Resumen
El Ártico ha sido identificado por científicos como un escenario relativamente prometedor para la controvertida “geoingeniería solar”, es decir, técnicas para reflejar más radiación solar y contrarrestar el calentamiento global. Sin embargo, las dinámicas actuales de seguridad regional y la baja relevancia de las preocupaciones climáticas para los principales Estados árticos sugieren otra lectura. Al comparar esquemas recientes de geoingeniería ártica con las estrategias de seguridad de los Estados con litoral ártica y de China, emergen dos imaginarios de seguridad opuestos: los científicos buscan “securitizar” el “gran escudo blanco” del Ártico como protección para la humanidad ante puntos de no retorno climáticos, evocando una era pasada de “excepcionalidad” ártica que facilitaría intervenciones de investigación; mientras tanto, los Estados perciben la región como un espacio geopolíticamente disputado y económicamente atractivo ante el deshielo. Esta tensión, sumada a la historia entre ciencia y geopolítica en el Ártico, sugiere que los proyectos científicos de geoingeniería son poco viables si no se integran a agendas estatales extractivistas y competitivas. Más aún, si el Ártico representa el “mejor caso posible” para la geoingeniería, ello plantea serias dudas sobre la factibilidad de aplicarla en otros contextos globales.
Introducción
“La región ártica desempeña un papel clave en el sistema climático global al actuar como sumidero de carbono y como un espejo virtual” (Carnegie Climate Governance Initiative (C2G), 2021: 1), así comienza una introducción típica a la justificación de la geoingeniería solar (GS) en el Ártico. Para la mayoría, la GS — cualquier intervención a gran escala que busque contrarrestar el calentamiento global antropogénico reflejando la luz solar — sigue siendo una idea poco conocida. Sin embargo, está ganando terreno rápidamente entre algunos grupos de científicos del clima, empresarios e incluso algunos gobiernos, a medida que los impactos climáticos generan una creciente sensación de alarma y urgencia.
Los debates sobre la posible gobernanza de la GS suelen reconocer los desafíos internacionales que implicaría, pero han dejado en gran medida sin examinar sus dimensiones de seguridad (aunque véase Nightingale y Cairns, 2014), en general al enmarcar el reto principalmente en términos de coordinar esfuerzos y lidiar con efectos secundarios no deseados (Corry et al., en prensa). Aunque el cambio climático en sí mismo se entiende a menudo como una posible amenaza a la seguridad, aún no ha motivado acciones estatales excepcionales o decisivas, sino que parece dar lugar a una serie de prácticas rutinarias mediante las cuales “el cambio climático se vuelve gobernable como un asunto de seguridad humana” (Oels, 2012: 201). La geoingeniería podría cambiar esta situación.
La naturaleza potencialmente de alto impacto y transfronteriza de la GS a gran escala ha llevado a sugerir que podría provocar desacuerdos sobre los métodos e intensidad de las intervenciones (Ricke et al., 2013) e incluso generar conflictos internacionales, en particular a partir de despliegues unilaterales o “mini-laterales” (Lockyer y Symons, 2019). Además, con su capacidad para provocar cambios climáticos y catástrofes que podrían atribuirse (o culparse) a acciones directas e intencionales de los Estados, la GS también podría volver el campo de la política climática aún más conflictivo (Corry, 2017b).
Otros académicos han examinado la geoingeniería desde un enfoque de seguridad humana — recientemente desarrollado como “seguridad ecológica”, donde los ecosistemas son el principal objeto de referencia (McDonald, 2023) –, en el que la inseguridad derivada del cambio climático se entiende como algo que va más allá de los intereses particulares de los Estados. Esto plantea la geoingeniería como una posible medida de seguridad ecológica, o incluso como una medida potencialmente “justa”, si logra proteger a grupos vulnerables frente a amenazas climáticas (Floyd, 2023). Sin embargo, la interrelación de la geoingeniería, incluso si se presenta como medida de “seguridad ecológica”, con dinámicas de seguridad nacionales e internacionales seguiría siendo un riesgo particular, de forma similar a cómo la ayuda humanitaria y el desarrollo han quedado entrelazados — e históricamente inseparables, para algunos — con la seguridad (Duffield, 2007).
En este artículo buscamos ir más allá de la especulación teórica sobre las relaciones internacionales de la geoingeniería, que suele abstraerse de las dinámicas históricas o de seguridad regional. Usamos el caso del Ártico para investigar cómo la geoingeniería podría (o no) entrar en este espacio político y derivar en conclusiones de relevancia más amplias para el debate internacional. Aprovechamos la riqueza empírica revelada por los esquemas de geoingeniería ártica para identificar cómo los “imaginarios de seguridad” – “mapas del espacio social” (Pretorius, 2008: 112) que reflejan entendimientos y expectativas comunes sobre seguridad – ya están implícitos en las visiones científicas y técnicas de la geoingeniería. Contrastamos estos imaginarios “científicos” de seguridad con los actuales imaginarios “estatales” de seguridad, que desempeñan un papel dominante en la anticipación de los futuros del Ártico en general. Como mostraremos, los imaginarios científicos consideran al Ártico como el mejor escenario posible para la geoingeniería en términos de viabilidad política. Esto permite inferencias analíticas basadas en la selección de casos críticos (Flyvbjerg, 2006): si incluso en el Ártico estos imaginarios científicos son poco compatibles con los estatales, la geoingeniería enfrenta grandes obstáculos de viabilidad política en otras regiones y a nivel global, a menos que se despliegue en función de la seguridad y no de la protección ambiental global.
Se han explorado muchas ideas de GS para enfriar el Ártico. Entre ellas: el blanqueamiento de nubes marinas (MCB, por sus siglas en inglés), que consiste en rociar sales desde buques para hacer más reflectivas las nubes marinas (Latham et al., 2014), o cubrir superficies de océano o hielo con materiales reflectantes (Field et al., 2018). Otras ideas incluyen usar energía eólica para bombear agua sobre el hielo y engrosarlo (Desch et al., 2017), instalar “cortinas” submarinas para proteger el hielo de corrientes cálidas (Moore et al., 2018), o reintroducir grandes animales para pastar y pisotear, reemplazando el bosque boreal oscuro por nieve reflectante que proteja el permafrost (Beer et al., 2020). [1] También se menciona la inyección de aerosoles estratosféricos (SAI, por sus siglas en inglés), es decir, rociar aerosoles reflectantes como azufre o calcita en la estratósfera, considerada por algunas organizaciones que trabajan con geoingeniería ártica [2] o explorada en simulaciones (Jackson et al., 2015; Lane et al., 2007; Robock et al., 2008). Sin embargo, en la práctica, los aerosoles distribuidos en o cerca del Ártico probablemente se dispersarían por gran parte del hemisferio norte, y los estudios concluyen que la SAI dirigida al Ártico no es una opción deseable debido a sus graves efectos secundarios fuera de la región (Duffey et al., 2023).
Aunque los científicos de la geoingeniería intentan distanciar su trabajo de las preocupaciones geopolíticas (Svensson y Pasgaard, 2019), la investigación científica en el Ártico – incluso aquella realizada durante la Guerra Fría entre adversarios – ha estado profundamente entrelazada con objetivos de seguridad estatal e intereses militares (Doel et al., 2014; Goossen, 2020). Del mismo modo, los esquemas de modificación climática tienen una historia de vinculación (en gran medida fallida) con fines militares (Fleming, 2010), mientras que la modelización climática se desarrolló en parte junto con la elaboración de escenarios militares (Edwards, 2010). Aunque hoy ocupa un espacio más civil en instituciones multilaterales, aún comparte su forma particular de concebir el clima –como un espacio de flujos geofísicos– con una mirada militar (Allan, 2017).
Más importante aún, los intereses ambientales, económicos y geopolíticos vinculados a la apertura del Ártico por el calentamiento global generan un conjunto de contradicciones y tensiones en la región que, argumentamos, serán mucho más determinantes que las preocupaciones ambientales globales para definir el papel (si lo hubiera) de la geoingeniería. Las ideas de GS para el Ártico emergen en gran medida sin tomar en cuenta este contexto, lo cual es comprensible, pero abre una oportunidad de un análisis comparativo que, como mostraremos, cuestiona la viabilidad general de la GS en la región, especialmente de su despliegue según los imaginarios científicos.
Dado que la literatura científica suele ser central para las evaluaciones orientadas a la gobernanza de la GS (p. ej., National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine, 2021), una disonancia entre supuestos puede tener serias implicaciones de política pública, sobre todo en términos de viabilidad general, lo que a su vez aumenta los riesgos de que estos esquemas fracasen y contribuyan a la “disuasión de la mitigación” (cuando se espera o planifica que funcionen, retrasando la reducción de emisiones) (McLaren, 2016). Atender a las complejidades geopolíticas de la geoingeniería ártica podría evitar que el trabajo científico se traduzca en políticas de manera no intencionada o con efectos inesperados, siempre que dichas complejidades se consideren al interpretar la investigación y al diseñar estudios futuros.
Enfoque
Analizamos tanto los esquemas de geoingeniería ártica como las estrategias estatales para el Ártico como “imaginarios de seguridad”. Este concepto se basa en la noción del imaginario social de Charles Taylor (2004): “las formas en que las personas imaginan su existencia social, cómo se relacionan con otros, cómo se desarrollan las cosas entre ellos y sus semejantes, las expectativas que normalmente se cumplen y las nociones normativas más profundas e imágenes que sustentan esas expectativas” (p. 23). Los imaginarios, en este sentido, son “cosmovisiones”: conjuntos de supuestos que pueden o no corresponderse con la realidad social, pero que la afectan de maneras significativas y materiales. No son simplemente construcciones subjetivas que deban medirse frente a una realidad objetiva, sino formas (a menudo en competencia) de construir e institucionalizar el mundo.
Siguiendo a Pretorius (2008), un imaginario de seguridad es “aquella parte del imaginario social como ‘mapa del espacio social’ que es específica a la comprensión y expectativas comunes de una sociedad sobre la seguridad y que hace posibles las prácticas relacionadas con ella” (p. 112). Desafortunadamente, los imaginarios sociales suelen teorizarse mediante el “internalismo”, como si una sociedad estuviera determinada solo por factores internos (Rosenberg, 2016). [3] Esto dificulta explicar por qué distintas sociedades suelen tener imaginarios de seguridad similares. Al romper con el internalismo, los imaginarios nacionales pueden entenderse como inherentemente internacionales, en el sentido de que están profundamente influidos por la coexistencia con otras sociedades. Para Pretorius (2008), “el imaginario de seguridad está… abierto a la influencia de percepciones, creencias y entendimientos de otras sociedades sobre seguridad” debido a los “intercambios trans-sociales”, como los viajes (p. 112). En un sentido más profundo, la mera existencia de múltiples sociedades es fundamental para la idea misma de seguridad (Rosenberg, 2016).
Además, si se considera al Ártico un “complejo regional de seguridad” (Lanteigne, 2016), tal que el imaginario de seguridad de las sociedades en la región “no puede analizarse ni resolverse razonablemente de forma independiente” (Buzan y Wæver, 2003: 44), entonces las relaciones entre sociedades se vuelven constitutivas incluso de los propios imaginarios de seguridad de la región. Las comunidades científicas – en este caso los investigadores en geoingeniería – pueden producir un “mapa del espacio social” distinto al de los Estados, dado que los grupos (en una versión de “comunidades epistémicas” (Haas, 1992)) que los generan no son necesariamente nacionales y emplean herramientas y conceptos distintos a los de las comunidades de seguridad nacional. Al mismo tiempo, los científicos rara vez están libres de la influencia de sus contextos: sus herramientas técnicas y conceptuales para producir tal “mapa” reflejan huellas de prioridades estatales y estructuras internacionales, incluidas las herencias coloniales (Mahony y Hulme, 2018). Así, los imaginarios de seguridad estatales y científicos son distintos, pero no separados, y como veremos, pueden chocar o nutrirse mutuamente, a menudo de manera implícita.
El concepto de imaginario de seguridad captura tres características importantes de nuestro material empírico: primero, las ideas de geoingeniería y las estrategias estatales de seguridad son performativas (no meramente descriptivas) en su anticipación de los futuros (árticos) (Anderson, 2010). Segundo, se basan en comprensiones del orden social que fusionan afirmaciones fácticas y normativas – lo que es y lo que debería ser – (Taylor, 2004). Tercero, construyen amenazas y respuestas necesarias en términos de la seguridad de ese orden social, sin importar si dichas amenazas son de naturaleza militar u otra (por ejemplo, climática); en otras palabras, pueden “securitizar” una variedad de objetos de referencia (Buzan et al., 1998).
Al investigar los imaginarios científicos y estatales de seguridad, nos enfocamos en la diferencia en la construcción de dos objetos: el “clima” y el “orden internacional”. Nos preguntamos: ¿cómo se articula y se hace legible el “clima ártico” en relación con el clima planetario y otros factores?, y más aún, ¿cómo se problematiza el clima ártico y se vincula con preocupaciones sobre futuros deseables o indeseables? ¿Qué infraestructuras políticas, económicas e internacionales se presuponen? En suma, ¿qué amenaza y qué defiende el orden ártico e internacional?
Para explorar los imaginarios de seguridad de la geoingeniería ártica, reunimos materiales que construyen futuros para el Ártico mediante búsquedas en literatura revisada por pares con los términos ‘Arctic’ y ‘geoengineering’ en la Web of Science, así como registros con el término ‘Arctic’ en el archivo del Climate Engineering Newsletter del Kiel Earth Institute, [4] que también incluye literatura gris y cobertura de prensa sobre el tema. [5] Excluimos manualmente los textos enfocados exclusivamente en formas de geoingeniería basadas en la remoción de carbono, excepto aquellos con efectos positivos en el albedo de la superficie.
Para los imaginarios estatales de seguridad del Ártico, consultamos documentos de política y otras publicaciones oficiales de gobierno, buscando la declaración de política más reciente en cada uno de los Estados ribereños: Canadá, Estados Unidos, Rusia, Noruega y Dinamarca (que controla la seguridad y política exterior de Groenlandia) en relación con su respectiva estrategia de seguridad para el Ártico. [6] En estudios de seguridad, los documentos públicos suelen utilizarse como evidencia de preferencias o intenciones estatales, a pesar de su carácter performativo. Generalmente, estos documentos intentan mostrar a las instituciones que los producen como competentes y coherentes – y de valor para audiencias externas en particular –, por lo que pueden ser poco fiables como fuentes de “intenciones” subyacentes, niveles de capacidad o compromiso real tras los objetivos de política. Sin embargo, al proponerse “ejecutar” un futuro visto como deseable, ya sea por los propios autores o por las audiencias a las que apelan, son una guía útil para comprender los supuestos de orden social e internacional que orientan la política de seguridad ártica; en otras palabras, los imaginarios estatales de seguridad. Por eso los estudiamos por su contenido performativo, con énfasis en las audiencias y mensajes previstos (Coffey, 2014).
De manera similar, las publicaciones sobre geoingeniería también proyectan y ejecutan un futuro material y político para el Ártico con el fin de impulsar las agendas científicas o de investigación, y por ello analizamos el imaginario subyacente de sus futuros deseados, sin prejuzgar la factibilidad climatológica o técnica de los esquemas planteados. Sin embargo, dado que muchos investigadores invocan beneficios globales de la geoingeniería ártica – en particular, prevenir puntos de inflexión climáticos –, cabe señalar que literatura reciente cuestiona estos beneficios. Las investigaciones muestran que algunas técnicas (en especial la restauración del hielo) tendrían impactos limitados en el clima global (Van Wijngaarden et al., 2024; Webster y Warren, 2022; Zampieri y Goessling, 2019), y una revisión exhaustiva reciente encuentra solo apoyo limitado a la afirmación de que el hielo marino ártico sea un elemento de inflexión en el sistema climático (Lenton et al., 2023: 58–60, 66–68).
Aun así, no debe asumirse que las consideraciones científicas por sí solas guiarán las decisiones de geoingeniería en el Ártico, y el creciente interés en estas ideas hace importante examinar sus imaginarios políticos. Finalmente, debemos reconocer la diferencia altamente significativa en el poder de securitización entre los actores que producen los imaginarios. Los aparatos estatales que producen los imaginarios de seguridad estatales están más alineados y, por lo tanto, tienen mayor probabilidad de influir en actores con capacidad de securitizar (Floyd, 2021). Leemos ambos conjuntos de imaginarios a la luz de este hecho.
El “gran escudo blanco”: imaginarios científicos de seguridad
En los estudios y documentos de política sobre geoingeniería, el Ártico se entiende ante todo como parte del sistema climático “global” (Corry, 2017a), con énfasis en los posibles puntos de inflexión vinculados al preocupante calentamiento por encima del promedio, el efecto de retroalimentación del albedo del hielo marino y la posible liberación de metano y dióxido de carbono por el deshielo del permafrost o de hidratos submarinos. Estos procesos podrían empujar a la Tierra a ciclos de calentamiento aún mayores. Por ello, el Ártico, aunque frágil, es visto como un “gran escudo blanco” para el clima global: ”el eslabón más débil en la cadena de protección climática” (Zaelke, 2019: 241).
Muchos de los que abogan por explorar la geoingeniería en el Ártico sostienen que las emisiones no pueden reducirse a tiempo para evitar esos puntos de inflexión. Un artículo plantea que los puntos de inflexión criosféricos “son esencialmente demasiado tarde para ser abordados mediante los procesos políticos estándar [para la gestión climática]” (Moore et al., 2021: 109). Esta evaluación pesimista da lugar a su opuesto complementario: la esperanza de que la geoingeniería resulte especialmente viable y deseable en el Ártico, con aspiraciones asociadas de experimentación a corto plazo y un posible desarrollo. Un investigador acuñó el término ‘Arctic Premium’, argumentando que las características climáticas particulares de la región permitirían “un dividendo para intervenciones climáticas regionales que podrían ser menos costosas, más efectivas y lograr resultados más rápidos que si se aplicaran en todo el planeta” (Littlemore, 2021: 2). Aquí, el Ártico se imagina como una palanca efectiva y relativamente accesible para actuar sobre el sistema climático global en su conjunto. [7]
Si bien en ocasiones se mencionan beneficios regionales, como la preservación de modos de vida nativos dependientes del hielo (Moore et al., 2021: 110), esto tiende a destacarse solo cuando se alinea con los intereses climáticos globales. Esta actitud instrumental también se observa en propuestas que, retomando parte de la literatura temprana sobre geoingeniería (Lane et al., 2007; Robock et al., 2008), consideran al Ártico como un terreno de prueba. Entre ellas están “SCoPEx”, que habría probado equipo SAI en tierras indígenas Sámi, y la propuesta de usar el glaciar Sermeq Kujalleq en Groenlandia – territorio inuit – como prototipo para una geoingeniería glaciar más amplia en la Antártida. Esta propuesta se justifica en base a “menos impactos ambientales globales”, a pesar de reconocer los considerables impactos socioambientales locales y admitir que “las reacciones de la población local serían mixtas” (Moore et al., 2018: 304). En una frase que resume la evaluación de la mayoría de los investigadores, Bodansky y Hunt (2020) sostienen que “tan malo como es el deshielo ártico para el propio Ártico, sus efectos globales son aún más preocupantes” (p. 601).
La preocupación por los efectos globales impregna los imaginarios científicos de seguridad con un fuerte sentido de urgencia. La aparente “rapidez” (Zaelke, 2019: 244) de la GS se contrasta con la lentitud de la política, la reducción de emisiones y la remoción de carbono a gran escala. [8] En muchos casos, estas invocaciones de urgencia llevan a afirmar que la geoingeniería es necesaria: que “excluir la restauración del hielo polar podría hacer imposible alcanzar la meta de 1.5 °C” (Field et al., 2018: 883) o que “cada vez más personas ven a la geoingeniería como una necesidad más que como una opción, convirtiéndola en una cuestión de cuándo y no de quizás” (Barclay, 2021: 4). Una propuesta señala que “son proyectos costosos, pero dentro de las posibilidades de los gobiernos para ejecutarse a una escala comparable al Proyecto Manhattan” (Desch et al., 2017: 121); otros también plantean que la financiación por parte de estados ricos es la vía para avanzar en investigación y su desarrollo (Moore et al., 2021).
La amenaza urgente del cambio climático ártico se percibe como un trabajo para la acción estatal decisiva, y por lo tanto, se argumenta que es relevante en la medida en que aparece como una amenaza universal para los intereses de los estados. Al mismo tiempo, las causas del cambio climático son minimizadas y despolitizadas en la literatura. Al atribuir el cambio climático a las emisiones de “las sociedades humanas” (Beer et al., 2020: 1), se omite la responsabilidad desigual en el problema y las dinámicas sociales y económicas que impulsan las emisiones históricas y actuales. [9] Un documento de política descuida por completo las causas sociales del cambio climático, limitándose a contrastar la geoingeniería con las “políticas convencionales de mitigación” (Bodansky y Hunt, 2020: 597) y la “descarbonización de la economía global” (p. 616). De este modo, el cambio climático ártico se construye como una amenaza de seguridad global, derivada de los “estrechos acoplamientos dentro de los sistemas, procesos y redes globales” (Miller, 2015: 278), más que de las acciones de un grupo humano específico, y como una amenaza para la seguridad humana global, por lo tanto, no sujeta a las divisiones y desconfianzas de la política internacional. En este sentido, el imaginario se asemeja al ambientalismo liberal en las relaciones internacionales, caracterizado por un “cosmopolitismo global” que no aborda seriamente las desigualdades de poder ni las diferencias entre sociedades (Chandler et al., 2018: 200).
Este imaginario probablemente se adopta para construir escenarios de investigación técnica, ya que encaja con las herramientas de modelización que producen visiones de la geoingeniería en términos puramente técnicos del sistema terrestre. Pero también moldea las evaluaciones de la viabilidad política y puede influir en el diseño técnico de los esquemas de geoingeniería, incluso de formas difíciles de separar cuando la investigación entra en la esfera política. La mayoría de las publicaciones omiten por completo las consideraciones de seguridad estatal, incluso algunos artículos centrados en la gobernanza (Bodansky y Hunt, 2020; Moore et al., 2021). Las menciones a la seguridad que existen son breves y vagas: C2G (2021) señala que “la evidencia sugiere que podrían surgir problemas de seguridad” (p. 2) en el caso de la SAI. Otro artículo menciona como ejemplo de “fricción… geopolítica” que “las regiones árticas como Rusia, Alaska y el Yukón canadiense estarían proporcionando un bien público global… lo que añadiría una nueva dimensión importante a las relaciones internacionales” (Macias-Fauria et al., 2020: 10), sugiriendo que la geoingeniería puede entenderse adecuadamente mediante marcos de decisión racionalistas en los que los bienes públicos globales ofrecen beneficios universales y no rivales, algo que ha sido disputado (Gardiner, 2013).
En la investigación, la omisión de la geopolítica se justifica relegándola como un problema que solo concierne a las técnicas supuestamente más controvertidas, como la SAI aplicada a nivel global. Existe la esperanza de que “las intervenciones en el Ártico planteen menos desafíos de gobernanza que las intervenciones climáticas globales” (Bodansky y Hunt, 2020: 609). Esto se basa en la doble afirmación de que los efectos físicos de las intervenciones en el Ártico serían más limitados y, por tanto, menos riesgosos, y que el entorno político del Ártico es más propicio para la geoingeniería que la “política global” en su conjunto.
En términos de efectos físicos, muchas intervenciones en el Ártico son consideradas de “bajo riesgo” (Barclay, 2021: 4) debido a que tendrían menos y menos graves efectos ambientales secundarios. Los enfoques que Zaelke (2019) denomina “geoingeniería suave” (p. 243) se presentan como más “naturales” (Littlemore, 2021: 2) que las técnicas de GS más discutidas, como la SAI o el MCB, que implican manipulación física y química de la atmósfera. [10] En particular, los esfuerzos por restaurar el hielo marino sin intervenciones atmosféricas se promueven destacando su carácter supuestamente más “natural” (Field et al., 2018: 899). “A diferencia de otros métodos [de GS], engrosar el hielo marino es atractivo porque simplemente refuerza un proceso que ya ocurre de forma natural en el Ártico”, afirma un defensor (Desch et al., 2017: 112). Los intentos de intervenir en ecosistemas para detener el deshielo del permafrost también son descritos como “un retorno a un estado más natural” (Moore et al., 2021: 111). En muchos casos, los conceptos de geoingeniería “suave” se vinculan a discursos de conservación, con la expectativa – a veces explícita – de que esto los hará más benignos y menos políticamente controvertidos: “Como está enraizado en la preservación del estado existente, en lugar de introducir nuevos y, sin duda, polémicos elementos en la atmósfera, probablemente presenta desafíos de gobernanza más fáciles” (Moore et al., 2021: 116).
Sin embargo, estas distinciones entre lo “natural” y lo “no natural” pueden facilitar la cooperación en torno a algunos métodos, pero las nociones de “natural” son situadas y, en la práctica, difíciles de sostener. Aunque apunten a preservar ciertas partes del entorno ártico (como el hielo terrestre, el hielo marino o el permafrost), las intervenciones de geoingeniería probablemente también introduzcan cambios y riesgos significativos en los ecosistemas árticos (Miller et al., 2020; Van Wijngaarden et al., 2024). [11] De esta manera, las intervenciones árticas aparentemente “naturales” generarían impactos antropogénicos sin precedentes – y para algunos, por lo tanto, “no naturales” – en los ecosistemas del Ártico y posiblemente más allá, dado que son plausibles impactos remotos aún poco comprendidos. [12] Esto revela un imaginario común entre los defensores de la geoingeniería ártica, donde surge una construcción particular de lo “natural” para conciliar las aspiraciones de manipulación técnica del clima con lo que los científicos consideran aceptable o acorde con los ideales sociales de “naturaleza”.
Además, los adjetivos usados para describir la geoingeniería “suave” – “dirigida” (Moore et al., 2021: 108), “localizada” (Latham et al., 2014: 3), “reversible” (Barclay, 2021: 4) e “inteligente” (Field et al., 2018: 900) – apuntan a un imaginario donde las aspiraciones hacia lo “natural” se combinan con expectativas de un control científico preciso y calibrado. Como sugiere explícitamente Zaelke (2019): “en otras palabras, tenemos control sobre la geoingeniería suave” (p. 243) – aunque ese “nosotros” queda ambiguo. La idea de contar con un mayor grado de control surge como contención frente a la GS “global”, al reconocer los grandes riesgos de intentar controlar el sistema climático planetario como tal. Pero este sentido de control detallado también puede alentar sueños prometeicos de un “clima diseñado” (Oomen, 2021), como lo indica la especulación sobre futuras posibilidades de “ajustar finamente los flujos de calor, aire y agua” usando MCB localizado (Latham et al., 2014: 10).
En cuanto al entorno político del Ártico, el discurso sobre la viabilidad de la geoingeniería revela más elementos de un imaginario liberal, basado en el derecho y las instituciones internacionales (existentes o imaginadas), la justicia distributiva y la ética consecuencialista (Baiman, 2021; Barclay, 2021), con un enfoque en la minimización de costos (Desch et al., 2017; Field et al., 2018) y en enfoques de mercado, como pagos por servicios ecosistémicos (Moore et al., 2021) o créditos de carbono (Macias-Fauria et al., 2020) en la implementación de esquemas de geoingeniería. En conjunto, estas medidas se asemejan bastante a un “marco cosmopolita liberal”, caracterizado por la defensa del gerencialismo en lugar de la transformación, el enfoque coercitivo desde arriba del derecho internacional y el uso de categorías políticas abstractas y modernistas (Chandler et al., 2018: 190).
Las nociones distributivas de justicia y la ética consecuencialista están, posiblemente, en la base de los argumentos que sostienen que las poblaciones locales del Ártico, incluidos sus pueblos indígenas, podrían ser particularmente receptivos a los esquemas de geoingeniería. Si bien muchos defienden la necesidad de la participación pública (Desch et al., 2017; Macias-Fauria et al., 2020) y subrayan que “los pueblos del Norte que usan y dependen del paisaje existente necesitan una voz fuerte” (Littlemore, 2021: 3), existe una expectativa general de que dicha participación no será prohibitivamente conflictiva. Un académico de políticas sugirió que, “dado que los pueblos del Norte ya están viendo los efectos del cambio climático, el Norte podría ser un lugar para una discusión deliberativa más pragmática, constructiva y legítima sobre las intervenciones en el Ártico” (Ted Parson, citado en Littlemore, 2021: 5). Otros investigadores concluyeron que usar la SAI conservaría los “hábitos y estilos de vida indígenas” en el Ártico (Chen et al., 2020: 1) como consecuencia directa de la reducción del deshielo del permafrost. Estas suposiciones se vieron tensionadas por la controversia de SCoPEx, en la que el Consejo Sámi se opuso firmemente al experimento planificado en su territorio (Cooper, 2023). De igual forma, las poblaciones árticas (indígenas y no indígenas) tienen intereses diversos que no pueden asumirse como orientados a prevenir o revertir el cambio climático ártico; algunos ven nuevas oportunidades de desarrollo económico y, en el caso de Groenlandia, incluso de independencia política (Jacobsen, 2020).
La viabilidad política de los planes de geoingeniería suele evaluarse mediante análisis legales que ponderan técnicas específicas y entornos objetivo en relación con tratados y regímenes jurídicos existentes (Barclay, 2021; Bodansky y Hunt, 2020). Algunos ponen su esperanza en técnicas como la preservación del permafrost o de glaciares, que podrían aplicarse dentro de los límites de un solo país y, en su opinión, evitarían la necesidad de gobernanza internacional: “por ejemplo, las políticas rusas y canadienses podrían modificar la cantidad de carbono liberado por el deshielo del permafrost. De manera similar, la capa de hielo de Groenlandia sería responsabilidad principal de los groenlandeses” (Moore et al., 2021: 109). Aunque tales técnicas pudieran ser localizadas en sus efectos y solo pretendieran frenar retroalimentaciones climáticas como la tasa de pérdida de hielo, su inclusión en esquemas de créditos de mercado, como intentó el proyecto Real Ice [13], podría resultar polémica y, en ciertas condiciones, socavar cualquier efecto climático basado en GS (Fearnehough et al., 2020: cap. 3).
En el caso de los esquemas de geoingeniería transfronterizos, el Consejo Ártico [14] se destaca en algunos análisis como un espacio favorable para la gobernanza (Desch et al., 2017). Un artículo lo llama una “institución obvia” para la gobernanza internacional de la geoingeniería ártica en general, argumentando que “debido a su tamaño relativamente pequeño, el Consejo Ártico ha sido un foro relativamente efectivo para desarrollar políticas regionales relacionadas con el Ártico” (Bodansky y Hunt, 2020: 610). Sin embargo, en un artículo posterior, uno de los autores describió al Consejo Ártico como “una institución informal que carece de poderes regulatorios y no muestra señales de estar a la altura de la tarea de tomar acciones significativas” frente al cambio climático ártico (Bodansky y Pomerance, 2021: 2). Moore et al. (2021) también sostienen que “el Consejo Ártico no es una verdadera organización internacional con poder normativo” (p. 113). Aun así, Moore et al. (2021) argumentan que el Ártico es un espacio políticamente manejable para la geoingeniería debido al bajo número de estados que necesitarían llegar a un acuerdo, en contraste con la GS global que “idealmente necesitaría al menos un consenso casi mundial” (p. 109).
Esto revela una complejidad importante en el concepto de globalidad que atraviesa los imaginarios de la geoingeniería. Mientras que el Ártico, como mostramos antes, es instrumentalizado para la comunidad global – intervenido para mitigar efectos climáticos en todo el planeta –, también se diferencia de las “intervenciones globales” que toman al sistema terrestre global como su objeto directo de intervención (Bodansky y Hunt, 2020: 597). Como afirman explícitamente Moore et al. (2021): “la geoingeniería dirigida se realiza a escalas regionales, pero busca conservar diversas partes del clima y del sistema terrestre global” (p. 109). Los objetos políticamente relevantes se imaginan como “métodos” de intervención espacialmente limitados al Ártico, mientras que los efectos climáticos globales esperados se consideran no problemáticos y, por tanto, sin necesidad de gobernanza. Probablemente esto refleje la suposición común de que la gobernanza solo es necesaria en el caso de “efectos adversos o no deseados” (Barclay, 2021: 5), entendiendo implícitamente la modificación del albedo como un bien público global indiscutible.
En el plano técnico, esta suposición es cuestionable, ya que los efectos remotos de la geoingeniería ártica aún no se comprenden bien. Pero lo más importante es que la suposición proyecta exactamente aquellas normas liberal-racionalistas que se argumenta están especialmente presentes en el Ártico hacia el contexto geopolítico más amplio. El imaginario específico construido para justificar las intervenciones regionales de geoingeniería como políticamente viables y, al mismo tiempo, parte de una solución global al cambio climático no puede sostenerse sin un imaginario liberal general de la política internacional. De lo contrario, los efectos globales de las intervenciones regionales amenazarían con deshacer la validez del argumento de “viabilidad regional”.
Imaginarios estatales de seguridad en el Ártico
La historia de la investigación científica en el Ártico revela que los imaginarios liberales de seguridad que sustentan la geoingeniería ártica son un fenómeno relativamente reciente. Doel et al. (2014) describen la interconexión de los proyectos de investigación ártica del siglo XX con tres grandes objetivos estatales, compartidos en distinta medida por todos los estados ribereños: la seguridad nacional, la explotación de recursos naturales y la extensión de la soberanía territorial hacia zonas en disputa. Con la introducción de misiles balísticos intercontinentales y lanzados desde submarinos a fines de los años 50, el Ártico se convirtió en una “zona de amortiguamiento” entre las potencias de la Guerra Fría, experimentando un período continuo de baja actividad militar y ausencia de conflicto que probablemente abrió camino a una mayor cooperación tras la Guerra Fría, con Mijaíl Gorbachov declarando célebremente al Ártico como una “zona de paz” (Gjørv y Hodgson, 2019: 2). El Ártico pasó a ser visto como una región “excepcional” en el período posterior a la Guerra Fría, donde la cooperación multilateral institucionalizada en temas regionales, particularmente en actividades ambientales y científicas, podía florecer (Lackenbauer y Dean, 2020). En esta sección, examinamos las estrategias y desarrollos estatales recientes en el Ártico para evaluar los contornos del imaginario de seguridad predominante entre los estados árticos.
La característica clave del excepcionalismo ártico es que los conflictos y tensiones geopolíticas externas al Ártico quedan excluidos de la cooperación en temas internos de la región y que, como consecuencia, los asuntos específicamente “árticos” son compartimentados: «Los actores… pueden hablar de todo “excepto” de cuestiones conflictivas, en particular de seguridad militar» (Gjørv y Hodgson, 2019: 3, énfasis original). Sin embargo, esta compartimentación es difícil de encontrar en evaluaciones estatales recientes. Estados Unidos subrayó en 2019 que “el Ártico sigue siendo vulnerable al ‘derrame estratégico’ de tensiones, competencia o conflictos originados en otras regiones” (Departamento de Defensa de los Estados Unidos (USDOD), 2019: 6). En 2020, el ministro danés de Asuntos Exteriores habló de “una nueva dinámica político-securitaria en la región. Los desacuerdos y conflictos originados en otras áreas del mundo también se expresan en el Ártico” (Kofod, 2020: 1). [15] Para los cuatro miembros de la OTAN en el litoral ártico, tales preocupaciones estaban obviamente dirigidas al único estado no perteneciente a la OTAN: Rusia (incluso antes de la invasión de Ucrania). Dinamarca expresó su preocupación por “la acumulación de capacidades militares rusas” (Kofod, 2020: 2); Noruega afirmó que “la acumulación de fuerzas y la modernización militar rusa pueden desafiar directamente la seguridad de Noruega y de los países aliados” (Ministerio de Asuntos Exteriores de Noruega (RMFA), 2020: 23) y citó la anexión rusa de Crimea como un momento clave en el aumento de tensiones y el deterioro del optimismo respecto de una cooperación pacífica en el Ártico (RMFA, 2020: 10). Rusia, por su parte, describió el “reforzamiento militar de estados extranjeros en el Ártico y el aumento del potencial de conflicto en la región” como un “desafío” (Oficina de la Presidencia de la Federación Rusa (OPRF), 2020: 5).
Entre los estados de la OTAN, estas evaluaciones han estado acompañadas durante varios años por un llamado a una cooperación militar más profunda. Dinamarca se ha comprometido a “apoyar el papel de la OTAN en el Ártico y el Atlántico Norte” (Ministerio de Asuntos Exteriores de Dinamarca, 2022: 23), un cambio respecto a los documentos estratégicos previos que subrayaban que “la aplicación de la soberanía del reino es fundamentalmente responsabilidad de las propias autoridades del reino” (Ministerio de Asuntos Exteriores de Dinamarca, Groenlandia e Islas Feroe, 2011: 20). Canadá busca “aumentar la vigilancia y el monitoreo de la región ártica en general” en colaboración con Estados Unidos, Dinamarca y Noruega (Gobierno de Canadá, 2019: 77), mientras que Noruega, en 2021, negoció un acuerdo con Estados Unidos para permitirle el acceso a dos instalaciones militares árticas: la Base Naval de Ramsund y el Aeródromo de Evenes.
La confianza se ha deteriorado aún más desde la invasión rusa a gran escala de Ucrania en 2022. Todos los estados miembros del Consejo Ártico, excepto Rusia, anunciaron que suspenderían su participación en las reuniones del consejo debido a la invasión, y posteriormente anunciaron una “reanudación limitada” de proyectos sin la participación rusa (Asuntos Globales Canadá, 2022). La reciente estrategia ártica de Estados Unidos describe una “competencia estratégica creciente en el Ártico… exacerbada por la guerra no provocada de Rusia en Ucrania” (La Casa Blanca, 2022: 3) y afirma que “la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania ha hecho que la cooperación de gobierno a gobierno con Rusia en el Ártico sea prácticamente imposible en la actualidad” (La Casa Blanca, 2022: 14). Rusia interpreta la política ártica en términos similares; su embajador para el Ártico declaró que las solicitudes de Finlandia y Suecia para unirse a la OTAN “por supuesto llevarán a ciertos ajustes en el desarrollo de la cooperación en altitud [sic]” (citado en Staalesen, 2022).
Esta dinámica de “desexcepcionalización”, en la que el Ártico se reintegra cada vez más en la política de las grandes potencias, constituye el contexto contemporáneo en el que los estados ribereños interpretan los cambios climáticos presentes y futuros de la región. Los objetivos estatales asociados a la ciencia ártica de principios y mediados del siglo XX reaparecen como telón de fondo para imaginar el impacto del cambio climático. De los tres objetivos identificados por Doel et al. (2014), la reivindicación de territorios en disputa es, probablemente, de menor importancia hoy en día. Todos los estados han expresado disposición para resolver las disputas sobre la plataforma continental mediante el derecho internacional, y tales declaraciones son generalmente aceptadas como genuinas por los analistas (Østhagen, 2018). Pero los objetivos de seguridad militar nacional y de extracción de recursos naturales están ganando relevancia y cambiando de carácter a medida que el hielo se derrite y el permafrost se descongela.
En contraste con la literatura sobre geoingeniería, el cambio climático rara vez se aborda como una amenaza primaria en las políticas estatales, sino en términos más limitados. Se enfatizan los problemas de adaptación derivados de la “pérdida de hielo marino, el deshielo del permafrost y la erosión terrestre” (Gobierno de Canadá, 2019: 63), y tanto Canadá (Gobierno de Canadá, 2019: 18) como Noruega (RMFA, 2020: 14) describen el cambio climático como una amenaza cultural para los pueblos indígenas. No obstante, la tarea de reducir las emisiones no figura como un objetivo específicamente ártico (por ejemplo, RMFA, 2020: 14). De este modo, el cambio climático aparece menos como un problema que debe abordarse con urgencia y más como una condición inevitable de la política ártica.
En el contexto de los objetivos de seguridad militar, el cambio climático se entiende principalmente como un impulsor de la mayor navegabilidad y accesibilidad del Ártico. La Marina de Estados Unidos anticipa un “Ártico azul” cada vez más libre de hielo, donde “la paz y la prosperidad serán cada vez más desafiadas por Rusia y China, cuyos intereses y valores difieren drásticamente de los nuestros” (Departamento de la Marina de los EE. UU., 2021: 2). Se están revitalizando interpretaciones de la significación geográfica del Ártico de la era de la Guerra Fría: Canadá subraya la importancia de mantener capacidades aéreas y de misiles en su región ártica debido a su ubicación a lo largo de la ruta más corta entre territorio ruso y estadounidense (Gobierno de Canadá, 2019: 77). Y a medida que la región se vuelve más accesible, aumenta su importancia estratégica. El Departamento de Defensa de EE. UU. presenta al Ártico como “un posible corredor – entre el Indo-Pacífico y Europa, y el territorio nacional de EE. UU. – para ampliar las competiciones estratégicas” (USDOD, 2019: 6) y enfatiza que “mantener las libertades de navegación y sobrevuelo es fundamental para garantizar que… las fuerzas estadounidenses conserven la movilidad global garantizada por el derecho internacional” (USDOD, 2019: 13).
La mayor accesibilidad del Ártico también trae nuevas expectativas sobre el uso de los recursos naturales de la región como motor de crecimiento económico (Keil, 2014). Tales objetivos se han entrelazado con discursos y políticas de desarrollo centrados en la falta de infraestructura moderna, el bajo empleo y la disminución poblacional, alineando de esta manera los objetivos económicos de capitales distantes con las preocupaciones locales. Canadá busca “cerrar las brechas y divisiones que existen entre esta región, particularmente en relación con sus pueblos indígenas, y el resto del país” (Gobierno de Canadá, 2019: 36) y presenta estas brechas en un imaginario nacional consumista, donde ser “participantes plenos en la sociedad canadiense” significa tener “acceso a los mismos servicios, oportunidades y estándares de vida que disfrutan otros canadienses” (Gobierno de Canadá, 2019: 36).
El gobierno ruso enmarca sus objetivos de política ártica en términos de evitar una distopía de una región despoblada y sin crecimiento económico, y tales temores se presentan directamente en términos de seguridad: la “disminución poblacional” y el “desarrollo insuficiente” de infraestructura y negocios se nombran como “amenazas primarias a la seguridad nacional” (OPRF, 2020: 4–5). En Noruega, la despoblación del norte se presenta como una preocupación clave a abordar mediante la inversión en educación pública e infraestructura empresarial (RMFA, 2020: 11).
El énfasis en este tipo de “desarrollo” recae en los recursos naturales como combustibles fósiles y minerales raros, las rutas de navegación transárticas y el turismo. Rusia es particularmente clara en su enfoque en los combustibles fósiles: “aumentar las tasas de extracción de petróleo y gas, avanzar en el refinado de petróleo y producir gas natural licuado y productos petroquímicos derivados del gas” son considerados “objetivos primarios para el desarrollo económico de la zona ártica” (OPRF, 2020: 7). El desarrollo de la Ruta Marítima del Norte como un “pasaje nacional de transporte competitivo en el mercado mundial” se nombra como un “interés nacional primario” de Rusia (OPRF, 2020: 4). Otros estados también destacan “nuevas oportunidades económicas, por ejemplo, en forma de nuevas rutas marítimas y extracción de recursos naturales” (Kofod, 2020: 1).
En algunos estados, el rol de los combustibles fósiles en las ambiciones extractivas está, posiblemente, en retroceso. En su estrategia ártica anterior, EE. UU. anticipaba el rol del Ártico en la “futura seguridad energética de Estados Unidos” a través de sus “recursos probados y potenciales de petróleo y gas natural, que probablemente seguirán proporcionando suministros valiosos para cubrir las necesidades energéticas de EE. UU.” (La Casa Blanca, 2013: 7). Ahora, “los significativos depósitos de minerales en demanda, esenciales para las cadenas de suministro de tecnologías clave” (La Casa Blanca, 2022: 6) han sustituido ostensiblemente a los combustibles fósiles como el principal interés extractivo. Sin embargo, tales cambios mantienen intactas las visiones de grandes operaciones extractivas dependientes de (o facilitadas por) un Ártico en calentamiento.
De manera más general, existe una suposición de compatibilidad entre los intereses en el extractivismo y el crecimiento económico, y las políticas climáticas y ambientales. Los futuros imaginados incluyen “transporte marítimo seguro y ambientalmente responsable” (Gobierno de Canadá, 2019: 49), “el uso sostenible de los recursos naturales” (OPRF, 2020: 9) y “turismo sostenible” (Ministerio de Relaciones Exteriores de Dinamarca, Groenlandia e Islas Feroe, 2011: 24). No sorprende que la innovación tecnológica sea anticipada como la principal vía para materializar la sostenibilidad de estas actividades.
En contraste con esta supuesta compatibilidad con los objetivos ambientales, las oportunidades económicas se describen como necesitadas de protección frente a los intereses de otros estados. EE. UU. expresa su compromiso de proteger la “libertad de navegación” en el Ártico frente a las amenazas percibidas de Rusia, alegando que Rusia “está intentando restringir la libertad de navegación mediante reclamos marítimos excesivos a lo largo de la Ruta Marítima del Norte” (The White House, 2022: 6). Como se describió arriba, este interés en la libertad de navegación es en parte militar, pero también busca proteger un orden económico. EE. UU. sostiene que existe “un interés compartido en una región pacífica y estable que permita a las naciones árticas aprovechar los beneficios potenciales de un mayor acceso a los recursos de la región” (USDOD, 2019: 4), respaldado por el poder militar estadounidense.
Rusia, por su parte, ha identificado las “acciones de estados extranjeros y/o de organizaciones internacionales para obstaculizar las actividades económicas u otras actividades legítimas de la Federación Rusa en el Ártico” como un “desafío primario para la seguridad nacional” (OPRF, 2020: 5). En este contexto, China también es construida por los estados occidentales como una amenaza a la seguridad económica. Bajo el presidente Biden, la percepción de amenaza de EE. UU. en el Ártico parece haberse desplazado hacia un enfoque casi exclusivo en Rusia (La Casa Blanca, 2022); sin embargo, la administración anterior de Trump expresó una fuerte preocupación de que “China está intentando ganar un rol en el Ártico de maneras que pueden socavar las reglas y normas internacionales, y existe el riesgo de que su comportamiento económico depredador a nivel global se repita en el Ártico” (USDOD, 2019: 6), un sentimiento compartido por Dinamarca y Noruega (Ministerio de Relaciones Exteriores de Dinamarca, 2022: 23; RMFA, 2020: 11).
China, por su parte, es explícita acerca de sus ambiciones en el Ártico, que retrata como un espacio cada vez más “global”. Argumenta que, debido al cambio ambiental y la mayor accesibilidad, “la situación del Ártico ahora va más allá de su carácter inter-ártico o regional original”, y el énfasis en las “implicaciones globales” se utiliza para justificar su identificación como un “Estado cercano al Ártico” y “actor importante en los asuntos árticos” (english.gov.cn, 2018). Sin embargo, contrariamente a la impresión transmitida por los estados occidentales, las visiones materiales e institucionales de China para el futuro son sorprendentemente similares a las de los estados ribereños: desarrollo de rutas de navegación, extracción de materiales y turismo bajo promesas de desarrollo sostenible y regido por el derecho internacional (english.gov.cn, 2018).
Por lo tanto, la desconfianza expresada por otros estados no se refiere a diferencias explícitas en las visiones de los futuros del Ártico. Más bien, el imaginario del desarrollo económico se securitiza en función de los bloques geopolíticos, haciendo problemática la cooperación económica entre dichos bloques.
Implicaciones para la política de seguridad de la geoingeniería solar
Nuestro análisis ha revelado profundas diferencias entre los imaginarios científicos de seguridad presentes en la literatura sobre geoingeniería y los imaginarios de seguridad de los estados árticos.
En primer lugar, el cambio climático se construye como una preocupación de distintas maneras. En los imaginarios científicos, el cambio climático — y especialmente la posibilidad de puntos de inflexión en el Ártico — ocupa un lugar central. El Ártico se interpreta principalmente a través de su potencial de restauración climática, imaginado mediante modelos computacionales del sistema terrestre que proyectan futuros con climas árticos controlados y, por extensión, climas globales controlados. En contraste, los imaginarios estatales del Ártico no se orientan a prevenir el cambio climático, sino que anticipan una combinación de resultados deseables e indeseables derivados del aumento de las temperaturas, visto como un trasfondo inevitable para el futuro de la región. Las respuestas al cambio climático — como la creciente demanda de minerales raros — se convierten en temas de preocupación y en cuestiones de seguridad, más que el cambio climático en sí (cf. McLaren y Corry, 2023), el cual se presenta como una condición incuestionada para otras decisiones estratégicas. No está en duda si el Ártico “debe” ser un escenario de mayor actividad. Esto contrasta fuertemente con las ideas de geoingeniería, que presuponen que obstaculizar la accesibilidad de la región para fines económicos y militares — por ejemplo, restaurando el hielo marino — sería aceptable para todos los estados involucrados.
En segundo lugar, los imaginarios científicos de seguridad exhiben una comprensión liberal-institucionalista de la política internacional y se basan en una visión del Ártico como bien común global, aprovechable para las necesidades de una humanidad supuestamente global. En esto, los imaginarios de la geoingeniería ártica no difieren de sus equivalentes a escala planetaria (McLaren y Corry, 2021), salvo quizá en la inmediatez de la experimentación y despliegue imaginados. Sin embargo, el caso del Ártico contiene una contradicción única. La geoingeniería en el Ártico se justifica en parte por afirmaciones de que sería más políticamente manejable, recurriendo a discursos de excepcionalismo ártico que lo ven como una región especial donde la cooperación interestatal sobre intereses comunes puede aislarse de dinámicas y conflictos geopolíticos externos. Pero aunque los métodos de geoingeniería previstos están delimitados al Ártico, siguen buscando efectos climáticos globales. [16]
Los geoingenieros en potencia asumen, por tanto, dos cosas: que los efectos fuera del Ártico son en general benignos y/o que la gobernanza solo es relevante en el caso de los efectos desfavorables. Esta última idea se basa en un imaginario liberal-racionalista de la política mundial, donde los costos y beneficios se identifican y gestionan fácilmente, coordinados por instituciones si es necesario, lo que socava la presunción inicial de que el Ártico puede quedar protegido de la geopolítica global conflictiva. Especialmente tras la invasión rusa de Ucrania, esta idea de excepcionalismo ártico es cada vez más obsoleta: el Ártico atraviesa un proceso de “desexcepcionalización”, como lo indica el colapso de facto del buque insignia del multilateralismo ártico, el Consejo Ártico.
Los esquemas que prevén un despliegue de la geoingeniería ártica impulsado por el mercado también son probablemente menos inmunes a los obstáculos geopolíticos de lo que sus desarrolladores imaginan. Tales intervenciones presuponen un orden internacional gobernado por instituciones multilaterales, incluidos los mercados de remoción de carbono o de “créditos de enfriamiento”. Pero incluso para aquellos estados que comparten aspiraciones liberales similares, este orden está sujeto a la incertidumbre — en el Ártico y en otros lugares — y, en consecuencia, se entiende como algo que debe ser asegurado. La desconfianza de los estados occidentales hacia los intereses de China en el Ártico, aunque ostensiblemente similares y compatibles con las aspiraciones occidentales sobre los futuros de la región, resalta la incertidumbre creciente sobre el futuro de ese orden económico liberal dominado por Occidente.
Tomadas en conjunto, estas diferencias revelan una profunda disyunción entre los imaginarios de seguridad de la geoingeniería ártica y las estrategias estatales. Dada la fuerza relativa de los actores e instituciones de seguridad estatales en comparación con los ambientales, la factibilidad política de la geoingeniería en el Ártico parece excluir que una lógica puramente ambiental impulse su desarrollo y/o despliegue. Esto plantea la pregunta de qué fundamentos y escenarios serían objeto de modificación — o desaparecerían por completo — para dar cabida a fines económicos, geopolíticos, de seguridad y de otro tipo.
En este sentido, es notable que exista un punto de convergencia entre los imaginarios estatales y científicos de seguridad: el solucionismo tecnológico. Es concebible que los estados adopten la geoingeniería para mitigar parcialmente el calentamiento ártico (o la degradación del hielo), dejando al mismo tiempo el ambiente lo suficientemente accesible para aumentar la extracción de recursos, la navegación transcontinental y el turismo. Sin embargo, tal escenario — una forma de disuasión de la mitigación (McLaren, 2016) — dista de ser una expresión del imaginario científico de seguridad, que, al haber securitizado los puntos de inflexión árticos como una amenaza para la humanidad global, considera la protección y restauración del clima ártico como la prioridad fundamental. Además, lejos de las expectativas de los geoingenieros que prevén intervenciones apoyadas por poblaciones locales e indígenas, este escenario instrumentalizaría aún más al Ártico en función de intereses externos a la región, lo que claramente equivale a una continuación e intensificación del neocolonialismo que caracteriza a muchas partes del Ártico hasta hoy (Greaves, 2016). Tal como lo indicó claramente la oposición liderada por los sámi a SCoPEx y la oposición al Arctic Ice Project encabezada por organizaciones indígenas árticas [17], muchas personas indígenas del Ártico consideran a la geoingeniería como incompatible con sus concepciones de sostenibilidad.
Como caso de estudio, el Ártico ofrece lecciones más generales para la geoingeniería solar y la seguridad. La región ha atraído la atención de investigadores en parte porque la entienden como un mejor escenario político, y el legado del multilateralismo y la diplomacia científica en la región parecería respaldar esa evaluación. Sin embargo, incluso en un caso así de favorable, los imaginarios subyacentes de la geoingeniería chocan directamente con las ambiciones políticas de los estados que tendrían que apoyar — si no implementar — las intervenciones. En otras palabras, la geoingeniería solar difícilmente se aplicará con los fines concebidos en los círculos científicos, ya sea en el contexto ártico o en otros lugares, y mucho menos de la manera “óptima” a nivel global que prevén los experimentos en modelos computacionales. Aun si investigaciones climatológicas posteriores demuestran que la geoingeniería es técnicamente viable y climáticamente deseable — una cuestión aún no resuelta —, la tecnología ingresaría al pantano de una geopolítica planetaria cada vez más competitiva y conflictiva, y tendría que integrarse con políticas estatales que, por el momento, no muestran señales de adoptar el cambio climático como un tema prioritario.
Nuestras conclusiones también tienen implicaciones para la reflexión de McDonald (2023) sobre la geoingeniería, aunque solo “al servicio de la ‘seguridad ecológica’: una preocupación por la resiliencia de los propios ecosistemas” (p. 566). Aunque McDonald reconoce el problema de encontrar viabilidad política para convertir a la naturaleza en objeto de seguridad, no explora en detalle la forma particular que asumiría la geoingeniería como medida de seguridad. Aquí hemos estudiado el trabajo de investigadores y otros que, posiblemente, invocan la seguridad ecológica apelando a la necesidad o a la emergencia con los ecosistemas árticos como objeto de referencia. A través de su labor de desarrollar la geoingeniería desde principios generales hasta intervenciones viables (es decir, qué técnica se usaría, cómo se diseñaría, quién la desplegaría, dónde y con qué propósito), apelan a comprensiones particulares de la seguridad internacional. Esto demuestra cómo incluso los intentos de hacer de la naturaleza el objeto de referencia de la seguridad dependen en la práctica de comprensiones sobre las sociedades humanas — aquí teorizadas como imaginarios. Y, lo más importante, esos imaginarios científicos de seguridad no parecen alinearse con los imaginarios estatales de seguridad.
Al formular nuestras conclusiones, no sugerimos que los imaginarios estatales por sí solos determinarán el futuro de la geoingeniería ártica. Les otorgamos más poder relativo frente a los imaginarios científicos, dado que los primeros cuentan con un respaldo institucional, material y discursivo considerablemente mayor. Pero los imaginarios son entidades dinámicas sujetas a cambios de manera impredecible. Existen antecedentes de cooperación científica entre naciones bajo tensiones geopolíticas, incluso en el Ártico durante la Guerra Fría (Bertelsen, 2020), y se ha sugerido como hipótesis que una cooperación técnica en geoingeniería solar pueda generar “efectos de derrame” que induzcan formas restaurativas y sostenibles de construcción de paz (Buck, 2022). Sin embargo, también existe una larga y consistente historia de la ciencia como instrumento y parte del entramado de la geopolítica y la economía en la región (Doel et al., 2014; Goossen, 2020), y nuestro análisis de la desexcepcionalización ártica sugiere que la “geoingeniería para la paz” resulta cada vez menos probable conforme las tensiones siguen aumentando.
Otro aspecto de incertidumbre concierne a las contradicciones internas de los imaginarios estatales de seguridad: entre la disposición a aprovechar nuevas oportunidades de extracción de recursos y transporte, y otros objetivos de política como la protección ambiental y la seguridad nacional. La forma en que se gestionen estas contradicciones, y cuáles aspectos sean finalmente priorizados, jugará un papel clave en la configuración del futuro del Ártico (cf. Albert y Vasilache, 2018) y en la definición de las oportunidades y la deseabilidad política de las intervenciones de geoingeniería. Por lo tanto, si bien el análisis de los imaginarios solo nos lleva hasta cierto punto en la anticipación de las implicaciones de seguridad de la geoingeniería solar, proporcionan una base importante para conceptualizar los problemas en juego en esa anticipación. A medida que se intensifican los impactos climáticos y aumentan los incentivos para el despliegue de la geoingeniería — ya sea como una “opción tecnocrática de política climática” (Irvine y Keith, 2021), como una forma de defender imperios (Surprise, 2020) o de preservar “modos de vida dependientes de los combustibles fósiles” (McLaren y Corry, 2023: 1) —, los imaginarios descritos en este artículo tendrán cada vez más probabilidades de colisionar, en el Ártico y en otros lugares.
