En América Latina, Cuba, Nicaragua y Venezuela no están solos en su apoyo a Rusia y su invasión de Ucrania. En muchos casos, ese respaldo se ha disfrazado como un interés por la paz o una postura neutral frente al conflicto, como se ha visto en los casos de Colombia, México y Brasil.
Si bien existen múltiples enfoques diplomáticos hacia Rusia y Ucrania en la región, las motivaciones subyacentes pueden entenderse en términos de apoyo o rechazo. Aunque la mayoría de las naciones rechazan la invasión por considerarla una amenaza a la soberanía territorial y la autodeterminación, otras han sido reacias a responsabilizar a Rusia. En términos más amplios, ha habido menos un bloque ideológico y más una expresión de sentimiento antiimperialista o anticolonial, con algunas excepciones, como la del presidente chileno Gabriel Boric, quien ha repudiado públicamente la agresión de Rusia contra Ucrania. Su postura contrasta con la de otros líderes de izquierda en América Latina como Luiz Inácio Lula da Silva y Gustavo Francisco Petro, quienes han sido más críticos con Volodímir Zelenski que con Vladimir Putin. No obstante, aún es posible identificar tres enfoques distintivos ante la crisis: 1) geopolítico, 2) económico e 3) histórico.
La región muestra un claro interés en mantener abiertas sus puertas a Rusia. Países miembros de los BRICS como Brasil han logrado sostener su supuesta neutralidad en aras de la paz — incluso cuando el presidente Lula ha expresado abiertamente su apoyo a Putin —, al mismo tiempo que protegen sus intereses económicos. Otros, como Colombia y México, han evitado condenar la invasión de Putin bajo una aparente narrativa de búsqueda de paz.
En el plano económico, las actitudes hacia Rusia son más frágiles, dado que su capacidad de inversión extranjera directa se ha visto significativamente reducida por el peso de la guerra y el impacto de las sanciones económicas que siguieron a su agresión. En efecto, las inversiones rusas en la región ya venían disminuyendo desde hace tiempo, con una presencia decreciente en sectores como el de la energía, el petróleo y el gas, así como en software y tecnologías de la información. Sin embargo, los vínculos económicos son más relevantes en los casos de Cuba, Nicaragua y Venezuela, donde estos países están unidos no solo por relaciones comerciales, sino también por su condición compartida de estar bajo sanciones económicas y la necesidad de evadir los efectos del aislamiento financiero. En esta alianza destacan rubros específicos: los fertilizantes rusos, junto con el petróleo y el diésel que son fundamentales para esquivar las sanciones occidentales.
Por otro lado, los lazos históricos tienen un peso mayor del que comúnmente se reconoce. Las interpretaciones idealizadas del pasado soviético de Rusia por parte de gobiernos latinoamericanos de izquierda, así como ciertas afinidades sociales y culturales cultivadas durante décadas, ayudan a explicar el apoyo persistente de diversos líderes como Lula y Jair Bolsonaro en Brasil. Estos vínculos, arraigados en sentimientos compartidos de oposición al colonialismo, han trascendido los cambios ideológicos y reflejan la influencia multifacética de Rusia en la región.
Este contexto resalta que el impacto regional de Rusia trasciende las líneas ideológicas, ya que tanto gobiernos de izquierda como de derecha han expresado apoyo explícito a Moscú o han criticado las aspiraciones de Ucrania de ingresar a la OTAN como forma de justificar la agresión rusa.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha llevado a destacados líderes de la izquierda latinoamericana a alinearse con la nueva administración, lo que está generando consecuencias significativas para la región. Las críticas de la nueva administración estadounidense hacia Kiev resuenan con las posturas adoptadas por Brasil, México, Colombia, Cuba y Nicaragua. A pesar de sus diferencias ideológicas, esta alineación surge de una combinación de afinidades políticas, estrategias geopolíticas y conexiones históricas.
El desafío explícito de Vladímir Putin a los esfuerzos de negociación de Trump plantea dudas sobre la influencia de América Latina en el conflicto, sobre todo por su reticencia inicial a asumir una postura decidida contra Putin. La única voz que continúa condenando la guerra de desgaste del líder ruso es la del presidente chileno Gabriel Boric, en marcado contraste con Lula Da Silva y Gustavo Petro, quienes se mantienen del lado de Putin, dificultando que puedan ser vistos como mediadores imparciales en una posible iniciativa de paz.
Las políticas de Trump han llevado a Brasil y a Colombia a expresar reservas limitadas sobre los planes de EE. UU. respecto a Ucrania, aunque siguen sin condenar abiertamente a Rusia. Esta postura parece responder menos a un apoyo genuino a Ucrania y más a un rechazo del involucramiento estadounidense en los procesos de paz, incluso culpando parcialmente a Ucrania del conflicto.
Mientras tanto, la ideología por sí sola ha demostrado ser insuficiente para generar una condena unificada contra Rusia o un apoyo generalizado a Ucrania en América Latina. Los intentos previos de la administración de Biden por conseguir asistencia militar regional para Ucrania fueron recibidos con un rechazo firme y con reticencia. Este distanciamiento, interpretado como un respaldo tácito a Rusia, alimenta las preocupaciones sobre crecientes tendencias autoritarias en la región, reflejando un compromiso menguante con las democracias emergentes en crisis.
Efectivamente abandonada por la comunidad internacional, Ucrania enfrenta negociaciones con naciones que buscan sus valiosos minerales de tierras raras a cambio de protección, enmarcando la situación esencialmente en un contexto de alivio de deuda. La ausencia de una crítica significativa desde América Latina a este enfoque neocolonial subraya un giro preocupante, donde la soberanía y la autodeterminación parecen cada vez más desechables, dependiendo de intereses y contextos geopolíticos.
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