Desde la primera elección presidencial democrática en Taiwán en 1996, las elecciones nacionales se han centrado en la identidad nacional y en las relaciones a futuro de la Isla con China. Sin embargo, en el presente, la mayoría de la población de Taiwán se identifica como taiwanés, en claro contraste con menos del 3% que se identifica únicamente como chino. Este cambio de identidad, entre otros factores como el trato de China a Hong Kong, provocó un enfoque más centrista por parte de los candidatos presidenciales a las elecciones de 2024, que centraron su compaña en la política interior. Las propuestas de política exterior de todos los candidatos coincidían en proteger la soberanía de Taiwán manteniendo el statu quo y rechazando la fórmula de unificación China de “un país, dos sistemas”. El Partido Progresista Democrático (PPD), históricamente independentista, suavizó su postura, mientras que la candidata del Kuomintang (KMT), Huo Yu-Ih, y el candidato del Partido Popular de Taiwán (PPTW), Ko Wen-je, abogaron por una postura más afín hacia China, pero sin mostrarse demasiado amigable. En las elecciones de 2024, marcadas por una robusta participación del 72% del electorado, Lai Ching-te, del PPD, se aseguró la presidencia con el 40% de los votos, pero Hou con 33% y Ko con 26% lo siguieron no muy lejanos. Ko fundó el PPTW en 2019 como una alternativa a los ya establecidos desde hace tiempo, KMT y PPD. Él pareció haber atraído a muchos jóvenes votantes, un grupo demográfico que tradicionalmente ha apoyado al PPD, especialmente a Tsai Ing-wen. Esto refleja probablemente la frustración de la generación más joven de Taiwán con los partidos establecidos, ya que se ven directamente afectados por los retos políticos más difíciles de Taiwán, incluyendo la sustentabilidad, la política de vivienda y la movilidad. Los tres candidatos pusieron sobre la mesa problemas nacionales como la vivienda inasequible, el estancamiento de los salarios, el envejecimiento de la población, la inseguridad energética y la insostenibilidad de las prestaciones sociales, éstos, derivados de la trampa de los altos ingresos de Taiwán. Sin embargo, los candidatos tuvieron distintos planteamientos para abordar y financiar dichos retos. Por ejemplo, Lai desea avanzar en la política de la administración de Tsai sobre la eliminación progresiva de la energía nuclear para 2025, mientras que el KMT y el PPTW insisten en ampliar la vida útil de los reactores nucleares de Taiwán para satisfacer las crecientes necesidades energéticas del país. Estas divisiones y desacuerdos entre partidos políticos son significativos porque, a pesar de que el PPD ganó la presidencia para un tercer mandato sin precedentes, perdió la mayoría, que por ocho años había mantenido en el Yuan Legislativo (el PPD ganó cincuenta y un escaños, el KMT ganó cincuenta y dos, el PPTW ganó ocho, y los independientes pro-KMT ganaron dos). La administración de Lai, por lo tanto, tendrá un mandato más débil para promulgar sus políticas. Además, como ninguno de los partidos alcanzó el mínimo de cincuenta y siete escaños necesarios para aprobar leyes por mayoría, las iniciativas políticas tardarán inevitablemente más tiempo en aprobarse, si es que llegan a aprobarse. De este modo, las elecciones pusieron de manifiesto las nuevas líneas divisorias generacionales y socioeconómicas. Al permitir que el PPD obtuviera el control de los poderes ejecutivo y legislativo en 2016 y 2020, los votantes esperaban que el partido no solo salvaguardara la autonomía de Taiwán, sino que también hiciera de Taiwán una sociedad más prospera y saludable. Este resultado de no conceder al PPD la mayoría legislativa refleja probablemente la insatisfacción del electorado con la gobernanza del PPD junto con la demanda de una mayor responsabilidad gubernamental y reformas tangibles. Muchos de los problemas internos de Taiwán son relacionados a su trampa de altos ingresos, éstos serán difíciles de resolver sin una fuerte voluntad política o cooperación partidista. Por otro lado, el sistema sanitario de Taiwán, a pesar de su asequibilidad y accesibilidad, es insostenible desde el punto de vista financiero, agravado aún más por el rápido envejecimiento de la población. Los tres partidos deberán ponerse de acuerdo sobre como garantizar los recursos financieros y laborales necesarios. Todos estos retos suscitan la pregunta: ¿Podrán los partidos políticos de Taiwán superar sus diferencias y cumplir sus promesas? Pekín, por su parte, podría alegrarse de ver un gobierno taiwanés mas polarizado e ineficaz. Tres décadas de gobierno democrático en Taiwán no han hecho sino aumentar la brecha entre Taipéi y Pekín. Cuando Tsai Ing-wen accedió al poder en 2016, Pekín cerró los canales oficiales de comunicación, siguió aislando a Taiwán en la sociedad internacional, incitó a 10 países a cambiar sus relaciones diplomáticas de Taiwán a China (Nauru lo hizo apenas dos días después de las elecciones de 2024), e intensificó su guerra de zonas grises. Sin embargo, la reacción inmediata de Pekín a las elecciones ha sido sorpresivamente moderada. Esta desviación de la norma podría indicar que Pekín ha empezado a reconocer los limites de las meras medidas coercitivas para ganarse el favor del pueblo taiwanés. Además de continuar con la coerción económica, la guerra en la zona gris, y las campañas desinformativas, Pekín tendrá que recalibrar su estrategia para que su política con Taiwán funcione. Los años siguientes pondrán a prueba las capacidades de Pekín y Taiwán para gestionar sus relaciones a ambos lados del Estrecho. Mientras tanto, la sociedad taiwanesa se ha vuelto cada vez más escéptica respecto a los Estados Unidos, que ha ido estrechando su relación política con Taiwán, pero sin mejorar su posición internacional ni ofrecerle beneficios económicos tangibles. En medio de las crecientes tensiones con China, Estados Unidos ha dedicado un considerable capital político a su relación con Taiwán mediante la venta de armas y paquetes de defensa. Sin embargo, el aumento del número de visitas oficiales a Taiwán se ha percibido en gran medida como simbólico. Aunque en junio de 2023 se firmó un acuerdo comercial bilateral inicial en el marco de la Iniciativa Estados Unidos-Taiwán sobre el comercio en el Siglo XXI, éste no provee a Taiwán ningún acceso real al mercado estadounidense. Además, las políticas estadounidenses destinadas a contener la expansión económica y tecnológica de China, especialmente en la industria de los semiconductores, sigue afectando negativamente a Taiwán, que depende en gran medida del sector de las tecnologías de la información y la comunicación para su crecimiento económico. En consecuencia, las empresas taiwanesas de semiconductores se sienten presionadas por la política estadounidense. Los próximos cuatro años pondrán a prueba la resiliencia de Taiwán como democracia frente a la rivalidad geopolítica, la crisis climática, la diminución de las perspectivas socioeconómicas, y el envejecimiento de la sociedad, todo esto mientras son guiados por un gobierno dividido. La falta de una mayoría partidista en el Yuan Legislativo aumentará la responsabilidad del gobierno en la rendición de cuentas, pero con el riesgo de un bloqueo legislativo. Esto podría complicar aún más los esfuerzos de Taiwán por impulsar reformas y equilibrar sus intereses entre China y Estados Unidos. Lo que está en juego es mucho para China y Estados Unidos, pero aún más para el pueblo de Taiwán.
