En su discurso de despedida ante la Asamblea General de las Naciones Unidas la semana pasada, António Guterres recordó su tiempo como secretario general. Según sus palabras, fue una década durante la cual las guerras:
“se prolongaron con una crueldad despreciable. Se atacó a civiles. Se pisotearon los derechos humanos. Se utilizó el hambre como arma. Se mató a trabajadores humanitarios. Se hizo a un lado el derecho internacional”.
Es cierto que Guterres y la ONU enfrentaron desafíos cada vez más difíciles durante su década en el cargo, pero mientras se prepara para dejarlo a finales de año, ¿cómo debería evaluarse su mandato?
Los desafíos extremos de la ONU
Actualmente hay 65 conflictos armados activos en el mundo, la cifra más alta desde 1946. Dos miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, Rusia y Estados Unidos, han iniciado guerras en violación de la Carta de la ONU. Mientras tanto, expertos en tecnología advierten ahora que la IA podría acabar con la humanidad. La aceleración del cambio climático también representa una amenaza existencial.
Ningún secretario general de la ONU podría resolver todas estas crisis. Pero las comparaciones históricas no favorecen a Guterres.
Líderes excepcionales del pasado
El segundo líder de la ONU, el sueco Dag Hammarskjöld, también ejerció su cargo durante una época de tensión mundial. A pesar de la Guerra Fría, estableció las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU antes de morir en un accidente aéreo en 1961 mientras intentaba negociar el fin de una sangrienta lucha secesionista en el Congo.
El séptimo jefe de la ONU, el ghanés Kofi Annan, utilizó su habilidad diplomática para implementar importantes reformas a principios de la década de 2000, que dieron lugar al establecimiento de:
- el Consejo de Derechos Humanos
- los “Objetivos de Desarrollo del Milenio”, destinados a reducir el hambre, la pobreza y las enfermedades, y
- nuevas normas globales como la “responsabilidad de proteger” a los civiles frente a atrocidades masivas.
Incluso el predecesor de Guterres, de carácter moderado, el surcoreano Ban Ki-moon, puso en marcha una agenda de “derechos humanos en primer plano” que instruía al personal de campo de la ONU a no dejarse limitar por el protocolo y a defender a quienes dependían de su protección para seguir con vida.
Todas estas iniciativas tuvieron lugar a pesar de que la ONU es una organización cautelosa y burocrática.
El legado de Guterres es menos impresionante
En cuanto a sus logros destacados, Guterres será recordado por negociar la Iniciativa de Granos del Mar Negro de 2022 entre Ucrania y Rusia, promover a más mujeres a puestos de alto nivel en la ONU, impulsar una vigorosa diplomacia climática e introducir una perspectiva global en los debates sobre las amenazas y oportunidades que plantea la IA.
Pero los puntos bajos han sido realmente abismales. Guterres se vio obligado a imponer recortes presupuestarios paralizantes, en gran medida debido a que Estados Unidos privó a las Naciones Unidas de US$4,000 millones en contribuciones.
El proceso de reforma “UN80” (“ONU80 en español), que Guterres puso en marcha en marzo de 2025 para reestructurar y agilizar la ONU con motivo de su 80º aniversario, parece estar más orientado a reducir la burocracia que a reorientar la visión moral de la organización. Cientos de empleados de la ONU han perdido sus puestos de trabajo y millones de personas en todo el mundo pasarán hambre debido a la falta de financiamiento humanitario.
Lo más trágico de todo es que Guterres no logró ayudar a poner fin a los conflictos en curso en Ucrania, Myanmar, Sudán y Gaza. Muchos críticos consideran que debería haber hecho más y señalan que Guterres nunca viajó a Myanmar, Sudán ni a varios otros importantes focos de crisis, donde su presencia habría enviado una poderosa señal política.
El ascenso de Guterres al máximo cargo de la ONU
Antes de llegar a la sede de la ONU en Nueva York, Guterres se desempeñó como primer ministro de Portugal (1995-2002) y posteriormente como alto comisionado de la ONU para los refugiados (2005-2015). Su candidatura a secretario general de la ONU se construyó en gran medida sobre su reputación como alto comisionado en Ginebra.
Bajo Guterres, la agencia de la ONU para los refugiados experimentó un profundo cambio estructural en respuesta a las emergencias humanitarias en Siria y otros lugares. Guterres era considerado un modernizador enérgico. Visitaba campos de refugiados y era considerado un defensor eficaz, aunque cauteloso, de las poblaciones más vulnerables del mundo.
Pero desde que Guterres fue nombrado secretario general en 2016, el número de personas desplazadas en todo el mundo por persecución, conflictos y atrocidades casi se duplicó, pasando de 65.6 millones a 118 millones. Esto incluye a 45 millones de niños que actualmente viven como refugiados o se refugian en una tienda de campaña junto a los escombros de su hogar.
Si bien Guterres no fue responsable de su sufrimiento, se mostró notablemente discreto en comparación con algunos de sus predecesores a la hora de impulsar soluciones diplomáticas a las crisis.
Aunque la creciente fricción entre los miembros permanentes con poder de veto del Consejo de Seguridad de la ONU (China, Francia, Rusia, Reino Unido y Estados Unidos) ha agravado esta precaria situación, Guterres ha aparecido como una voz cansada y marginal que pide compromiso.
Fue el destino de Guterres, pero no su culpa, ejercer como jefe de la ONU durante la época de Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping. A su manera, los tres dejaron de lado tanto a Guterres como a la ONU.
El incierto futuro de la ONU
Recuerdo una reunión con Guterres en algún momento de 2018 en la sede de la ONU en Nueva York. Había sido invitado, junto con varios otros representantes de alto nivel de la sociedad civil, para hablar sobre derechos humanos. Durante nuestra conversación, comenté que sería juzgado — como todos los líderes anteriores de la ONU — por su capacidad para proteger a los civiles y detener las atrocidades que conmocionan la conciencia de la humanidad. Asintió solemnemente. El veredicto de la historia será duro respecto al fracaso de Guterres en este ámbito.
Cuando deje el piso 38 del edificio de la ONU el 31 de diciembre y tome el ascensor hasta el vestíbulo de mármol verde, dejará atrás una ONU más frágil que en cualquier otro momento desde la caída del Muro de Berlín. Si la organización mundial ha de sobrevivir, el próximo secretario general de la ONU deberá hacer más para cerrar la brecha mortal entre las promesas y los resultados.
