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El caso contra el régimen militar.

Nigeria necesita un cambio de dirección no un cambio de gobierno

Con Nigeria sumida en una crisis total debido al empeoramiento de la situación económica, un sector de la población, desesperado por un cambio rápido y convencido de que el gobierno de Bola Tinubu ha perdido el rumbo, ha empezado a clamar por un golpe de Estado. Tan fuerte ha sido la agitación, sobre todo en las redes sociales, que el jefe del Estado Mayor de la Defensa, Christopher Musa, salió la semana pasada a advertir a quienes están detrás de ella, que “la ley irá por ellos” y que “las fuerzas armadas de Nigeria están aquí para proteger la democracia”.

Resulta paradójico que la misma generación de nigerianos quienes consistentemente han expuesto sus vidas en peligro en defensa de la democracia, sea la que ahora parece exigir una intervención militar. La paradoja se resuelve en cuanto nos damos cuenta de que, aunque aparentemente divergentes, tanto el hambre de democracia como el incipiente anhelo de un gobierno caqui están unidos por el mismo impulso. Ese impulso es, por no ponerle una etiqueta, un gobierno que cumple y es el hilo conductor de la efervescencia actual en Nigeria y el espectáculo en África Occidental y Central, donde, desafiando las expectativas, multitudes de jóvenes salieron a las calles para dar la bienvenida a diversos golpistas.

Este impulso no es exclusivo de los jóvenes africanos. Si, en las democracias occidentales, el electorado parecer estar perdiendo el interés en la democracia liberal (“sólo la mitad de los europeos de 16 a 26 años creen que la democracia es la mejor forma de gobierno”), el apetito populista por el gobierno de un hombre fuerte ha aumentado notablemente en lugares como Hungría, Filipinas, El Salvador y, susurrémoslo, entre un segmento clave del electorado estadounidense. Si bien es cierto que la situación nigeriana tiene algunas aristas locales – por ejemplo, no se puede negar que el resentimiento persistente hacia el resultado de las elecciones presidenciales del año pasado es un subtexto importante del descontento actual -, esto no la hace menos esclarecedora como ilustración del creciente desencanto popular con la democracia liberal. También resulta instructivo que la preocupación de la calle haya resonado entre la élite política, dando lugar a una insistencia mordaz, aunque equivocada, en el retorno a la “democracia africana”.

Los nigerianos tienen buenas razones para estar furiosos, pues apenas han visto recompensada su inversión emocional y física en la democracia desde el inicio de la Cuarta República en 1999. De hecho, una de las razones por las que ha crecido el clamor por el gobierno militar es precisamente porque un número cada vez mayor de personas no ve ninguna mejora en su situación material y, por tanto, poca justificación para defender un régimen que, desde su punto de vista, sólo ha favorecida a un estrecho grupo de élites. Para el nigeriano promedio, la única diferencia entre los gobernantes civiles y los militares es su atuendo.

Aunque este diagnóstico está fuera de toda duda, nunca se insistirá lo suficiente en que el gobierno militar es la receta equivocada, y en el caso nigeriano, supondría una trágica regresión tras veinticinco años de gobierno civil. Las razones no son descabelladas.

En primer lugar, dado que el aspecto de seguridad de la crisis actual se debe en gran medida al fracaso de las fuerzas armadas a la hora de contener la insurgencia de Boko Haram y la delincuencia desenfrenada, entregar las riendas del poder político a una institución que ni siquiera puede cumplir con su deber constitucional de proteger la integridad territorial del país equivaldría a recompensar el fracaso. Si el ejército nigeriano no puede hacer ni siquiera aquello para lo que fue entrenado, ¿cómo puede esperarse que logre aquello para lo cual carece de experiencia, y ni hablar del temperamento?

Además, independientemente de la frustración subyacente, el clamor a favor de la intervención militar se reduce en la última instancia a la negativa a afrontar la ardua tarea de crear instituciones. Nigeria se enfrenta a un claro reto: garantizar que las incipientes instituciones democráticas echen raíces y, donde no existan, inaugurar otras nuevas. Que esto no es negociable puede deducirse de la historia de las economías avanzadas, y una intervención militar en este momento crucial sólo interrumpirá un proceso social que el país debe atravesar.

El deseo de una intervención militar también evoca la fantasía de la “dictadura desarrollista”, concretamente la idea de que lo que en última instancia enderezará el camino en Nigeria y en otros países africanos en una posición similar es la intervención de un dictador benévolo que, golpeando unas cuantas cabezas y prescindiendo de todos los inconvenientes del estado de derecho en el proceso, ponga al país en la senda del desarrollo, para después apartarse rápidamente. En Nigeria, esta fantasía – la utopía de “un (Jerry) Rawlings sin camiseta conduciendo un bulldozer”, como dice un comentarista nigeriano – siempre ha existido codo con codo con la agitación por el gobierno popular, ganando popularidad en momentos de tensión económica y política. A menudo se olvida que este pacto fáustico suele dejar a las sociedades con mucha dictatura y poco desarrollo.

Por último, el hecho de que la mayoría de las personas que actualmente defienden el regreso de los militares sean demasiado jóvenes o no hayan nacido durante la última época militar en el país apunta a una dimensión generacional de suma importancia. El abismo entre los miembros de esta generación y los nigerianos para quienes el terror del régimen militar está eternamente fresco es uno de los motores de la división política y la incomprensión en el país. Por cada miembro de la generación más joven que se queja legitimante de la falta de progreso bajo las sucesivas administraciones civiles, hay un miembro de la generación de mayor edad, en particular nigerianos de entre cincuenta y sesenta años, que no puede olvidar lo primero que abolirá el régimen militar, junto con todas las demás libertades políticas que los jóvenes han llegado a dar por sentadas, es el derecho a protestar por la forma en que uno es gobernado. Si bien los representantes electos pueden ser objeto de peticiones o agresiones, según el caso, los soldados no electos no pueden, ya que la ley marcial es la antítesis exacta del Estado de Derecho.

No se puede negar que, en general, la democracia liberal ha fallado a los nigerianos, lo que hace comprensible su sentimiento de queja. Dicho esto, tomar una acción perjudicial no es una estrategia sensata o beneficiosa para resolver el problema para los nigerianos. Aunque los problemas que aquejan al país no pueden ser resueltos por una sola administración, un gobierno democrático en que la gente discute, se expresa, debate y, a veces se da algún puñetazo ocasional, ofrece la mejor perspectiva. Si ese sistema puede funcionar en otros lugares, no hay razón para que no funcione en Nigeria.

De los muchos requisitos para el florecimiento democrático, el más vital, y, como sucede, el que brilla por su ausencia en Nigeria, es el temperamento democrático. Si la experiencia de las democracias avanzadas nos enseña algo, es que este temperamento se adquiere muy lentamente y comienza a florecer sólo después de un periodo de cultivo paciente y deliberado.

Con una visión a largo plazo, los intelectuales nigerianos deberían intervenir para educar a los nigerianos – especialmente a los miembros de la generación más joven – sobre los males del régimen militar.

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