Mucha saliva y tinta se han gastado en los últimos días para criticar el comportamiento que el presidente Lula da Silva ha mantenido en la escena internacional. En efecto, aunque uno de los pilares del Estado democrático de derecho, que sigue vigente en Brasil sólo gracias al regreso de Lula a la presidencia, es la libertad de expresión. Gran parte de estas críticas se basan en una lectura errónea (o politizada) de la historia de la política exterior del país, de lo que Lula hizo realmente en sus dos primeros mandatos a principios de la década de 2000, así como de lo que Lula persigue actualmente en la escena internacional.
Brasil ha apoyado históricamente el multilateralismo, la resolución pacífica, y el derecho de autodeterminación de todos los pueblos. Mientras Lula haya causado cierta controversia en declaraciones recientes, o incluso en algunas iniciativas diplomáticas, nada de esto contradice la tradición brasileña de defender principios universales y, al mismo tiempo, utilizar la política exterior para promover el desarrollo y el posicionamiento del país.
Incluso antes de recuperar la silla presidencial, Lula fue elogiado por su defensa de vías multilaterales y cooperativas para afrontar la crisis climática en la COP-27 de 2022 en Egipto. Del mismo modo, al asumir su nuevo gobierno en enero de 2023, Lula buscó revivir la política exterior que tantos frutos le dio durante su primera gestión. Para ello mantuvo una ambiciosa agenda de viajes internacionales, en la que se equilibraban las reuniones con los socios tradicionales, al tiempo que se ampliaban los proyectos vinculados a la llamada agenda del Sur.
Sus giras comenzaron en la vecina Argentina para asistir a la VII Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. A ello siguió una visita a Washington, donde se reunió con Biden y juntos hicieron una clara declaración de defensa de valores democráticos, los cuales, han sido amenazados en ambos países en los últimos tiempos. Unas semanas más tarde, Lula realizó una visita a China para profundizar en las relaciones comerciales, aún más, cuando estuvo ahí también intentó promover un esfuerzo de paz para Ucrania. Esta iniciativa no dio resultados, algo que refleja más las dificultades estructurales del mundo actual que un desajuste de la política exterior de Lula.
Reproducir los grandes logros de la llamada política exterior orgullosa y activa de hace 20 años, cuando, Brasil alcanzó un nivel de relevancia sin precedentes en la escena internacional, será difícil. El mundo ha cambiado, y Brasil ha cambiado, generalmente en sentido negativo. La democracia liberal se enfrenta a una crisis, ya que el autoritarismo, e incluso el (neo)fascismo, se presentan como alternativas viables, y la polarización política e ideológica van en aumento. En este mundo rígidamente fragmentado y cada vez más violento donde se necesita mayor activismo por parte de Brasil. Dada su trayectoria histórica, su peso económico y su tradición diplomática, Brasil puede servir de interlocutor entre los países de la esfera occidental, América Latina, el bloque ruso-asiático y los llamados países del Sur.
Es probable que los acercamientos internacionales de Lula aumenten a medida que se hace más probable que Trump regrese a la presidencia de los EE. UU., mientras que simultáneamente la extrema derecha avanza en Europa y el autoritarismo xenófobo se profundiza en Rusia, India y China.
Durante sus primeros dos mandatos, Lula no tensó las relaciones con los socios tradicionales, como Estados Unidos y Europa. Por el contrario, trató de ampliar el abanico de conexiones con nuevos países, sobre todo con aquellos que compartían con Brasil una historia de colonialismo y un trato injusto por parte de las potencias establecidas. Esta postura no contradice lo que Brasil ha intentado hacer al menos desde principios de los años sesenta.
Bajo regímenes políticos muy diferentes, la política exterior de Brasil ha buscado sistemáticamente establecer nuevas colaboraciones globales con un número cada vez mayor de naciones, de modo que pudiera ampliarse el peso de Brasil en el ámbito internacional. Todo ello sin poner en riesgo las relaciones con aliados poderosos. Asimismo, las acciones internacionales de Brasil buscaron recurrentemente democratizar, o al menos ampliar, las esferas de deliberación internacional para que se convirtieran efectivamente en espacios multilaterales representativos y legítimos.
Mantener esta línea de política exterior es más difícil en el contexto mundial actual. Con múltiples actores compitiendo por la hegemonía, un país como Brasil puede ser capaz de negociar ganancias aún mayores dentro de las muchas disputas en curso. Pero no se logrará ningún éxito si los expertos y los críticos siguen inspirándose en posiciones dogmáticas o ideológicas, negándose a comprender la creciente relevancia internacional de Brasil y el papel único de Lula en la promoción del diálogo y la inclusión en un mundo cada vez más dividido.
