras que el 69% estaba insatisfecho (Smith et al., 2026).
Por otro lado, un informe halló que hay una relación entre la religión con el compromiso cívico. En EE. UU. y otros países, las personas que participan en una congregación tienden a estar comprometidas cívicamente en comparación con los adultos no afiliados a una religión o los miembros inactivos de grupos religiosos (Pew Research Center, 2019). Por tanto, los niveles generales de confianza social parecen ir de la mano con muchas características de una sociedad sana, creando un “círculo virtuoso”. Una mayor confianza se asocia a instituciones democráticas que funcionan mejor. Por ejemplo, la economía está relacionada con la confianza de que otras personas respetarán los contratos, pagarán los préstamos y se comportarán con honestidad.
Sin embargo, los estadounidenses confían menos entre sí que hace unas décadas (Silver et al., 2025). La variable religiosa ha jugado un papel esencial desde los cimientos de EE. UU. para dar unidad, confianza y propósito a la nación; no obstante, su influencia se ha disminuido notablemente y, a pesar de los últimos esfuerzos del gobierno por revertirlo, el proceso está avanzado. Ello ha desencadenado una división social y en una menor confianza en el país. Y al romper esta confianza, se va fragmentando la sociedad hasta el punto de polarizarse.
3. División nacional
Los partidos republicanos y demócratas están ahora más separados que hace unas décadas, tanto en valores políticos como en características demográficas. En ambos bandos, las opiniones del partido contrario y de sus partidarios se han vuelto más negativas, lo que puede contribuir al descenso de la confianza social. Por consiguiente, la polarización política puede hacer que la gente crea que comparte menos cosas en común con sus conciudadanos y reforzar una visión de “nosotros contra ellos” (Silver et al., 2025).
En The Atlantic, Jonathan Haidt (2022) describió el panorama de EE. UU. desde los años 2010 como una Torre de Babel. La América roja y la América azul se están convirtiendo en dos países diferentes que reclaman el mismo territorio, con dos versiones distintas de la Constitución, la economía y la historia americana. En ese sentido, afirma: “Estamos desorientados, incapaces de hablar el mismo idioma o reconocer la misma verdad. Estamos desconectados unos de otros y del pasado. Babel es una historia sobre la fragmentación de todo. Se trata de la ruptura de todo lo que parecía sólido, la dispersión de personas que habían sido una comunidad. Es una metáfora de lo que ocurre dentro de la izquierda y la derecha, así como en universidades, empresas, asociaciones profesionales e incluso familias” (Haidt, 2022).
En los últimos años, la polarización y desconfianza ya ha permeado en la sociedad. Según encuestas del Pew Research Center en 25 países, los estadounidenses tienen más probabilidades que las personas de otros países de cuestionar la moralidad de sus compatriotas. EE. UU. es el único lugar en que los encuestados más adultos (18 años o más) describen la moralidad de los que viven en su país como malas (53%) más que como buenas (47%) (Evans et al., 2026).
Aunque esta polarización es un fenómeno nacional, probablemente se refuerza por el hecho de que muchos estadounidenses viven en lugares con pocas oportunidades de interactuar de forma significativa con alguien del partido opuesto. Esto se ve reforzado por el uso de las redes sociales, donde algunos de los males que se infunden en internet y las pantallas distraen de las interacciones cara a cara, aumentando el aislamiento y la soledad (Silver et al., 2025).
En consecuencia, EE. UU. sufre una desconfianza nacional que ha ido escalando hasta polarizarse. En contraste, Rusia se ha esforzado por mantener los fundamentos históricos de su nación para fortalecer la unidad interna. En ese sentido, Todd afirmó que ninguna amenaza rusa desestabiliza el equilibrio mundial. Es una crisis occidental, y más concretamente, una crisis terminal estadounidense la que pone en peligro el equilibrio del planeta. Sus ondas más periféricas se han topado con un rompeolas ruso, un Estado-nación clásico y conservador (2025, p. 14).
4. El fundamento Rusia
Si bien Rusia y EE. UU. son potencias rivales, comparten fundamentos similares desde sus orígenes donde han depositado la confianza de su nación. Mientras que Rusia adoptó el cristianismo ortodoxo de oriente, EE. UU. adoptó culturalmente el cristianismo protestante. Sin embargo, han seguido rumbos distintos. Mientras que el protestantismo fue perdiendo fuerza social y política en EE. UU., la Iglesia Ortodoxa fue ganando terreno social y político en Rusia.
La Iglesia Ortodoxa Rusa es un importante ente de reconocimiento común entre los rusos que ha aportado valores, creencias, instituciones y estructuras sociales e influencias políticas en la construcción no sólo de la identidad rusa en su historia, sino que también ha incidido, hasta cierto grado, en la propia estructura del Estado (Bravo, 2003).
La religión ha desempeñado un papel esencial en la vida social y espiritual de la Rusia contemporánea. La mayoría de la población creyente del país profesa la fe cristiana ortodoxa. Rusia fue cristianizada según el rito bizantino en el año 988 d.C. durante el gobierno del Príncipe de Kiev, Vladimiro, y el bautizo masivo de Rus de Kiev. En consecuencia, durante siglos el cristianismo ortodoxo fue la religión dominante en Rusia, contribuyendo a los cimientos de su identidad y unidad.
A principios del siglo XX, esto comenzó a cambiar tras la Revolución Bolchevique de 1917 y la imposición del ateísmo patrocinado por el Estado. Sin embargo, tras el colapso de la Unión Soviética, el expresidente Boris Yeltsin se involucró en el proceso de construcción nacional. Y, como había rechazado la ideología soviética, se vio obligado a encontrar un “pasado útil” para unir una herencia rusa. De esa manera, devolvió edificios y propiedades religiosas a la Iglesia y asistió públicamente a los servicios religiosos.
Por su parte, el Patriarca Alejo II se dedicó a obras benéficas, a actividades educativas y patrióticas. Además, firmó diversos acuerdos políticos con el ministerio de defensa y el ministerio de educación (Canna, s.f.). Tras el fallecimiento del Patriarca, el Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación de Rusia (2008) destacó que Alejo II, con su aspiración a la unidad, personificó el renacimiento espiritual de Rusia. “Su Santidad”, afirma el Ministerio, “siempre quedará en la memoria como ejecutor de la gran hazaña: la unificación de las dos partes de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Este gran evento unificó dos partes del alma única de todo el pueblo ruso”.
Como resultado de estos esfuerzos, desde la caída de la Unión Soviética, hubo un aumento de la afiliación al cristianismo ortodoxo en Rusia. Entre 1991 y 2008, la proporción de adultos rusos que se identificaban como cristianos ortodoxos aumentó del 31% al 72%. Además, los adultos rusos que dijeron ser “algo” religiosos, aumentó del 11% en 1991 al 54% en 2008 (Pew Research Center, 2014).
Estos elementos de la tradición rusa fueron esenciales para el fortalecimiento de la unidad nacional en la era post soviética. En un discurso, el presidente Vladimir Putin (2007) afirmó que la unidad espiritual del pueblo y los valores morales que los unen son un factor importante para el desarrollo, como la estabilidad política y económica, y alcanzar objetivos nacionales. En esa línea, declaró: “Solo podremos alcanzar nuestros objetivos si mantenemos el respeto por nuestra lengua materna, por nuestros valores culturales únicos, por la memoria de nuestros antepasados y por cada página de la historia de nuestro país. Este tesoro nacional es la base para fortalecer la unidad y soberanía de nuestro país” (Putin, 2007).
En el Club Internacional de Discusión Valdai, Putin señaló que es imposible para un país avanzar sin autodeterminación espiritual, cultural y nacional. De este modo, continuó: “Lo principal que determinará el éxito es la calidad de los ciudadanos, la calidad de la sociedad: su fortaleza intelectual, espiritual y moral. Al fin y al cabo, el crecimiento económico, la prosperidad y la influencia geopolítica derivan de las condiciones sociales” (Putin, 2013).
Este año, Putin indicó que es esencial preservar la armonía religiosa y la unidad de Rusia. Por su parte, el Patriarca Kirill en una reunión con Putin, destacó que el presidente entiende la importancia del factor religioso, puesto que, a lo largo de la historia, la religión siempre ha estado entre las fuerzas más poderosas que moldean la sociedad. Cuando los argumentos ideológicos pierden su influencia, afirma el Patriarca, siempre es la religión la que ayuda a unir a las personas e inspirar resistencia contra enemigos. Y ante el presidente Putin, declaró: “Rusia ha preservado sus creencias religiosas y fundamentos espirituales. No deseo comparar nuestro país con otros, pero Rusia representa un ejemplo único de una civilización moderna que no ha renunciado a su historia, tradiciones ni fe” (Kremlin, 2026).
Como resultado de estos esfuerzos políticos y religiosos en fortalecer la unidad nacional, en Rusia, Putin fue y sigue siendo muy popular, según encuestas del Pew Research Center y otros. En general, tres de cada cuatro rusos (75%) expresaron confianza en Putin para hacer lo correcto en los asuntos mundiales (Morin et al., 2006). Esta confianza y popularidad se debe en gran medida por representar a la tradición del país. Como señaló Emmanuel Todd, el “sistema Putin” es estable porque es producto de la historia rusa y no obra de un solo hombre (2025, p. 50).
El Estado ruso, con una historia milenaria, representa la capacidad política de su pueblo y de su nación, de fortalecerse de sus recursos religiosos, considerados como elementos fundamentales para garantizar la continuidad y el desarrollo de Rusia durante el siglo XXI. Por tanto, el fortalecimiento y la confianza nacional, también se refleja en el desempeño de la política mundial.
5. Relaciones Internacionales
EE. UU. no solo ha sufrido una desconfianza interna, sino también mundial. Esto puede ser muy perjudicial, puesto que es una potencia hegemónica y arquitecto del sistema internacional. Una encuesta en 36 países revela un descenso en las valoraciones de EE. UU. en medio de crecientes preocupaciones sobre su política exterior y en su democracia. Estas valoraciones son en gran medida negativas y siguen disminuyendo. En muchos países, la confianza en Trump sigue cayendo desde el año pasado (Wike et al., 2026).
La división nacional y la falta de un propósito común, el poder y la economía se convierten en un fin en sí mismo. En ese sentido, Emmanuel Todd (2025) utiliza el concepto de nihilismo para describir el panorama político actual de EE. UU., y afirma: “En el ámbito del pensamiento y de las ideas hay un peligroso vacío, con el dinero y el poder como obsesiones residuales. Y estos no pueden ser ni fines en sí ni valores. Este vacío induce una propensión a la autodestrucción, al militarismo, a una negatividad endémica, en resumen, al nihilismo” (p. 193).
Samuel Huntington (1997) sostiene que, sin una cultura común subyacente, los principios son una base frágil para la unidad nacional. La política y los intereses internos siempre han influido inevitablemente en la política exterior. Las fuentes duales de identidad estadounidense (cultura y credo) están estrechamente relacionadas. El credo era un producto de la cultura. Sin embargo, el fin de la Guerra Fría y los cambios sociales, intelectuales y demográficos en la sociedad estadounidense han puesto en duda la validez y relevancia de ambos componentes tradicionales de la identidad estadounidense. Sin un sentido seguro de identidad nacional, los estadounidenses se han vuelto incapaces de definir sus intereses nacionales (Huntington, 1997).
Un interés nacional es un bien público que preocupa a todos o a la mayoría de los estadounidenses. Por ejemplo, durante la Guerra Fría, la Unión Soviética y el comunismo fueron percibidos como amenazas tanto para la seguridad estadounidense como para los valores estadounidenses. Existía una coincidencia entre las exigencias de la política de poder y las exigencias de la moralidad. Por tanto, el amplio apoyo público reforzó los esfuerzos del gobierno para derrotar al comunismo (Huntington, 1997).
Ahora bien, la necesidad no es encontrar el poder para servir a los fines estadounidenses, sino encontrar propósitos para el uso del poder estadounidense. Esta necesidad, arguye Huntington, ha llevado al ‘establishment’ de la política exterior estadounidense a buscar frenéticamente nuevos propósitos que justifiquen un papel continuado de EE. UU. en los asuntos mundiales comparable al de la Guerra Fría. Y la guerra de Ucrania es un ejemplo de esta falta de propósito.
6. Ucrania
Para EE. UU., Ucrania es un país estratégico para la seguridad de Europa y contener una posible expansión rusa. Por su parte, Vladimir Putin ha declarado que Ucrania es parte de la historia de Rusia. Meses antes de la invasión a Ucrania, Putin (2021) escribió un artículo argumentando que ambos países tienen lazos espirituales y civilizatorios que se formaron durante siglos, y tienen sus orígenes en las mismas fuentes; es decir, son descendientes de la antigua Rus. Y afirma: “Tribus eslavas y otras a lo largo del vasto territorio – desde Ladoga, Novgorod y Pskov hasta Kiev y Chernígov – estaban unidos por un solo idioma (al que ahora llamamos ruso antiguo), lazos económicos, el gobierno de los príncipes de la dinastía Rurik y – después el bautismo de la Rus – la fe ortodoxa. La elección espiritual hecha por San Vladímir, que era tanto príncipe de Novgorod como gran príncipe de Kiev, aun así, determina en gran medida nuestra afinidad hoy en día” (Putin, 2021).
Después de la invasión a Ucrania, la Iglesia Ortodoxa Rusa emitió un comunicado señalando que el pueblo ruso defiende su vida, condición de Estado, identidad civilizatoria, religiosa y nacional. “Desde un punto de vista espiritual y moral”, escribieron, “la operación militar especial es una Guerra Santa”. Las fronteras del mundo ruso como fenómeno espiritual, cultural y civilizatorio son mucho más amplias que las fronteras estatales. Así, “la reunificación del pueblo ruso debería convertirse en una de las prioridades de la política exterior rusa” (Patriarchia, 2024).
No obstante, el ataque de Rusia también tuvo un objetivo de seguridad nacional. En ese sentido, John Mearsheimer (2022) señaló que EE. UU. ha impulsado políticas hacia Ucrania que Putin y sus colegas ven como una amenaza existencial para su país, un punto que han repetido por varios años; es decir, los intentos de EE. UU. por incorporar a Ucrania a la OTAN y convertirla en un baluarte occidental en la frontera rusa. La administración Biden no quiso eliminar esa amenaza mediante la diplomacia y, de hecho, se comprometió de nuevo a incorporar a Ucrania a la OTAN en 2021. Por tanto, Putin respondió invadiendo Ucrania el 24 de febrero de 2022.
Así pues, la administración Biden ha subrayado que su objetivo no ha sido solo derrotar a los rusos en Ucrania, sino también utilizar las sanciones para provocar daños graves a la economía rusa. El exsecretario de Defensa, Lloyd Austin, enfatizó que el objetivo de Occidente es debilitar a Rusia hasta el punto de que no pueda invadir Ucrania de nuevo (Mearsheimer, 2022). Así, EE. UU. junto a la Unión Europea acordaron excluir a varios bancos rusos del sistema internacional de mensajerías de pagos SWIFT. Sin embargo, los rusos se habían adaptado a las sanciones de 2014 y se prepararon para ser autónomos en los ámbitos informático y bancario (Todd, 2025, p. 11).
Los argumentos históricos de las autoridades rusas para invadir Ucrania tuvieron buena recepción en la población de Rusia. La propia invasión impulsó la popularidad de Putin en casa de alrededor del 70% al 83% en marzo de 2022. La proporción de la población rusa que apoya al presidente también se ha mantenido por encima del 80% durante la mayor parte del periodo entre 2014 y 2018. En abril de 2014, tras la anexión de Crimea por parte de Rusia, la aprobación de Putin subió al 82% (Buchholz, 2023).
Por otro lado, la confianza ha disminuido en EE. UU. los últimos meses sobre su apoyo a Ucrania. Alrededor de tres de cada 10 estadounidenses en general (32%) están muy o algo confiados en que Trump puede tomar buenas decisiones sobre la guerra, frente al 40% de agosto de 2025. La confianza ha disminuido tanto entre los republicanos (-13 puntos porcentuales) como entre los demócratas (-4 puntos) durante este periodo (Fagan et al., 2026).
Además, la mayoría de los países expresa poca o ninguna confianza en la capacidad de Trump para abordar asuntos como la guerra entre Rusia y Ucrania, y las relaciones entre EE. UU. y China. En una encuesta de 24 países, nueve de 11 aliados de la OTAN, aproximadamente seis de cada diez adultos o más, dicen no confiar en la gestión de Trump sobre la guerra entre Rusia y Ucrania. La confianza es baja en los países vecinos México y Canadá, así como muchos países europeos. En general, la gente tiende a decir que no tiene confianza en Trump en este tema (Wike et al., 2025).
A diferencia de EE. UU., Rusia tiene un propósito histórico en sus decisiones, algo que ha llevado al aumento de popularidad de Putin a lo largo de los años. En mayo de 2026, el 79% de los rusos aprobó las actividades del presidente ruso (Statista Research Department, 2026). Por otro lado, alrededor del 40% de los adultos estadounidenses aprobaba la forma en que Donald Trump estaba desempeñando su cargo como presidente (Statista Research Department, 2026a). En consecuencia, EE. UU. perdió confianza tanto en los temas internos del país como en las relaciones internacionales, y eso afecta en un área donde la confianza es la base de su hegemonía: el dólar.
7. El dominio del dólar
Cuando el expresidente Richard Nixon eliminó la convertibilidad del dólar en oro, pasó a ser una moneda fiduciaria, donde su valor depende de la confianza en el gobierno emisor y en su estabilidad económica. Así, EE. UU. puede endeudarse a gran escala, el llamado “privilegio exorbitante” de poseer la principal moneda de reserva mundial, basada en la confianza internacional. Sin embargo, los déficits persistentes, el aumento de la deuda y la inestabilidad geopolítica ponen a prueba esa confianza, donde las consecuencias serían profundas, como un dólar más débil y una disminución de la influencia global.
El historiador Niall Ferguson lo simplifica con la Ley de Ferguson (por Adam Ferguson), es decir, “cualquier gran potencia que gaste más en el servicio de la deuda que en defensa corre el riesgo de dejar de ser una gran potencia” (Kempe, 2026). Esto es algo que actualmente está pasando con EE. UU., el pago de intereses de deuda superó al gasto en defensa. Por consiguiente, para financiar el gasto público, EE. UU. emite su deuda en su propia moneda que controla y que sigue siendo el ancla del sistema financiero global. Los gobiernos continúan comprando bonos del Tesoro de EE. UU., beneficiándose de la confianza que el mundo ha depositado en sus instituciones, su cultura innovadora, su clima de inversión y su notable capacidad para autocorregirse (Kempe, 2026).
No obstante, en tiempos de turbulencia geopolítica instigada por EE. UU., la confianza internacional en el dólar ha ido disminuyendo. Una mediana del 67% en 24 países indica que carecen de confianza en Trump para gestionar los problemas económicos globales (Wike et al., 2025). Esta pérdida de confianza se está convirtiendo en un problema, sobre todo porque EE. UU. es el país que tiene la deuda más alta en el mundo.
La deuda nacional es el monto total de los préstamos pendientes del Gobierno Federal de EE. UU. acumulados a lo largo de la historia del país. La ratio deuda/PIB de EE. UU. superó el 100% en 2013, cuando tanto la deuda como el PIB rondaban los 16.7 billones de dólares. El PIB promedio para el año fiscal 2025 fue de 30.36 billones de dólares, cifra inferior a la deuda estadounidense de 37.64 billones de dólares. Esto resultó en una relación deuda/PIB del 124%. En general, una relación deuda/PIB más alta indica que un gobierno tendrá mayores dificultades para pagar su deuda (Fiscal Data, 2026).
Ahora bien, uno de los países que más compra bonos del Tesoro de EE. UU. es Japón, y tiene una relación deuda/PIB sobre el 200%. La mayor parte de su deuda está en manos de inversores japoneses y del banco central. Esto significa que el país no depende de capital extranjero para financiarse y es inmune a las fugas de capital internacional. En 2023, su deuda pública alcanzó los 9.2 billones de dólares, es decir, el 266% de su PIB, la más alta entre las principales economías. Sin embargo, pese a esta gran deuda pública, los inversores internacionales siguen confiando en el país y cada año le prestan dinero a través de compras de su deuda.
La razón de que la deuda de Japón haya sido sostenible en el tiempo y no haya caído en default, es que el país ha conseguido mantener la rentabilidad de los bonos del gobierno y una alta confianza de los mercados. Hay inversores que prefieren la estabilidad a la rentabilidad y por eso optan por Japón para colocar sus excesos de ahorros. Además, la mayor parte de la deuda de Japón no está denominada en moneda extranjera sino en yenes. Esto hace que su banco central esté menos expuesto a las turbulencias de los mercados internacionales. De hecho, el 90% de la deuda está en manos de inversores japoneses (Orgaz, 2023).
El mundo se dolarizó en forma de bonos del Tesoro estadounidenses y en el uso mundial del dólar, puesto que las transacciones, la moneda y los dólares bancarios son más líquidos como medio de intercambio. No obstante, en los últimos años, el verdadero retorno de los bonos del Tesoro estadounidense ha sido negativo (Connolly et al., 2026). El oro, en cambio, es el vehículo preferido para la desdolarización activa.
En gran medida, esto se explica por la inestabilidad geopolítica y económica del gobierno emisor. Las sanciones y congelaciones de activos, los rendimientos reales negativos de los bonos del Tesoro y los movimientos relativos del dólar han coincidido con renovados esfuerzos de diversificación, especialmente entre las economías de los BRICS. De este modo, el aumento del riesgo de sanciones desplaza sistemáticamente las asignaciones de activos tradicionales seguros como los bonos del Tesoro estadounidense hacia activos “resistentes a sanciones” como el oro (Connolly et al., 2026).

Figura 1: Reservas de dólares y oro de bancos centrales entre 2015 y 2025 (Connolly et al., 2026).
Como se puede observar en la Figura 1, la confianza en el dólar ha disminuido en los países de la tabla. El oro ofrece propiedades de cobertura únicas frente al riesgo geopolítico. Para las economías de mercados emergentes (los principales motores de la desdolarización) acumular oro sirve como una doble estrategia: para protegerse frente a sanciones multilaterales y la volatilidad macroeconómica. Por tanto, desde una perspectiva estratégica, el oro sirve como un “fondo de guerra” que señala la fortaleza nacional e independencia (Connolly et al., 2026).
Cuando EE. UU. junto a la Unión Europea acordaron excluir a varios bancos rusos del SWIFT, la medida entregó una clara señal de desconfianza al mundo: el dólar está siendo usada como un arma financiera. En consecuencia, distintos países han incrementado sus reservas de oros en lugar de dólares. Rusia se desdolarizó activamente debido a las sanciones y la congelación de activos en febrero de 2022. Por su parte, China ha ido desdolarizándose gradualmente desde 2014, pero se ha acelerado desde las sanciones rusas, incluyendo tanto la venta de bonos del Tesoro estadounidense como la compra neta de oro (Connolly et al., 2026).
Por otro lado, se han impulsado iniciativas como BRICS Pay, que es un sistema de pagos digitales transfronterizo desarrollado por los países del BRICS. Esto implica que el comercio entre sus miembros se puede realizar en reales, rublos, rupias, yuanes o rand, con el sistema gestionando la conversión, compensación y liquidación sin enrutar transacciones a través del dólar estadounidense. La iniciativa forma parte de un esfuerzo estratégico más amplio para reducir la dependencia del dólar y fortalecer la soberanía financiera (BRICS, 2026).
Si bien el dólar está perdiendo parte de su atractivo debido a la inflación y las sanciones, tiene poder de permanencia. Se necesitarían décadas para destronar la moneda global. No hay alternativas inmediatas. Sin embargo, la pérdida de confianza ya se ha establecido y se marcó un rumbo intencional hacia la desdolarización. Como consecuencia, Donald Trump se ha opuesto a las alternativas financieras de los BRICS, ya que los países del bloque están reduciendo su dependencia del dólar mediante el uso de monedas locales y la colaboración de instituciones financieras alternativas.
Cuando se desarrolló la cumbre BRICS 2025, Trump señaló que el bloque estaba intentando destruir el dólar para que otro país pueda tomar el control y ser el estándar. En ese contexto, declaró: “si perdemos el estándar mundial del dólar, sería como perder una gran guerra mundial, ya no seríamos el mismo país. No vamos a permitir que eso ocurra” (Messerly et al., 2025). Por tanto, mientras que para EE. UU. el proceso de desdolarización es una amenaza a su hegemonía, para los países emergentes es una opción vital para la estabilidad económica y geopolítica, libres de sanciones.
En la reciente reunión entre los presidentes Xi Jinping y Vladimir Putin, firmaron una declaración en conjunto que abogaban por un mundo multipolar y un nuevo tipo de relaciones internacionales. Por su parte, la Iglesia Ortodoxa Rusa indicó que Rusia debería convertirse en uno de los principales centros del mundo multipolar, liderando los procesos de integración y garantizando la seguridad y el desarrollo en todo el espacio postsoviético (Patriarchia, 2024).
Por otro lado, hace 10 años, en el Foro Económico Mundial se señaló que el panorama político en el 2030 no habría una sola fuerza hegemónica, sino un puñado de países que exhibirían tendencias semiimperiales (Muggah, 2016). Es decir, el poder mundial estará descentralizado. En consecuencia, el mundo está transitando hacia un orden multipolar, contribuyendo a la posibilidad de establecer un sistema donde las decisiones sean tomadas entre distintas naciones o coaliciones regionales, dejando de lado la concentración de poder en una sola potencia.
8. Conclusión
El análisis desarrollado permite concluir que la confianza, la identidad y los valores compartidos constituyen elementos esenciales del poder nacional, al complementar las capacidades materiales que tradicionalmente explican la influencia de las grandes potencias. De este modo, se pudo observar que EE. UU., al abandonar parte de los fundamentos de sus orígenes, enfrenta una profunda crisis de confianza, una disminución de la unidad social y un aumento de la polarización política. En contraste, Rusia ha procurado fortalecer la unidad nacional mediante sus fundamentos históricos y religiosos como parte de su política, tanto interna como internacional. En síntesis, la confianza constituye un elemento esencial del poder nacional, y su fragmentación podría explicar parte del declive relativo de EE. UU.
En el escenario internacional, EE. UU., como potencia hegemónica, se ha enfrentado a la desconfianza mundial para atender problemas como la guerra de Ucrania. Además, las tensiones geopolíticas están provocando que el dominio del dólar pierda la confianza entre las principales economías buscando activos seguros como el oro; de este modo, hay una tendencia hacia la desdolarización. Por su parte, los países BRICS han buscado alternativas financieras para disminuir la dependencia del dólar y de los sistemas occidentales.
Al mismo tiempo, la consolidación de nuevos polos de poder evidencia una transformación gradual del orden internacional. En consecuencia, más allá de las diferencias políticas entre los países, este artículo sugiere que la legitimidad interna, la confianza colectiva y la existencia de un propósito nacional compartido, continúan siendo factores decisivos para la estabilidad de los Estados y para su capacidad de ejercer influencia en un escenario internacional cada vez más competitivo y multipolar.
