Donald Trump declaró que su cumbre en Alaska con Vladímir Putin fue un éxito, a pesar de que existen pruebas que sugieren lo contrario. En Truth Social, Trump dijo que un acuerdo de paz sobre Ucrania, y no un simple alto al fuego, era el camino correcto, afirmación que repitió durante las conversaciones posteriores en Washington con Volodímir Zelenski y los líderes europeos. “Potencialmente, se salvarán millones de vidas”, dijo Trump. Ese optimismo parece estar fuera de lugar.
Para Putin, Ucrania no es simplemente una ficha de negociación, sino un territorio que considera parte de un “Estado-civilizatorio” ruso. Cuando Putin se reúne con líderes occidentales, no está negociando sobre tierras; enmarca la guerra como una defensa de la civilización rusa y de sus valores. Como resultado, Putin no puede simplemente “hacer un trato” que implique intercambios de territorio para poner fin al conflicto.
El proyecto civilizacional de Rusia
Además de la retórica civilizacional, hay otros factores contribuyen a la intransigencia de Putin. Las preocupaciones estratégicas sobre la OTAN, los temores por la seguridad del régimen y la importancia material de Crimea y el Mar Negro dan forma a la postura de Moscú. Sin embargo, el lenguaje de la civilización convierte estos aspectos en cuestiones de identidad y supervivencia. Fusiona intereses prácticos con afirmaciones existenciales, lo que hace aún más difícil retroceder. Incluso si fueran posibles compromisos en materia de seguridad o economía, el marco civilizacional los presenta como traiciones al destino de Rusia.
Algunos responsables de la política estadounidense han tendido a interpretar a Rusia como un Estado con intereses que pueden ser negociados. Sin embargo, Putin concibe a Rusia no simplemente como un Estado-nación, sino como una civilización arraigada en la ortodoxia, el imperio y la memoria del poder soviético. Visto a través de este prisma, Ucrania no es un vecino extranjero, sino una parte inseparable de la historia y la identidad rusas, que debe ser defendida frente al avance de Occidente.
En su ensayo de 2021 “Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos”, Putin afirmó que los rusos y los ucranianos son “un solo pueblo”, y que Ucrania es “una parte inalienable de nuestra propia historia, cultura y espacio espiritual”. Cualesquiera que sean sus convicciones privadas, la función de este lenguaje es clara. Justifica la anexión y la ocupación, y eleva el costo político de retroceder al tratar las cuestiones territoriales como asuntos de supervivencia civilizacional.
El propio Putin insiste en que “Occidente” no entiende que “la crisis de Ucrania no es un conflicto territorial … ni un intento de establecer un equilibrio geopolítico regional”. En cambio, afirma que está arraigada en “los principios que sustentan el nuevo orden internacional” que está construyendo. La paz, en este nuevo orden, solo es posible “cuando todos se sienten seguros y protegidos, entienden que sus opiniones son respetadas” y cuando “nadie puede obligar unilateralmente … a otros a vivir o comportarse como le plazca a un hegemón, incluso cuando contradice la soberanía … las tradiciones o las costumbres de los pueblos y países”.
Este marco le permite al Kremlin presentar a Occidente como el agresor que impone normas ajenas a unos ucranianos reacios. Rusia, en cambio, afirma luchar por sí misma en nombre de todas las naciones que desean ver el fin de la hegemonía occidental y el nacimiento de un nuevo mundo multipolar. Además, presenta la condición de Ucrania como una cuestión civilizacional ligada a la identidad y a la resistencia frente a las normas liberales occidentales. Como resultado, solo es aceptable un arreglo que Putin pueda presentar en el ámbito interno como un reconocimiento del estatus civilizacional de Rusia, lo cual complica el compromiso más allá de lo que sugieren las fórmulas diplomáticas estándar.
Los desafíos en la búsqueda de paz de Trump
Trump no ha ocultado su deseo de ser recordado como un pacificador. Sin embargo, también admira a los líderes fuertes y ha mostrado simpatía por los argumentos posliberales que sostienen que la democracia liberal está agotada. Estas afinidades lo acercan, al menos retóricamente, a ciertos elementos de la postura de Putin.
La admiración y la aspiración, por sí solas, son insuficientes para salvar la brecha entre las posiciones de Putin y Trump sobre la independencia de Ucrania. Putin enmarca el conflicto como algo existencial, una defensa de la civilización rusa frente al avance de Occidente. Esto hace que el compromiso sea especialmente difícil. Si la guerra se entiende en estos términos, ¿cómo podría Moscú devolver los territorios ocupados sin socavar su propia reivindicación civilizacional? ¿Cómo podría aceptar una Ucrania inclinada hacia la Unión Europea o tolerar una presencia estadounidense en su territorio?
Trump puede desear la paz, pero Putin ha vinculado su legitimidad a una narrativa que la resiste. A menos que ese marco se abandone o se reinterprete radicalmente, cualquier acuerdo seguirá siendo esquivo.
Una tendencia más amplia
“El enfoque de Rusia forma parte de un patrón más amplio en el que las reivindicaciones civilizacionales se han vuelto centrales para que los líderes justifiquen su poder y resistan el compromiso. Xi Jinping presenta a China como una civilización de cinco mil años cuya soberanía incluye a Taiwán y el Mar de China Meridional. Xi expone al Partido Comunista como el guardián de una tradición civilizacional que se remonta a Confucio, lo que otorga a las disputas contemporáneas un aire de legitimidad intemporal. Narendra Modi retrata a la India como una antigua civilización hindú que restaura su lugar legítimo después de siglos de dominación extranjera. Cada caso es distinto, pero el mensaje es similar: nuestra civilización es excepcional, nuestra soberanía es absoluta y nuestros valores no están sujetos a negociación.”
Una cumbre problemática
En este contexto, la reunión de Alaska nunca tuvo muchas probabilidades de producir más que gestos. Trump puede desear sinceramente la paz y ser recordado como el líder que puso fin a la guerra. Sin embargo, se enfrenta a un interlocutor que ha justificado la invasión de Ucrania en términos civilizacionales y existenciales. Para Putin, Ucrania no es solo territorio, sino un símbolo de la identidad y la soberanía de Rusia, presentada como un baluarte frente al avance de Occidente. Dentro de este marco, Rusia vería la restauración de las fronteras de Ucrania, la aceptación de su orientación europea o la tolerancia a una presencia estadounidense a largo plazo en la región como derrotas de principio, más que concesiones de interés.
La ambición de Trump de terminar la guerra enfrenta un dilema casi insoluble. Europa rechazará un acuerdo que recompense la agresión, mientras que Putin se niega a ceder territorio que ha presentado como parte integral de la civilización rusa. Los intercambios de tierras parecen prácticos, pero no satisfacen a ninguna de las partes. Si el conflicto permaneciera congelado, Ucrania quedaría fracturada y los problemas de fondo sin resolver. La paz exige compromiso, pero el compromiso socava las mismas narrativas sobre las que Moscú ha construido su legitimidad. Como resultado, a menos que Putin abandone su marco civilizacional de la guerra, cualquier acuerdo seguirá siendo esquivo y el futuro de Ucrania incierto.
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