La imagen general del ataque terrorista a gran escala del viernes en un suburbio de Moscú finalmente está adquiriendo cierta claridad. El ataque al Crocus City Concert Hall en la ciudad satélite de Krasnogorsk fue llevado a cabo por cuatro hombres de origen centroasiático, quienes estaban fuertemente armados con rifles automáticos e incendiarios. Los atacantes comenzaron a disparar cuando irrumpieron por la entrada, matando a personal de seguridad desarmado, y luego, procedieron a través del vestíbulo hasta la misma sala de música.
No hubo declaraciones ni reivindicaciones políticas; como se demostró más tarde, los terroristas ni siquiera hablaban ruso con suficiente fluidez. No se tomaron rehenes, el objetivo de los atacantes eres bastante simple: matar al mayor número posible de personas e infligir el mayor daño posible a la sala de conciertos. Con más de 6,200 personas desarmadas dentro del edificio, la tarea era bastante fácil. Los atacantes disparaban a quemarropa, recargaban sus rifles y lanzaron dispositivos incendiarios en todas direcciones. Tras haber prendido fuego al edificio, salieron por la misma entrada central y huyeron del lugar en un coche estacionado cerca.
Muchas personas murieron por el tiroteo, muchas asfixiadas por el denso humo en salas y pasillos, y otras perecieron al derrumbarse finalmente el techo de cristal y acero de la sala de conciertos. Con las operaciones de rescate y los esfuerzos de los bomberos aún en marcha, el número de muertos fue subiendo a lo largo del fin de semana hasta llegar a 137, entre ellos niños pequeños. Más de ciento cincuenta víctimas permanecen ingresadas en hospitales y lo más probable es que el número final de muertos sea mayor. Los atacantes intentaron escapar en dirección a la frontera de Rusia con Ucrania, pero su vehículo fue interceptado por fuerzas especiales y los cuatro hombres fueron arrestados ya en la mañana del sábado. El presidente de Rusia, Vladímir Putin, declaró el 24 de marzo día de luto nacional.
Sin embargo, incluso ahora, tres días después, todavía hay algunas partes esenciales de la historia que siguen sin estar claras y abiertas al debate público. La cuestión más importante es quién está realmente detrás del atentado del viernes. Es difícil imaginar que unos pocos terroristas hayan podido actuar por su cuenta, sin una institución fuerte o una red detrás. Durante los primeros interrogatorios, confesaron que no eran más que “mercenarios” desechables, es decir, que les pagaban por hacer el trabajo. Por cierto, el precio ofrecido no era tan elevado: algo más de 5,000 dólares por persona. Sin embargo, los terroristas detenidos resultaron ser incapaces o no estar dispuestos a identificar debidamente a sus supuestos empleadores y clientes.
Una de las versiones más populares respecto a lo último, que ahora circula ampliamente en Occidente, vincula el atentado terrorista con el Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS, organización reconocida como terrorista y cuyas actividades están prohibidas en la Federación Rusa). Esta versión se basa en el supuesto de que el ISIS o, más concretamente, el ISIS-K (la rama de Jorasán del Estado Islámico que opera en Afganistán) tiene muchos motivos para estar descontento con las actividades de Moscú en lugares como Siria, Libia o incluso con el prudente apoyo de Rusia al régimen talibán de Kabul. En septiembre de 2022, ISIS-K reivindicó la autoría del atentado suicida contra la embajada rusa en Kabul, que afortunadamente no produjo víctimas. La organización terrorista demostró su capacidad operativa a principios de enero de 2024, cuando dos atacantes del ISIS-K perpetraron dos atentados suicidas simultáneos en Kermán, Irán, durante un acto de duelo por el asesinato del líder de la Fuerza Quds, Qassim Soleimani, por parte de Estados Unidos.
Esta versión de quién está detrás del atroz ataque terrorista es especialmente conveniente para Estados Unidos y sus aliados de la OTAN, ya que señala a los enemigos occidentales a largo plazo y descarta cualquier responsabilidad, incluido hipotética, de Occidente en la tragedia de Moscú. Sin embargo, hay algunos puntos débiles aparentes en esta narrativa. En primer lugar, el patrón del atentado en el Crocus City Hall era muy diferente al “modo estándar” de las operaciones del ISIS. Los atacantes del viernes no eran fanáticos religiosos, terroristas suicidas, o tiradores adoctrinados dispuestos no sólo a matar, sino también a morir en cumplimiento de su “misión sagrada”. El fanatismo supremo e intransigente del ISIS se ha demostrado en muchas ocasiones, por ejemplo, durante un ataque terrorista a gran escala en París el 13 de noviembre de 2015. Pero este no fue el caso en Moscú el pasado viernes: los atacantes intentaron desesperadamente escapar y salvar sus vidas.
En segundo lugar, sería un tanto contraintuitivo que ISIS atacara Moscú en este momento en particular, cuando Rusia ha adoptado una postura claramente propalestina en una cuestión muy sensible para todos en el mundo musulmán como es la operación militar israelí en Gaza. Sería más lógico buscar objetivos entre los acérrimos defensores de Benjamín Netanyahu. Incluso si ISIS decidiera llevar a cabo una operación terrorista en Moscú, probablemente su objetivo habría sido una de las sinagogas locales, como ya lo han intentado anteriormente.
La versión alternativa, que circula en Rusia, es que los verdaderos patrocinadores e instigadores del atentado deben ser buscados en Kiev. La versión implica que, dado que Ucrania esta perdiendo frente a Rusia en el campo de batalla y no tiene oportunidades de invertir el curso del conflicto a su favor, los atentados terroristas siguen siendo una de las pocas opciones que les quedan a los dirigentes ucranianos para hacer valer su caso de manera “asimétrica”.
Esta versión también puede considerarse interesada, ya que sin duda destruye la reputación internacional de Ucrania. Sin embargo, no debe ser descartada sin consideración. Al fin y al cabo, los terroristas intentaron escapar de Rusia a través de la frontera ruso – ucraniana y fueron capturados a tan solo cien millas de la frontera. Parece que deberían haber asegurado de antemano algunos acuerdos con socios adecuados en Ucrania, quienes les permitirían entrar en territorio ucraniano de forma segura y encontrar refugio en suelo ucraniano.
Además, en Rusia consideran que la “implicación ucraniana” en el reciente atentado terrorista es una continuación lógica de lo que Ucrania ya viene haciendo desde hace tiempo. En numerosas ocasiones, Moscú acusó a Kiev de patrocinar e incluso organizar directamente diversas actividades terroristas en lo más profundo del territorio ruso, incluidos actos de sabotaje económico e intentos de asesinato contra destacados políticos, periodistas y líderes de opinión.
La investigación en curso debería ayudar a aclarar la cuestión de los clientes e instigadores. Sin embargo, está claro que, aunque finalmente se confirme y demuestre la existencia de un rastro ucraniano por parte rusa, Occidente seguirá negando cualquier conexión entre Kiev y el acto terrorista de Moscú. Lo mas probable es que los líderes occidentales sigan rechazando cualquier prueba que la parte rusa pueda poner sobre la mesa. De ser así, el atentado terrorista de Moscú seguirá siendo un expediente abierto durante mucho tiempo, similar al expediente de las explosiones del gasoducto Nord Stream en septiembre de 2022.
Otra pregunta importante que sigue sin respuesta es sobre la advertencia del acto terrorista que Estados Unidos envió a Rusia hace un par de semanas. En Washington afirman que hicieron todo lo posible al haber informado a Moscú de la alta probabilidad de un atentado terrorista a gran escala en suelo ruso desde hace un par de semanas. Sin embargo, en Rusia sostienen que la información de Washington era muy general, poco clara y, por tanto, no realmente utilizable. Hay miles de espacios públicos populares en Moscú, y si la advertencia no contenía ninguna referencia u objetivos específicos probables, el valor de la advertencia era, en el mejor de los casos, limitado. Además, en Moscú acusan a Estados Unidos y a la OTAN de ayudar a Ucrania a planificar sus propias operaciones de sabotaje y reconocimiento, incluidos múltiples ataques contra objetivos civiles, que en Rusia se definen como actos de terrorismo de Estado.
Esta indirecta polémica entre Washington y Moscú plantea una cuestión mayor: ¿es posible una cooperación internacional eficiente en la lucha contra el terrorismo en la era de una intensa competencia geopolítica? ¿Exista alguna esperanza de éxito, cuando esta competencia resulte ser, en sí misma, un terreno fértil para el terrorismo?
Las tendencias actuales no son muy tranquilizadoras. Aunque el mundo no ha sido testigo reciente de actos terroristas similares a los del 11 de septiembre en Nueva York y en Washington, cientos de civiles han muerto en los atentados masivos de Paris y Madrid, en Bagdad y Berlín, en Belsán y el Sinaí, en Gamboru (Nigeria) y en Bombay (India), con nuevos nombres añadidos a esta trágica lista de vez en cuando. Los atentados terroristas a gran escala son ahora escasos en Estados Unidos, pero se han producido más en Europa, por no hablar del Medio Oriente y África. Entonces, ¿por qué hasta ahora no se ha logrado el objetivo de erradicar el terrorismo?
En primer lugar, la comunidad internacional no ha logrado ponerse de acuerdo sobre una definición común de los orígenes, las fuerzas motrices y el carácter del terrorismo. Lo que algunos actores denominan explícitamente como “terrorismo” puede parecer una lucha de liberación nacional para otros. Saque el tema del terrorismo en Cachemira, en una conversación con indios y pakistaníes, y verá que difícilmente puede haber un denominador común en este asunto. Hable con israelíes y palestinos sobre cómo definen el terrorismo, y encontrará sorprendentes diferencias también. Estados Unidos ha acusado rutinariamente a la República Islámica de Irán de patrocinar el terrorismo, pero desde Teherán es probable que se defina el asesinato, mencionado anteriormente, del General Qassim Soleimani como un acto de terrorismo internacional indiscutible.
A lo largo de la historia, muchos líderes, seguros de sí mismos, han intentado trazar una línea divisoria entre el terrorismo “malo” y el terrorismo “bueno”, aspirando a gestionar y utilizar a los terroristas como convenientes herramientas de política exterior. Sin embargo, esta línea arbitrariamente trazada entre terroristas “malos” y “buenos” siempre se ha difuminado, y antiguos sirvientes aparentemente obedientes y eficientes se han rebelado una y otra vez contra sus líderes de perspectiva limitada.
En segundo lugar, cualquier éxito en la lucha contra el terrorismo implica un alto nivel de confianza entre las partes que interactúan, simplemente porque tendrían que intercambiar mucha información sensible y confidencial. En el mundo actual, la confianza escasea. Un déficit aparente y creciente de este recurso no sólo está presente en las relaciones entre Moscú y Washington; también pasa factura en las relaciones entre Pekín y Tokio, entre Riad y Teherán, entre El Cairo y Addis Ababa, entre Bogotá y Caracas, y la lista continúa.
Sería tentador intentar “aislar” de algún modo la lucha contra el terrorismo internacional, separándola de la competencia geopolítica general. Sin embargo, es prácticamente imposible, imposible, ya que cualquier cooperación internacional en materia de terrorismo está inextricablemente ligada a las propias dimensiones centrales de la seguridad nacional.
En tercer lugar, el terrorismo internacional dista mucho de ser una cuestión inamovible. Está cambiando y evolucionando gradualmente para hacerse más resistente, sofisticado y astuto. Los recientes acontecimientos en el Crocus City Conference Hall son un claro indicio de cuánto daño puede infligir un grupo de militantes relativamente pequeño, pero bien armado y preparado. Al igual que un virus peligroso, la amenaza terrorista está mutando, generando nuevas cepas. Otra lección que debemos aprender es que la civilización postmoderna, altamente urbanizada, moderna, y tecnológicamente avanzada – ya sea en Rusia, China, en Europa o en Estados Unidos – es extremadamente vulnerable a los atentados terroristas. Unas infraestructuras sociales y económicas en rápida evolución y cada vez más complejas, especialmente en las grandes áreas metropolitanas, constituyen un entorno propicio para atentados terroristas contundentes.
Además, los conflictos internaciones y civiles – como el que se desarrolla en Ucrania – aumentan drásticamente la accesibilidad de las armas modernas para los aspirantes a terroristas. Tales conflictos inevitablemente generan un gran número de combatientes entrenados con mucha experiencia de combate, acceso a armas sofisticadas y, en ocasiones, con graves problemas mentales. Estos combatientes son presa fácil para los reclutadores de las redes terroristas internaciones, o se convierten en “lobos solitarios” latentes, que podrían salir de caza en cualquier momento. No hay que despreciar el tipo de terrorismo generado por individuos independientes y aficionados, en lugar del representado por movimientos extremistas transnacionales bien conocidos; los individualistas son los más difíciles de rastrear y neutralizar, mientras que los planes de los aficionados son más difíciles de desvelar.
El progreso actual de la tecnología militar, unido a otras tendencias en el ámbito internacional contemporáneo, presagian un nuevo repunte de las actividades terroristas en los próximos años. A esto se suma un retroceso integral en la resiliencia de la economía global, lo que puede estar plagado de más tensiones sociales y un inevitable aumento del radicalismo político y extremismo en un amplio abanico de países. Un presagio evidente: En este “entorno favorable”, el virus del terrorismo, que no ha sido erradicado por completo, tiene todas las posibilidades de experimentar un crecimiento “explosivo”.
Retirar el terrorismo de la agenda sólo es posible si la humanidad efectúa una transición hacia un nuevo nivel de gobernanza mundial. O bien, las principales potencias son lo suficientemente sabias y enérgicas para ello, o el costo que impone el terrorismo internacional impone a nuestra civilización común será progresivamente mayor.
