Resumen
Este trabajo analiza la desdolarización como una política industrial geopolítica dentro del marco de los BRICS y sus implicaciones para Cuba, Venezuela y Argentina. La desdolarización, un proceso para reducir la dependencia del dólar estadounidense, ha cobrado impulso entre los países BRICS como respuesta a las sanciones económicas, la soberanía monetaria y los shocks financieros, en particular tras la crisis financiera de 2008. Para Cuba y Venezuela, la desdolarización es necesaria debido a las sanciones de Estados Unidos, que empujan hacia mecanismos financieros alternativos a través de los BRICS. La posible desdolarización de Cuba sigue a los crecientes lazos con Rusia, China e Irán. En cuanto a Venezuela, a pesar de su dolarización parcial, Caracas busca fortalecer las transacciones no dolarizadas a través del petróleo. En cambio, bajo el presidente Javier Milei, Argentina ha rechazado a los BRICS y sigue debatiendo la dolarización, lo que refleja los nexos históricos y económicos del país con el dólar estadounidense. El estudio destaca que la desdolarización es un proceso multilateral liderado por el Estado e influenciado por condiciones económicas externas, junto con alineaciones geopolíticas. Mientras que Cuba y Venezuela se integran activamente en el BRICS para reducir la dependencia del dólar, el enfoque de Argentina sigue siendo incierto, moldeado por consideraciones ideológicas y financieras
Introducción
La desdolarización es casi un sinónimo de BRICS. La reducción del dominio del dólar estadounidense y la consecuente dependencia de él representan intereses cruciales para los países del BRICS. No obstante, existen matices y diferencias entre los miembros del bloque en cuanto a políticas monetarias. Desde las primeras cumbres (2009–2010), el BRICS ha afirmado la necesidad del Sur Global de priorizar el comercio en monedas locales y evitar la vinculación al dólar estadounidense.
Para miembros fundadores como China y Rusia, así como para países recientemente asociados como Irán y Cuba, las sanciones occidentales son el principal motor de la desdolarización. En cambio, para Brasil, India y la mayoría de los socios más recientes del bloque (principalmente de África y el Sureste Asiático), la desdolarización significa fortalecer su soberanía monetaria, fomentar el valor de sus monedas nacionales y evitar la dependencia de instituciones estadounidenses como el Tesoro y la Reserva Federal.
La desdolarización se relaciona con políticas monetarias y públicas, por lo tanto, es un proceso liderado por el Estado. Por esta razón, puede considerarse una política industrial. Es necesario señalar que este artículo adopta el término política industrial geopolítica para referirse a una estrategia económica liderada por el Estado que, a diferencia de las políticas monetarias o financieras de enfoque interno, está profundamente entrelazada con la dimensión externa de la política exterior.
Por lo tanto, este trabajo examina la desdolarización como una política industrial geopolítica dentro del marco de los BRICS y sus implicancias para Cuba, Venezuela y Argentina. La desdolarización, un proceso destinado a reducir la dependencia del dólar estadounidense, ha cobrado impulso entre las naciones del BRICS como respuesta a las sanciones económicas, preocupaciones por la soberanía monetaria y choques financieros externos, especialmente después de la crisis financiera global de 2008.
Para Cuba y Venezuela, la desdolarización es necesaria debido a las sanciones de EE. UU., lo que las ha llevado a buscar mecanismos financieros alternativos a través de asociaciones con los BRICS. La posible desdolarización de Cuba se enmarca en sus crecientes vínculos con Rusia, China e Irán. En el caso de Venezuela, a pesar de su dolarización parcial, Caracas busca fortalecer las transacciones no dolarizadas a través del comercio de petróleo. En contraste, bajo la presidencia de Javier Milei, Argentina ha rechazado su ingreso a los BRICS y continúa debatiendo la dolarización, reflejando los lazos históricos y económicos del país con el dólar estadounidense.
El estudio destaca que la desdolarización es un proceso multilateral liderado por el Estado, influenciado por condiciones económicas externas y alineamientos geopolíticos. Mientras Cuba y Venezuela se integran activamente con los BRICS para reducir la dependencia del dólar, la postura de Argentina permanece incierta, moldeada por consideraciones ideológicas y financieras.
Es innegable que existen diferencias entre las políticas industriales tradicionales y la desdolarización. Las políticas industriales tienden a ser introspectivas, están basadas en asuntos internos y, en general, contradicen los esfuerzos multilaterales. En cambio, la desdolarización es una política industrial geopolítica que mira hacia afuera, centrada en el papel de un país determinado dentro de la economía mundial. Sin multilateralismo, un Estado que persiga la desdolarización se convertiría rápidamente en un Estado aislado del sistema financiero internacional. Como política industrial geopolítica, la desdolarización encuentra su fundamento en choques externos. Es razonable definirla como un fenómeno motivado exógenamente. La crisis financiera global de 2008 representó el choque externo crucial para que los miembros de los BRICS intensificaran sus objetivos de desdolarización:
“Especialmente desde la crisis financiera global de 2008, los bancos centrales de muchos países han intentado diversificar sus carteras para alejarse del dólar estadounidense, mediante la liquidación de bonos del Tesoro de EE. UU. y el aumento de otros activos, incluidos el euro, yen, renminbi y el oro.” (Li, 2023, p. 9).
El siglo XXI trajo incentivos para la desdolarización que finalmente se activaron a raíz de la crisis financiera global. Sin embargo, la duda más común en torno a la desdolarización tiene que ver con su viabilidad. No existen herramientas para medir objetivamente su estado o sus resultados futuros. A pesar de sus limitaciones, la desdolarización está atrayendo cada vez más a las economías del Sur Global.
Con foco en América Latina, este trabajo señala cómo la desdolarización se convierte en una obligación para los países sancionados: Cuba y Venezuela. Ambos gobiernos, miembros del ALBA, han estado vinculados con los BRICS desde hace tiempo, [1] con La Habana uniéndose al Foro como asociado y Venezuela casi en la misma ruta, detenida por el veto brasileño en la cumbre de Kazán. La desdolarización de Cuba y Venezuela encuentra en los BRICS una oportunidad multilateral.
El tercer país analizado es Argentina, ya que el gobierno de Javier Milei rechazó su ingreso a los BRICS y ha coqueteado repetidamente con la idea de dolarizar la economía. Desde el “uno a uno” de la presidencia de Menem hasta el “corralito” de 2001, la historia económica reciente de Argentina está inevitablemente marcada por cuestiones monetarias (FMI, 2003). A diferencia de Venezuela, y al contrario de Cuba (que no forma parte del FMI), las políticas económicas de Argentina están profundamente entrelazadas con las instituciones de Bretton Woods. Eso podría explicar por qué los economistas neoliberales argentinos consideran la dolarización como una solución viable para Buenos Aires (Cachanosky et al., 2023).
1. Desdolarización por fuerza mayor en Cuba y Venezuela
Desde 1999, cuando coincidieron Fidel Castro y Hugo Chávez, la desdolarización ha representado una política industrial de política exterior para antagonizar la hegemonía de EE. UU. En el caso de Cuba, la desdolarización es un proceso más difícil de lo que comúnmente se asume y ciertamente más desafiante que en Venezuela. El año 2004 marcó la prohibición oficial del dólar estadounidense en la isla caribeña, como medida para revertir el sistema de doble moneda implementado desde el Período Especial (Herrera & Nakatani, 2004). La extraterritorialidad de las sanciones de EE. UU., que afecta en su efecto secundario al comercio de Cuba, llevó a La Habana a una desdolarización que sigue el camino que Deligöz (2024) identificó para China y Rusia.
Más allá de las estrategias de realpolitik y geopolítica, la asociación de Cuba con los BRICS, que se concretó en octubre de 2024, constituye el esfuerzo más reciente de desdolarización. Las crisis económicas de Venezuela y la pandemia de COVID-19 empujaron a Cuba a un endeudamiento constante para sobrevivir, permitiendo nuevamente el uso limitado del dólar estadounidense debido a las restricciones de Washington (Luis, 2020). Para responder a sus urgencias, en pocos meses La Habana pasó de una aparente dolarización a iniciativas de desdolarización, gracias a los BRICS. Durante el verano, el primer ministro Manuel Marrero autorizó pagos en dólares en el sector turístico (Gámez Torres, 2024) para enfrentar el déficit de la balanza de pagos con mayor liquidez.
Para un país obligado a modificar rápidamente sus políticas industriales, la oportunidad de los BRICS no podía desaprovecharse. La dependencia de Cuba respecto a Rusia, China e Irán podría concretar una desdolarización completa que favorezca a los proyectos de los BRICS y le permita escapar de las sanciones estadounidenses. Por supuesto, la evidente permanencia del bloqueo — sin importar quién ocupe la Casa Blanca — es el principal motor de la desdolarización cubana.
2. Caso de Venezuela
Una situación similar, aunque con matices, se aplica a Venezuela. Desde la era bolivariana iniciada por el presidente Chávez, la desdolarización se entrelazó con objetivos de política exterior incluso antes de las sanciones estadounidenses. La moneda digital Sucre fue creada por los gobiernos de Venezuela y Ecuador como la principal iniciativa del ALBA para desdolarizar las transacciones comerciales entre naciones bolivarianas (Benzi et al., 2016). El Sucre promovido por el ALBA fue análogo al impulso de los BRICS por las tecnologías blockchain y monedas digitales, limitando el uso del dólar a un valor de referencia para las transacciones del bloque (Mayer, 2024). Las sanciones de EE. UU. sobre la producción petrolera venezolana, implementadas bajo la primera administración de Trump, significaron una remoción significativa de las transacciones denominadas en dólares para Caracas. Considerando el lento progreso del ALBA y la inviabilidad de adoptar completamente el Sucre, el presidente Maduro tuvo que volcar su atención hacia los BRICS en busca de soluciones.
A pesar de no tener relaciones diplomáticas con Washington, Venezuela sigue siendo miembro del FMI. Ladasic señala que “Venezuela al unirse al grupo de países que comercializan petróleo fuera del dólar estadounidense y, en su lugar, lo hacen en yuanes chinos, los BRICS junto con Venezuela ya reúnen el 16% necesario para tener poder de veto en el FMI en caso de una crisis” (2017, p. 100).
La caracterización rentista de la economía venezolana y su dependencia de las exportaciones de petróleo hacen que la desdolarización sea una necesidad. Al igual que en Cuba, las políticas unilaterales no son suficientes. El clamor económico de Venezuela se ha visto acompañado de inflación, la devaluación del bolívar y una parálisis del Banco Central de Venezuela (BCV) que puso sobre la mesa la posibilidad de una dolarización total como parte de las políticas públicas e industriales (Briceño et al., 2019). Aunque el país aún se encuentra en una especie de dolarización de facto, la recuperación económica de Venezuela debería darse junto con una estrategia de desdolarización.
El fracaso en ingresar a los BRICS en la cumbre de Kazán representa un freno temporal a la desdolarización venezolana, pero el prolífico comercio con China, Rusia, Irán y Turquía alineará, en cualquier caso, a Venezuela con las políticas del bloque de los BRICS.
3. Argentina: Desdolarizar una pasión
Los economistas sin duda estaban interesados en las declaraciones de Javier Milei sobre la dolarización. Menos de un año después de iniciado su gobierno, la dolarización parece imposible para el presidente libertario. La negativa de Milei a los BRICS demuestra que la desdolarización no es actualmente una opción considerada por la Casa Rosada.
No obstante, es relevante señalar que la academia argentina ha cuestionado el rol del dólar estadounidense y ha estudiado políticas económicas relacionadas con la desdolarización. Corso y Sangíácomo (2023), en vinculación con el Banco Central de la República Argentina (BCRA), argumentaron que la desdolarización podría ayudar a aliviar la inflación extrema que se vivió durante el mandato de Alberto Fernández. Otros autores insinuaron que las restricciones de los Kirchner al acceso al dólar conducirían a una desdolarización gradual de la economía, aunque con limitaciones, particularmente por el dominio del dólar en el mercado inmobiliario de América Latina (Luzzi, 2013).
Si bajo los Kirchner, y con el apoyo de una geopolítica sudamericana de orientación progresista, la desdolarización podría haber ofrecido una salida para la economía argentina, con Milei esa posibilidad es prácticamente inexistente. La relación argentina con el dólar no responde a una línea ideológica clara. La pasión de los argentinos por el dólar, como subrayan Bercovich y Rebossio (2013), ha sido compartida por diversas figuras políticas, como Perón, Aníbal Fernández (kirchnerista destacado) y Martínez de Hoz. La continua inestabilidad del peso legitimó la adopción informal y generalizada del dólar, con antecedentes ya visibles tras la devaluación posterior a la Gran Depresión (Díaz Alejandro, 1970).
También existe un sentido nacionalista detrás del peso: sus billetes con héroes nacionales, desde Belgrano hasta Evita (Moreno Barreneche, 2023), reflejan un apego sentimental que los argentinos no desean eliminar. En resumen, la desdolarización de Argentina es tan difícil como la dolarización. La obsesión de Milei con la hegemonía estadounidense sitúa a la desdolarización en un escenario lejano. Además, la victoria de Donald Trump — quien prometió aplicar altos aranceles a los países que se desliguen del dólar (Butts, 2024) — constituye una barrera natural para desdolarizar. Su viabilidad política podría depender de una eventual sucesión peronista a Milei.
La cercanía financiera de Argentina con China y una posible reanudación de conversaciones con los BRICS podrían posicionar a la desdolarización como una opción futura de último recurso. En este sentido, la desdolarización dentro del marco BRICS podría ayudar a Argentina a resolver problemas estructurales: la deuda externa crónica y la dependencia de las instituciones de Bretton Woods.
Conclusiones
La desdolarización es impulsada por el Estado y puede considerarse una política industrial geopolítica. Cuba, Venezuela y Argentina muestran que depende del cálculo geopolítico y de consideraciones económicas. Los incentivos pueden ser diversos, desde las sanciones de EE. UU. hasta la devaluación de la moneda nacional. Sin embargo, a diferencia de la dolarización, la desdolarización no puede llevarse a cabo de manera unilateral.
El ascenso de los BRICS motiva a los países del Sur Global a desdolarizar bajo su paraguas. Para Cuba y Venezuela, la asociación con los BRICS y la interdependencia con otras economías sancionadas como Rusia, China e Irán convierten a la desdolarización en una oportunidad. La relación de Argentina con el dólar está marcada por su turbulenta historia económica. Al mismo tiempo, hay una pasión por los dólares y un nacionalismo ligado a los billetes del peso. En este contexto, incluso Milei ha demostrado que la dolarización no es más fácil que la desdolarización. Los problemas de moneda que afectan a Argentina quizás no se resuelvan con ninguna de las dos políticas, pero una futura colaboración con los BRICS podría volver a poner la desdolarización en el centro del debate político.
Notas
[1] ALBA hace referencia a la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, una organización regional fundada por Cuba y Venezuela, que incluye a Bolivia, Honduras, Nicaragua y varias islas del Caribe. Fue creada en 2004 bajo el auspicio de Hugo Chávez.
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