Hace veinticinco años, el presidente ruso Boris Yeltsin eligió a su quinto y último primer ministro, Vladímir Putin. En una década marcada por la crisis financiera, una guerra desastrosa, corrupción y la prolongada enfermedad de Yeltsin, el mandato del primer ministro siempre fue limitado. Ellos eran el objetivo cuando algo iba mal en la Federación Rusa, como solía ocurrir a menudo. Tampoco se esperaba que la última elección durara tanto. Putin, antiguo jefe de los Servicios Federales de Seguridad, había ocupado antes un puesto administrativo en Dresde para su predecesor, el KGB, un cargo que terminó abruptamente con la caída del Muro de Berlín en 1989 y el colapso del estado comunista de Alemania Oriental.
Puede que Putin haya permanecido en la oscuridad, pero antes de su nombramiento como primer ministro consiguió unir a su carrera al popular alcalde de San Petersburgo, Anatoly Sobchak. Putin fue nombrado vicealcalde, pero Sobchak perdió su campaña para la reelección en 1997 y posteriormente fue acusado de corrupción. Él murió repentinamente de un ataque al corazón en el 2000. El repentino ascenso de Putin culminó con la inesperada dimisión de Yeltsin a finales de 1999. Se convirtió en presidente en funciones hasta las elecciones de marzo de 2000, y entonces ganó fácilmente con un solo oponente serio, el líder del Partido Comunista, Gennady Zyuganov.
Putin reinició la guerra en Chechenia, que había terminado con un tratado en 1997 que dejaba el status intacto. La nueva guerra se llevó a cabo despiadadamente. La capital chechena, Grozny, fue borrada del mapa y otras ciudades quedaron completamente destruidas. Los chechenos montaron una eficaz campaña terrorista fuera de su territorio. En octubre de 2002, unos cuarenta terroristas chechenos atacaron un teatro en Moscú y tomaron como rehenes a unas 700 personas. Las fuerzas especiales rusas, bajo las órdenes de Putin, irrumpieron en el teatro después de bombear gas en el auditorio. Todos los terroristas murieron, pero también lo hicieron más de 100 asistentes. La crueldad de Putin era evidente. No habría concesiones con los terroristas. En 2004, el presidente checheno Ajmat Kadírov fue asesinado. Putin quería que el hijo de Kadírov, Ramzán, que se había cambiado de bando en la guerra y había ofrecido sus servicios a Putin, le sucediera, pero tuvo que esperar tres años más para que alcanzara la edad mínima de 30 años.
A nivel interno, Putin tuvo suerte. Tras un desastroso declive a finales de los noventa, los precios del petróleo y gas empezaron a subir. La economía rusa se recuperó. Putin aceptó el crédito. Destituyó a los oligarcas de la época de Yeltsin que se negaron a mantenerse al margen de la política, los demás pasaron a formar parte de su régimen. También empezó a reafirmar gradualmente el dominio regional ruso. En varias repúblicas exsoviéticas, esta fue la época de las “revoluciones de colores”, en las que líderes populares reemplazaron a figuras corruptas, a menudo remanentes de la era soviética. En las protestas de la Revolución Naranja ucraniana, Víktor Yúshchenko, un líder proeuropeo, derrotó al pro-kremlin Víktor Yanukóvich después de repetirse la tercera vuelta de las elecciones.
En el sur, Mikeil Saakashvili llegó al poder en Georgia con objetivos similares. La respuesta de Putin fue colaborar más estrechamente con Bielorrusia, un aliado fiable bajo el mandato de Aleksandr Lukashenko, y promover la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva como respuesta a la expansión de la OTAN. Aparte de Bielorrusia, se incluyó a la mayoría de los estados de Asia Central. Paralelamente, las relaciones con occidente empezaron a deteriorarse. Aunque Putin tenía algunos puntos en común con el presidente estadounidense George W. Bush – ambos se enfrentaban al terrorismo vinculado a grupos islámicos militares –, le molestaba tener que doblegarse ante Estados Unidos como único policía mundial. Creía que Occidente había fomentado las Revoluciones de colores.
En 2008, después de que las fuerzas de la OTAN colaboraran en la formación de Kosovo, Putin afirmó que se habían violado los acuerdos territoriales que pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial. Rusia respaldó abiertamente dos regiones separatistas de Georgia – Abjasia y Osetia del Sur – e invadió el pequeño estado caucásico ese mismo año, ocupando Gori y otras ciudades. Ese mismo año, Putin completó su segundo mandato como presidente, el máximo permitido por la constitución rusa y cambio de posición con su primer ministro, Dmitri Medvédev, trece años menor que él, una figura diminuta a quien Occidente extrañamente consideraba como un reformador y un liberal que moderaría las políticas rusas.
El periodo 2008 – 2012, con Putin en un segundo plano, vio un gran éxito. Tras una presidencia insípida marcada por los viajes al extranjero y las concesiones simbólicas al nacionalismo ucraniano, Yúshchenko cayó del poder en 2010 recibiendo sólo el 1.5% del voto popular. Yanukóvich, el exgobernador de Donetsk, finalmente asumió la presidencia. Aun así, hubo una fuerte oposición al regreso de Putin al poder en 2012 (tras haber enmendado la constitución para permitírselo), encabezada por el ex viceprimer ministro y gobernador de Nizhni Nóvgorod, Borís Nemtsov. Se llevaron a cabo protestas masivas en Moscú y otras ciudades. Putin volvió a triunfar, muy por delante de Zyuganov y del nacionalista maverick Vladímir Zhirinovski.
Rusia se enfrentó a otra crisis en Ucrania en 2014. Después de que Yanukóvich decidiera no firmar la Adhesión de Asociación con la UE en Vilna, comenzaron las protestas masivas en el Maidán de Kiev. Yanukóvich intentó disolverlas por la fuerza el 30 de noviembre, lo que catalizó un movimiento masivo. En febrero Yanukóvich había huido y más de 100 manifestantes habían muerto. En marzo de 2014, Putin inició su invasión de Ucrania ocupando Crimea. Rusia también respaldó una revuelta separatista en el Dombás, la zona natal de Yanukóvich, con dos pequeñas repúblicas separatistas que anunciaron su metamorfosis en “repúblicas populares”. En gran medida no fueron reconocidas, ni siquiera por Rusia, pero se mantuvieron durante los ochos años siguientes, después de que el deteriorado ejercito ucraniano fracasara en su intento de recapturarlas.
En el tercer mandato de Putin se dio el asesinato de Borís Nemtsov, que paseaba por el exterior del Kremlin de Moscú con novia ucraniana. Una banda chechena fue la principal sospechosa, posiblemente por orden de Kadírov. Los agentes rusos ya habían asesinado a otras figuras problemáticas: la valiente periodista Anna Politkóvskaya, que siguió la guerra de Chechenia en forma de diario; y el desertor ruso Aleksandr Litvinenko, envenenado con polonio-210 en Londres por un antiguo miembro de la FSB (por sus siglas en inglés).
Después de 2014, Putin parecía despojarse de cualquier ilusión de ser accesible, moral o limitado por los protocolos habituales de un líder mundial. Empezó a considerar a Occidente como degenerado y en declive, y a la democracia como un experimento fallido. Se hizo extremadamente rico gracias a sus vínculos con los oligarcas, y poderoso a través de sus silovikí (personas autorizadas a utilizar la fuerza contra civiles), un vestigio de sus días como jefe de la policía secreta. Surgió una estructura jerárquica: Putin, su Consejo de Seguridad (incluido su poderoso ministro de asuntos exteriores, Serguéi Lavrov), su partido Rusia Unida, que controlaba la Duma y las masas.
A través de las redes sociales, el liderazgo ruso difundió una perspectiva mundial que anatematizaba a los estadounidenses, a la OTAN, a la “Europa gay”, a Occidente, que pretendía controlar el mundo y reducir a Rusia a una potencia de segundo orden. Hubo algunos seguidores en lugares inesperados: admiradores en Occidente, algunos de los cuales se reunían regularmente en debates del Club Valdai, algunos en el mundo académico que se negaron a renunciar a su anterior admiración por el firme liderazgo de Putin, Viktor Orbán en Hungría y, eventualmente, el presidente Donald J. Trump en Estados Unidos.
Para entonces, Putin ya había desarrollado una visión de su país y del futuro: una restauración del imperio, el “Russkiy Mir”, que incluiría la mayor parte de Ucrania, Bielorrusia y, más tarde, otras tierras de los estados bálticos, Georgia y Moldavia. Pero debe empezar por Ucrania, el sagrado corazón del estado ruso y Crimea, donde todo empezó en 988 con el príncipe Vladimir de Kiev (antes conocido como Volodymyr de Kyiv).
Para asegurar unos cimientos justos y un renovado sentido de la identidad, Putin recurrió a la “Gran Guerra Patria”, la época en que la Unión Soviética había hecho retroceder a las hordas nazis y liberado a la Europa democrática. Los colaboradores de aquella época estaban vinculados a sus enemigos contemporáneos: los nacionalistas ucranianos y bálticos. Los historiadores rusos empezaron a revisar una narrativa de la guerra centrada en el holocausto de los judíos. En la nueva versión, los rusos fueron las principales víctimas del genocidio nazi. Esta interpretación delirante y retorcida del pasado llevó a Putin a una guerra ampliada en febrero de 2022, calculada para destruir el estado ucraniano fundado en 1991. Ese intento fracasó porque el ejército ucraniano era mucho más fuerte y contaba con el respaldo de la población. Pero sigue en curso y ha costado decenas de miles de vidas.
El emperador vuelve a ser coronado por otros seis años. Legalmente pude permanecer en el cargo hasta 2036, cuando cumplirá 84 años. Para entonces, Rusia puede ser aún más grande, pero con menos gente, ya que la población sigue disminuyendo, acelerada por las guerras y con los recursos agotados a medida que disminuyen los suministros de petróleo y gas. En tal escenario, Rusia seguirá gobernada por un tirano en declive físico, al que aún temen sus tímidos colaboradores. Quienes han visto lo que les sucede a aquellos que se cruzan en su camino. Pero Vladímir Putin no es inmortal y, en ese sentido, su tiempo en la historia es poco más que el tic-tac de un reloj.
