U.S. Navy Adm. Alvin Holsey, commander of U.S. Southern Command (USSOUTHCOM), provides remarks at the TRADEWINDS 25 (TW25) closing ceremony at Teteron Barracks in Teteron Bay, Trinidad and Tobago, May 8, 2025. U.S. Army National Guard photo by Spc. Astia LeBron, Public domain, via Wikimedia Commons.

La revolución inconclusa de Madagascar: ¿puede un levantamiento juvenil romper la maldición política del país?

En Madagascar, una revuelta liderada por jóvenes ha derrocado a un presidente y ha dado paso a una transición encabezada por los militares. Aún está por verse si este momento se convierte en un punto de inflexión democrático — o en otro episodio más del largo ciclo de crisis del país —, ya que el desenlace sigue siendo incierto.

Desde septiembre, Madagascar atraviesa una crisis política de rápida evolución que derrocó al presidente Andry Rajoelina y llevó al poder a un régimen de transición dirigido por los militares. Lo que comenzó como pequeñas manifestaciones de activistas de la Generación Z en la capital, Antananarivo — en protesta por las grave escases de agua y electricidad —, rápidamente se transformó en un movimiento de alcance nacional, amplificado por influencers y voces de la oposición.

Las protestas se extendieron a otras ciudades como Toamasina, Antsiranana y Toliara, y los enfrentamientos violentos con las fuerzas de seguridad dejaron varios heridos y al menos 22 personas fallecidas, según la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, cifras que el gobierno niega.

En cuestión de días, la frustración por las dificultades cotidianas y la falta de libertad de expresión derivó en una exigencia abierta de que el presidente Rajoelina presentara su renuncia.

Una deserción militar decisiva

El punto de inflexión llegó el 11 de octubre, cuando la unidad ‘Corps d’administration des personnels et des services administratifs et techniques’ (CAPSAT) de las fuerzas armadas se unió de manera inesperada a los manifestantes en la simbólica ‘Place du 13 Mai’ de Antananarivo, una plaza históricamente vinculada a varias protestas que, desde 1972, han terminado provocando la caída de múltiples gobiernos. Este gesto evocó recuerdos de la crisis de 2009, cuando el ejército también se alineó con protestas lideradas por la oposición.

Un día después, el presidente Rajoelina abandonó el país de forma abrupta. Mientras la presidencia sostuvo que se encontraba en una misión en el extranjero, medios internacionales informaron que había sido evacuado de la Isla Sainte Marie a bordo de un avión militar francés. En mensajes difundidos en redes sociales desde un “lugar seguro” no revelado, Rajoelina afirmó haber recibido amenazas de muerte.

Choque constitucional

El 14 de octubre marcó una escalada caótica. La Asamblea Nacional anunció que se reuniría para destituir a Rajoelina del cargo. En respuesta, la presidencia emitió un decreto disolviendo la Asamblea. Los legisladores — de la oposición, independientes e incluso del partido gobernante — ignoraron el decreto y votaron de todos modos a favor de su destitución.

Horas más tarde, fuerzas del CAPSAT, encabezadas por el coronel Michaël Randrianirina, declararon que estaban “asumiendo la responsabilidad” del país. Los aliados de Rajoelina calificaron el hecho como un golpe de Estado; los militares insistieron en que se trataba de una intervención necesaria. El Alto Tribunal Constitucional validó rápidamente la toma de poder, declarando vacante la presidencia debido al “abandono pasivo del poder” por parte de Rajoelina.

Con la presidencia del Senado también sumida en el desorden, el tribunal optó por un camino sin precedentes: respaldar una transición encabezada por los militares y, en la práctica, “invitar” a Randrianirina a asumir el poder, otorgando así a su toma de control una apariencia de legalidad.

Comienza la “refundación”

El 17 de octubre, el coronel Randrianirina asumió el cargo como presidente de la “Refundación de la República de Madagascar”, dando inicio a un período de transición de dos años. Entre otras medidas de reformas contempladas en un plan de seis pasos, el nuevo liderazgo se comprometió a llevar a cabo una consulta nacional, organizar un referéndum constitucional y celebrar elecciones presidenciales.

El concepto de “refundación” se ha convertido en un grito de movilización para romper con décadas de corrupción, clientelismo y fragilidad institucional. Activistas de la Generación Z han exigido líderes completamente nuevos en todas las instituciones. Sin embargo, la controversia surgió rápidamente. El nombramiento del primer ministro Herintsalama Rajaonarivelo — cuestionado por sus presuntos vínculos con figuras cercanas al antiguo régimen — generó dudas sobre cuán profunda será realmente la renovación. Para el 28 de octubre, ya se había instalado un nuevo gabinete compuesto por 29 miembros civiles, sin participación militar.

¿Justicia o ajuste de cuentas político?

Una ola de arrestos y allanamientos dirigidos contra figuras cercanas al antiguo círculo gobernante ha alimentado una creciente inquietud. Mientras las nuevas autoridades presentan estas acciones como una lucha contra la impunidad, los críticos ven ecos de gobiernos anteriores que instrumentalizaron el sistema judicial contra sus opositores. Una vez más, la línea entre la rendición de cuentas y la venganza política es difusa.

Esta nueva convulsión marca la sexta gran crisis política de Madagascar desde su independencia, tras las de 1972, 1991, 2002, 2009 y 2018. A diferencia de las anteriores, sin embargo, la revuelta de 2025 no fue impulsada por élites políticas, sino por jóvenes ciudadanos que exigen dignidad, oportunidades y una gobernanza sensible a las demandas sociales, un fenómeno alimentado por la indignación ante el deterioro sostenido de los servicios públicos y los derechos civiles.

Lo que está en juego es enorme en un país que ya enfrenta una grave fragilidad social y económica. Tal como lo evidencia el Índice de Transformación Bertelsmann (BTI), Madagascar ha experimentado un marcado retroceso en el ámbito político y social durante los últimos 20 años, con indicadores como la libertad de expresión (que cayó de 8 a 3) y el compromiso con las instituciones democráticas (de 9 a 3) registrando descensos drásticos. De manera similar, indicadores económicos como la organización del mercado y la liberalización del comercio se han estancado en niveles relativamente bajos.

Un respaldo internacional incierto

En lo que respecta a la situación política actual, la comunidad internacional parece dividida. Aunque diplomáticos extranjeros asistieron a la toma de posesión de Randrianirina, la Unión Africana suspendió a Madagascar al mismo tiempo que envió emisarios para mediar. Esta ambigüedad amenaza el acceso del nuevo régimen al financiamiento internacional, lo que convierte el reconocimiento externo en una prioridad clave.

En el plano diplomático, el gobierno de transición ha manifestado apertura hacia todos los socios, pero ha mostrado una inclinación notable hacia Rusia: el embajador ruso fue el primer funcionario extranjero en reunirse con Randrianirina tras su investidura, y el nuevo presidente de la Asamblea Nacional, Siteny Randrianasoloniaiko, viajó a Moscú poco después.

Una encrucijada: ¿renovación o repetición?

Ahora todas las miradas se centran en la consulta nacional, que se espera sea convocada por el influyente Consejo Ecuménico de Iglesias Cristianas de Madagascar. El proceso busca definir el futuro político a largo plazo de la transición, incluida la redacción de una nueva Constitución. Sin embargo, el escepticismo está justificado. Los acontecimientos recientes — en línea con los hallazgos de una encuesta reciente de Afrobarometer — muestran que, si bien la mayoría de los ciudadanos malgaches apoya la democracia y rechaza el gobierno militar, muchos están dispuestos a tolerar la intervención de las fuerzas armadas cuando los líderes civiles abusen de su poder. Esta postura, paradójicamente, termina debilitando a la propia democracia.

Aun así, ya están surgiendo debates con mirada al futuro: ¿Debe Madagascar seguir siendo un Estado unitario o avanzar hacia el federalismo? ¿Debe fortalecerse finalmente la descentralización? ¿En qué momento se celebrará un referéndum constitucional antes del retorno a un gobierno elegido democráticamente?

Las respuestas a estas preguntas determinarán si Madagascar logra por fin romper su ciclo de inestabilidad o si este momento, como tantos otros en el pasado, se desliza nuevamente hacia el patrón conocido de esperanza, convulsión y decepción.

First published in: African Arguments Original Source
Sandra Rabearisoa

Sandra Rabearisoa

Sandra Rabearisoa es una periodista independiente que vive en Antananarivo.

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